miércoles, 20 de julio de 2016

Carlos Gorostiza


Una mente abierta que no se detenía en el pasado

Autor de El puente y El acompañamiento, entre otros clásicos de la escena local, fue también uno de los impulsores de Teatro Abierto durante la dictadura. Se destacó además en su rol de gestor cultural, como funcionario del gobierno de Alfonsín.

Carlos Gorostiza dijo una vez una linda verdad: que vivir en la actualidad, a uno indefectiblemente lo hace joven, por más edad que tenga. “¿Qué es la juventud? Si la sangre anda bien, importa que la cabeza de uno esté ubicada en el hoy”, aseguraba en una entrevista hace un año. No hablaba de él, pero podría haberlo hecho. Porque el dramaturgo, director de teatro, actor y escritor que falleció ayer a los 96 años se mantuvo siempre en pie con ese espíritu: desde que inauguró una nueva etapa en la tradición del teatro argentino, con su primer gran estreno teatral a sus veintes, hasta sus últimos días, en los que brindó acompañamiento a un elenco de jóvenes artistas a los que legó su última obra. Querido y respetado en el ambiente cultural, “Goro” será velado hoy desde las 8 hasta las 11 en el Teatro Nacional Cervantes (TNC), institución que hace dos semanas iba a rendirle un homenaje, que a último momento debió ser suspendido por sus problemas de salud.

Tanto honor hizo a esa reflexión, que ayer el Cervantes –que además ha sido el escenario de algunas de sus piezas más reconocidas y uno de sus lugares más queridos– difundió una carta de despedida que decía: “Quién podía adivinar que había cumplido sus 96 años en junio pasado. A menos que él mismo lo dijera con indisimulado orgullo, nadie lo creía. Con tan elegante porte, su cara fresca, su mirada y sus palabras seductoras: hablara de lo que hablara cautivaba siempre a su interlocutor. Activo, de lucidez extraordinaria, una mente abierta que no se detenía en el pasado”.

Nacido en Buenos Aires el 7 de junio de 1920, hijo de una familia de ascendencia vasca, Gorostiza no sólo fue y será una de las glorias de la literatura dramática nacional sino también un activo luchador por los derechos y la promoción cultural. Además de su aporte artístico, el intelectual tuvo el mérito de ser uno de los impulsores del sacudón político-cultural que significó para la sociedad argentina el ciclo Teatro Abierto (el mito, incluso, dice que la idea del movimiento surgió en el living de su casa), además de un importante gestor cultural, ya que después de esa experiencia se convirtió en el secretario de Cultura del retorno a la democracia, cargo que desempeñó durante los primeros años del gobierno radical de Raúl Alfonsín.

Ya fuera por el contenido de sus obras o textos literarios –todos de una profunda conexión con la energía social– como por sus actos y movimientos en lo político, Gorostiza integró además la larga lista negra de artistas que la última dictadura cívico militar confeccionó para prohibir su permanencia en la actividad pública por tener “antecedentes marxistas”. En las actas secretas, que el gobierno anterior entregó por primera vez el año pasado a Argentores, el autor figuraba como uno de los 27 socios de esa sociedad que también estuvieron inhabilitados para recibir apoyo del Estado y tener participación en la promoción cultural. Pero tan ignorantes fueron los militares, que en la lista del ´79 Gorostiza aparece con la profesión de “escenógrafo”, agregándose “escritor y docente” en el catálogo de un año más tarde.

En 1949, seis años después de debutar con una obra para títeres, Gorostiza estrenó su primera gran pieza teatral: El puente. Considerada una de las precursoras de la corriente moderna de la dramaturgia argentina, la pieza estrenada en el desaparecido Teatro La Máscraa cosechó una gran repercusión y una adaptación cinematográfica un tiempo después. En una entrevista con Página/12, el dramaturgo confesó alguna vez que la fama que le produjo esa obra lo “mareó” y que en un reportaje en el que le preguntaron sobre la tradición del teatro argentino, dijo que ésta no existía. “Tenía 28 abriles y creía que estaba inventando todo de la nada, hasta que razoné y supe que sí, que había hitos, y en ellos estaban Armando Discépolo, Roberto Arlt, Samuel Eichelbaum...”. También en diálogo con este diario, y en referencia a esa obra, aseguró que “preferiría que en lugar de ver esta obra como un homenaje a algo que se estrenó hace cincuenta años, (los jóvenes de hoy) la tomaran como parte de esa tradición que tiene hitos tan alejados unos de otros que no se reconocen como propios”, como le pasó a él.

Después de esa pieza llegaron otras, todas con una reflexión y claridad notables sobre el hecho social. En 1954 estrenó con dirección de Armando Discépolo su obra El Juicio en el TNC, donde montó cuatro años más tarde El pan de la locura, otro de sus clásicos, esta vez de su propia dirección. Por esa obra, también en 1958, ganó el primero de muchos reconocimientos: el Primer Premio Municipal de Teatro. Luego de eso montó casi una obra por año: Los prójimos, en el ´66, ¿A qué jugamos?, en el ´68 y El lugar, en el ´70, entre otras joyas de la dramaturgia nacional.

En 1981, y ya como parte de la primera edición de Teatro Abierto, Gorostiza estrenó El acompañamiento, posiblemente por su valor político su obra más trascendental. Como la que se presentaron con ella en aquel ciclo, la pieza tocó un tema ausente por aquella época: el de la libertad. A través de la historia de Tuco, el personaje central, su obsesión por cantar en televisión, y la visita de su amigo, que llega para rescatarlo de la locura en la que se ve inmerso, el autor despliega una profunda crítica a la realidad social y los valores que se ponen en juego a la hora de tomar una decisión.

Además de un gran dramaturgo, Gorostiza fue también autor de novelas: Los cuartos oscuros (1976); Cuerpos presentes (1981), El basural (1988), La buena gente (2002) y La tierra inquieta (2008) forman parte de su obra literaria, que fue traducida en varios países y a varios idiomas, como el inglés, portugués, francés, italiano, alemán, finlandés y ruso, lo que le valió innumerables distinciones a nivel interncional.

Algo en broma, algo en serio, el autor dijo una vez que Federico García Lorca lo plagió. “Federico escribió que el teatro que no recoge el latido social, el latido histórico, el drama de sus gentes y el color genuino de su paisaje y de su espíritu no tiene derecho a llamarse teatro, sino sala de juego o sitio para hacer esa horrible cosa que se llama ‘matar el tiempo’. Es exactamente lo que pienso yo.”

Con ese mismo espíritu, y activo hasta el final, el año pasado, a poco de cumplir 95, estrenó su última pieza, en un momento en el que la cartelera porteña ya albergada otros tres de sus textos. Se trata de Distracciones, que sigue en cartel, y que el dramaturgo cedió a la directora Mariana Giovine y su elenco de actores sub 35 tras verlos interpretar otra obra suya en versión clown. El propio autor definió esta pieza como una “necesaria defensa de una juventud distraída y una tácita acusación, también necesaria, contra nosotros, los grandes”.

En uno de sus últimos reportajes con este diario, Gorostiza dijo que tenía la impresión de que “a los seres humanos nos cuesta cambiar”. “Acostumbro hacer un chiste –que en realidad no es chiste– sobre la marcha del ser humano y de las sociedades. Y digo que ese caminar, a veces tambaleante, en el que adelantamos primero una pierna y luego la otra para no perder el equilibrio, nos va llevando siempre adelante. Esto, a pesar de algunas detenciones, vacilaciones y resbalones. Así lo demuestra la historia con mayúscula”. En su caso fue real. Desde su primera hasta su última obra hubo algo que fue igual: su obsesión por retratar aquel espíritu de libertad, compromiso y “juventud” propios del hombre que habita su actualidad.

Fuente: Página/12

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