martes, 5 de julio de 2016

Un hombre equivocado


La natural simpleza de los grandes

Alejandro Awada y Alejandra Darín se lucen en esta pieza, adaptación del film El arreglo, que Cossa coescribió en 1983.

Habría que analizar de una vez por todas la cuestión de los nombres en el teatro. Por ejemplo, ¿por qué los títulos de las obras son raramente tenidos en cuenta cuando se encaran análisis de los espectáculos? ¿No es acaso la puerta de entrada a toda la puesta en juego de sentido que viene después? La nueva pieza de Tito Cossa que actualmente dirige Villanueva Cosse en el Teatro Nacional Cervantes se llama Un hombre equivocado, y realmente convendría no pasar por alto ese “detalle” porque encierra varias de las más interesantes aristas desde las cuales se la puede analizar.

Del argumento basta con decir poco, ya que Cossa casi siempre escribe historias simples, cotidianas, mínimas, porque lo que importa es más bien el cómo. Luis es un pintor de paredes que tiene un dilema: decidir entre mantenerse firme en sus principios o darle una coima a una empresa que, por orden de los gobiernos municipales, va a dotar de agua corriente a los vecinos de la vereda de una calle, pero a los de la otra no. Entre esos últimos se encuentra su familia, incluyendo a su hija embarazada que le pide por favor que, como el resto de la cuadra, arregle con el capataz para poder vivir mejor.

La referencia primera al nombre, entonces, se hace inevitable. ¿Cossa piensa que Luis está equivocado o ese hombre al que hace referencia en el título no es él sino su contrario? La pregunta se profundiza al conocer otro dato: la obra es una adaptación a las tablas de una película que el propio dramaturgo escribió en 1983 con Carlos Somigliana, pero que tenía otro título: El arreglo. El cambio no puede ser casual, y se presume que tampoco ingenuo. De un arreglo entre partes a que una de ellas esté equivocada hay al menos un cambio de interpretación, y un claro cambio de sentido en el mensaje que se quiere mostrar.

Los valores que muestra Luis son nobles pero, es verdad, como le dice su hija, que son suyos y no de los que lo rodean. Cuando piensa en no traicionarse, deja de pensar en su mujer, en su hija y en su yerno, en lo que ellos evalúan que es lo correcto, en lo que ellos harían si los dejara elegir. Eso se ve claramente en la actuación y en la dirección que Cosse da al texto de Cossa: el espectador se identifica con Luis en un principio, pero hacia la mitad de la obra los cuestionamientos de su hija y su mujer (como las actuaciones de las actrices que las encaran) se vuelven lo suficientemente fuertes para lograr cambiar esa postura.

Para entenderlo también son necesarios los nombres: a Luis lo encarna nada menos que Alejandro Awada, mientras que su mujer vive en la piel de Alejandra Darín. Ambos son actores de renombre, pero además de profunda significación política en estos tiempos, lo que hace que, si bien la obra “no tiene ni un solo texto político”, como dijo a este diario el director de la pieza, sea inevitable pensar en los actos del hombre de hoy. A sus muy buenas interpretaciones (él lleva al máximo a un personaje que se desborda y ella logra mantener en el molde a una mujer que tiene mucho por decir pero prefiere callar) se le suman las del resto del elenco, integrado por los grandes actores Manuel Vicente, Vando Villamil, Facundo Godoy, Sofía Bertolotto, Abel Zárate, Leandro Barceló y los exquisitos Gustavo Pardi y Maia Francia (la hija y posiblemente lo más destacado de la pieza).

Los otros dos grandes nombres propios –Cossa y Cosse– hablan por sí solos. Del primero son obra los potentes diálogos y algunas frases inolvidables que regala la obra, y también la simpleza con la que se cuenta lo grande. Del segundo, la puesta en escena de sentidos, que no es una suma de las partes sino más bien un todo que se puede dividir. Porque todo en la puesta –las divisiones espacio-temporales, la imponente escenografía y la iluminación– colabora para sembrar la pregunta que encierra el título. Por eso hay que volver a él.

Fuente: Página/12