sábado, 21 de mayo de 2016

Traición


Flashback de un discurso amoroso

La obra del dramaturgo inglés, en versión de Rafael Spregelburd, es aguda en su visión de las relaciones humanas y de la capacidad de supervivencia del hombre frente a situaciones límite. Va sábados y domingos en la sala Border.

Inocente o no, hay un paralelismo notorio entre el hecho de que Agustín Alezzo vuelva a dirigir una obra de Harold Pinter y la obra elegida en sí misma. El punto en común es temporal: en Traición, el autor cuenta de adelante para atrás la historia de amor entre una pareja de amantes, desde un reencuentro un tiempo después de separarse hasta el momento mismo en que nació el romance. En paralelo, Alezzo se le anima a esta pieza escrita luego de haber dirigido ya otros (¡siete!) textos del inglés que, en su mayoría, fueron escritos previamente a esta pieza, que se encuentra en una segunda etapa de obras del autor. Lo curioso es que a pesar de estar haciendo un recorrido supuestamente inverso, ambos coinciden en un hecho puntual, que es el de mostrar una esencia: en el caso del dramaturgo, la de un vínculo humano; en el del director, la de una poética teatral.

Con respecto a la obra (aquí en versión de Rafael Spregelburd), lo primero que hay que decir es que todo parece estar “dado”, cuando en realidad no es tan así. Si lee el programa de mano, el espectador aparentemente sabrá todo lo que va a ocurrir, ya que desde lo argumental no hay más que ese recorrido a modo de flashback desde el “punto cero” del relato, que es el presente que encuentra a los amantes ya separados. Sin embargo, lo valioso de la pieza no radica en el qué, el cuándo, ni el cómo, sino justamente en el resultado de esas tres variables en simultáneo. Porque lo que subyace es cómo cada personaje percibe y asemeja lo que pasa en determinado momento de la historia. Como el accionar del marido de la protagonista (y amigo de su amante) frente a la infidelidad, que no es igual en los distintos tiempos mostrados, o el mismo vínculo de los amantes, que también varía de escena a escena.

En lo que refiere a Alezzo, es interesante conjeturar sobre el orden que el maestro de actores eligió para escenificar la obra del más brillante y agudo dramaturgo inglés (con el perdón de William Shakespeare). Aquel espectador que venga siguiendo ese recorrido notará que, esta vez, la obra trabajada tiene menor cantidad de actores/personajes que (por lo menos) las últimas tres que montó el director, y también que es mucho menos evidente en el registro de lo absurdo que las demás, mucho más despojada. Si bien el director ya había hecho una obra de Pinter escrita con posterioridad a ésta (Voces de familia), en sus últimos trabajos había elegido textos de la primera etapa, tales como El cuidador, La colección, o El invernadero, que son mucho más retorcidos desde lo temático y lo referencial.

Sin embargo, en una mirada más profunda, Traición es sumamente aguda en su visión de las relaciones humanas y de la capacidad de supervivencia del hombre frente a situaciones límite. De hecho, es quizás la obra de Pinter donde eso –y el gran tema de su obra: la incomunicación– está más en crudo, más en carne viva. Ambos (Pinter y Alezzo) parecieran con esta obra, entonces, querer mostrar lo mismo: que los extremos tienen dos caras y que para llegar a un estado (una separación; una ruptura artística) primero hay algo que transitar otro (un enamoramiento; una experimentación estética). Aunque eso venga, en el orden de exhibición, antes o después.

Por fuera de eso, mención aparte merecen fundamentalmente dos cosas: la dirección y la sala teatral donde se muestra la obra. En cuanto a lo primero, la puesta en escena es compartida, por primera vez, entre Alezzo y el joven Nicolás Dominici, quien ya había participado como actor en otras puestas. Las actuaciones de Lorena Saizar, Juan Pablo Kexel, Mariano Ulanovsky y Luis Torrecilla son muy logradas, así como también la coordinación de los distintos elementos significantes de la puesta. Con respecto a la sala, Traición fue uno de los primeros estrenos de la sala Border, el primer teatro sustentable de la Argentina. Aunque sea la única obra que allí se exhibe que no use luces de led sino una iluminación propia (a cargo de Jorge Ferro), representa un acontecimiento que invita a pensar la relación del acontecimiento teatral con su contexto de exhibición, un eje siempre interesante para la discusión crítica.

Fuente: Página/12