viernes, 20 de mayo de 2016

La fundación


La maquinaria siniestra

Algo del color ocre, los muebles y la ropa que visten los actores en escena dan la sensación de clima epocal. Algo en los peinados, en las cajas del fondo, bien acomodadas sí, pero nada digitalizado. Un escritorio con papeles, sin computadora circulando por allí. Con esos pocos elementos ya se configura otra época. Un matrimonio, Marta y Pedro, frente a una mujer que los examina, Amalia. Hablan de adopciones, de requisitos que tienen que cumplir los matrimonios solicitantes. Durante demasiados minutos la platea sigue la conversación viendo a los tres integrantes de perfil, algo cosa que al cabo de un tiempo se vuelve incómodo ya que impide advertir los gestos.

Están en una fundación, una institución que entrega niños, de manera rápida, sin papeles; a cambio, exige familias católicas, casa propia y concurrir a la iglesia con regularidad. Pedro está seguro, casi aleccionado. Su familia es de militares y sus convicciones férreas. Marta no, se permite dudar, tiene una amiga-hermana que hace meses que no ve, estaba embarazada y ella cree que la han detenido y que algo de esta fundación puede estar ligado al asunto de su amiga. Marta no sabe mucho pero algo le hace ruido. Algo del comportamiento del resto, de los silencios, de lo que no se dice, de lo que no se puede mencionar, ni siquiera preguntar. Es que la fundación lo exige: la posibilidad de convertir a Marta en madre a cambio de su silencio.

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De a poco la trama queda del todo clara: la fundación entrega hijos de capturados en plena dictadura. Lo perverso, lo maquiavélico, lo autoritario está ahí, servido. Tanto en el personaje de la mujer que los recibe, como en el doctor a cargo de aquella fundación, y como de Pedro, el marido, que es capaz de cualquier cosa para convertirse en padre, ¿o será acaso que es capaz de cualquier cosa en términos generales? De manera demasiado manifiesta, la obra propone a unos malos muy malos, cínicos, desagradables, brutales; los buenos son evocados por Marta, su única representante en escena. Marta no los defiende, apenas se permite el ejercicio de la duda, unas preguntas que nacen tibias pero que se van calentando a lo largo de la entrevista.

Las actuaciones son para destacar, los cuatro actores en escena están muy correctos, y en la evolución del conflicto irán aportando sus capacidades. El texto si bien es contundente cae demasiado en momentos efectistas lo que le quita peso a cualquier intento de matiz. De todos modos la tensión permanece durante toda la hora.

Fuente: La Nación

Sala: Nün, Juan Ramírez de Velasco 419 / Funciones: Viernes, a las 21