miércoles, 8 de junio de 2016

Kid

Así en la casa como en el ring

Una guitarra con una mínima distorsión se escucha como un serrucho que acecha. Nos captura, nos envuelve. Las luces se apagan, nos quedamos a oscuras y la música crece más y más. Dos hombres saltan la soga. En ese acto masculinamente aniñado en donde el juego se cruza con la sed de querer ser más hombre que el otro, más fuerte, se presentan los dos personajes y comienza el periplo de lo que será entrenar juntos por un rato y mostrar(nos) lo que son capaces de hacer. Es que el entrenamiento será real, la transpiración, el desgaste y el cuerpo resentido se irán filtrando en la escena. El deporte se cruza con lo teatral, conviven, se mordisquean, se molestan y finalmente estallan juntos para darle forma a esta estética teatral por demás interesante. Y éste será uno de los tantos puntos fuertes de la obra: al margen de la historia, la propuesta se aloja en el cuerpo de los dos actores que brillantemente se atreven al reto que significa extremar las capacidades de sus cuerpos y hacerlos actuar, a ver qué sale, qué sucede cuando los cuerpos se fatigan. El resultado es asombroso.


Luego de este primer impacto comienza a vertebrarse la historia de este padre e hijo que se cruzan en un entrenamiento de boxeo. Aclarado de entrada se trata de un texto sobre Carta al padre, de Franz Kafka. En este caso, ambos tienen la palabra y desde allí se muestra lo perverso del vínculo, no ya desde el mero relato de una de las partes, sino que vamos a presenciar el sojuzgamiento de este padre en plena acción: un padre que es un maestro, un ejemplo, da lecciones de juego y de vida también, que lo humilla, lo subestima. Todos los temas abordados en aquella famosísima carta aparecen en esta propuesta de manera renovada y actualizada, y dan cuenta de la plena vigencia que todavía la carta tiene.

Las actuaciones son un tema aparte. Adrián Fondari que ya ha mostrado sus múltiples capacidades se encuentra en su punto justo, y Facundo Aquinos no se queda atrás. Lo pelea, lo torea. Y juntos ganan en intensidad.


Aunque cuesta encontrar obras que aludan a la poética de Ricardo Bartís en la cartelera porteña, la de Lingenti puede ser un caso, y hay que mirarlo. Con una prolijidad extrema a la hora de la dirección, se atreve a ir más allá de la palabra, del texto -riquísimo por cierto- y explorar lo que sucede cuando se pone en el cuerpo de los actores. Aunque la escenografía resulta útil y práctica para que los actores se desarrollen, hay que prestarle atención a esas exquisitas luces de Matías Sendón que intervienen directamente en la trama en un alternado juego de luces frías y cálidas que determinan qué hay de cierto y qué de imaginado en esa compleja relación. Una gran propuesta, distinta, que se independiza de las cadenas del texto y se anima a más.

Fuente: La Nación

Sala: Espacio Sísmico. Lavalleja 960. / Funciones: viernes, a las 21 30