viernes, 16 de septiembre de 2016

El viento que arrasa


El poder expresivo de una traducción

En la versión escénica que se puede ver en el Tacec, hay un diario, escrito por una niña y leído por una adulta, y se elige la ilustración descriptiva mediante una bella película, aunque la obra gana en contundencia cuando abandona la literalidad.

Una obra de teatro musical basada en una novela es siempre –al menos– una traducción. En estos casos, no la fuerza la necesidad de leer un texto escrito en una lengua desconocida sino el deseo de convertirla en otro objeto distinto del que era. El de que lo sonoro –y lo visual, desde ya– le aporten una dimensión nueva. Una vez que esto ha sucedido, no importa ya la posible comparación con el texto primigenio sino el efecto de esa nueva obra. Su funcionamiento. Su poder expresivo.

El Teatro Argentino Centro de Experimentación y Creación (Tacec), creado por Martín Bauer durante la gestión de Marcelo Lombardero al frente del teatro de La Plata, fue condenado al olvido –y a los arrasadores vientos– de la dirección de Valeria Ambrosio. Bauer es ahora el director del Argentino y el Tacec, con la conducción de Cynthia Edul, ha resurgido con nuevo impulso. Con una convocatoria de público notable y la presencia de creadores como Rafael Spregelburd, el italiano Alessandro Sciarroni o la entrañable Margarita Fernández, su presencia en la escena creativa ha vuelto a ser protagónica. Su nueva apuesta, riesgosa como debe serlo una institución que lleva la experimentación inscripta en su nombre, fue el encargo de una composición escénico-musical a partir de uno de los textos más importantes de las últimas décadas en la literatura argentina, El viento que arrasa, de Selva Almada. Los convocados fueron el compositor Luis Menacho, oriundo de La Plata y formado con Gerardo Gandini, Mariano Etkin y Haydée Schvartz entre otros, y la dramaturga y directora teatral Beatriz Catani, también platense, que ya había estrenado en el Tacec Patos hembras, en 2011.

En esta versión escénica hay un diario, escrito por una niña y leído por una adulta que recuerda aquel pasado. Hay un coro griego conformado por dos perros, que introduce un elemento satírico. Y se elige, más que la elusión poética o el comentario velado, la ilustración descriptiva. Una bella película, realizada por Marcos Migliavacca, Luis Migliavacca y Nahuel Lahora, mostrará rutas, motores de autos herrumbrados, inmensas orillas del río y basurales informes cada vez que las palabras los convoquen. Tal vez su imagen más contundente sea precisamente el momento en que abandona la literalidad y muestra una mujer sentada en un banquito, en medio del camino, duplicando a la que en escena relee su diario infantil. La escenografía corpórea, realizada por Andrea Desojo Mac Coubrey, María Laura Musso e Inés Raimondi es ascética y eficaz: la entrada de un rancho con su puerta de tiras de plástico, dos muñecos que remedan animales esqueléticos, una mesa, un banco y poco más. La excelente iluminación de Eliana Cuervo, Paula García y Florencia Iribarne Lucato colabora con el aprovechamiento máximo de recursos mínimos.

Un muy buen elenco de cantantes -–Sebastián Sorarrain y Guillermo Saidón como el Reverendo Pearson y el Gringo Brauer, más un coro integrado por Alejandra Cabral, Alejandra de Olano y Esteban Manzano– lleva adelante, junto a los actores Franco Bisccusi, Trinidad Falco, Graciela Martínez Christian, Germán Retola y Juan Manuel Unzaga, esa narración escueta, contenida, donde, finalmente, se espesa lo no dicho. Un relato, en última instancia, sobre paternidades, desde el gran padre al que invoca el predicador hasta las propias relaciones que él estableció con quien lo bautizó en las barrosas aguas del Paraná y con su hija, en quien por momentos ve a su mujer, a quien abandonó en la ruta, y con el Tapioca, el ayudante del Gringo –su hijo, aunque lo ignora–, a quien adoptará como nuevo depositario del mensaje divino. La música, dirigida con compromiso y meticulosidad por Esteban Rajmilchuk, bordea la trama, eventualmente subraya, y se anima incluso a lo incidental o lo irónico –ese oboe con resonancias barrocas que acompaña al predicador, casi como el de Morricone en la música de la película La misión–. Una escritura detallada, con destellos destacables en el uso del piano preparado, que fue magníficamente interpretada por Camilo Fiore en flauta, Marisa Schmidt en oboe, Santiago Valetti en trompeta, Rodrigo Novoa en corno, Mariano Raggio en trombón, Bruno Lo Bianco en percusión, Malena Levín en piano, Eugenia Casado en viola, Pilar de Larrañaga en violoncello y Adriana González en contrabajo. El viento que arrasa fue estrenada en la Sala Tacec del Teatro Argentino, en 51 entre 9 y 10, en La Plata, el miércoles 14, y subirá nuevamente a escena hoy y mañana, a las 21.

Fuente: Página/12