viernes, 19 de junio de 2015

Enrique Pinti: Salsa criolla


“Hablar de la realidad siempre es algo oportuno”

A los 75 años, el actor continúa con la misma verborragia que en 1985, cuando estrenó el espectáculo que ahora presenta lógicamente aggiornado. “El famoso relato lo usan todos los gobiernos de todos los países del mundo”, sostiene Pinti.

La imagen no parece coincidir con su brutal verborragia. Al entrar al Teatro Coliseo, una tarde cualquiera en la ciudad de Buenos Aires, su voluminoso cuerpo se destaca entre las plateas vacías de la sala. No habla, tampoco gesticula: simplemente observa, piensa y reposa. Bastará el saludo de protocolo para que quien es uno de los hombres que meten más palabras por minuto del mundo –tal vez sólo superado por los avisos legales de las publicidades radiofónicas, cuya edición convierte a los locutores en verdaderos compactadores de palabras– dé rienda suelta a su reconocida verborragia. Enrique Pinti es una máquina de decir. A un diagnóstico, le viene una contextualización histórica, y a ésta un recuerdo de otro tiempo. El hombre no habla; más bien escupe reflexiones y pensamientos, desordenados pero potentes. A los 75 años, Pinti sigue siendo Pinti. Y Salsa criolla (de miércoles a domingo, en el Teatro Liceo, Rivadavia 1495), la mítica obra que estrenó en 1985, también continúa siendo tan punzante como entonces, a 30 años de su estreno.

“Hay que hacer un cuestionamiento a un sistema que evidentemente está desvencijado”, reflexiona, de la nada: ya no se sabe bien a cuenta de qué la conversación comienza de esta manera. Pero no se puede hacer mucho, más que escuchar a este ideólogo de la palabra concatenada y –cada tanto– colar una pregunta. “El sistema, en general, ya no puede contener lo que pasa en la realidad. No sólo en Argentina sino en todas partes. Hay gente que dice ‘me importa un carajo lo que pasa en el mundo, sólo me interesa lo que pasa acá’. Claro, ¡pero no somos una isla virgen en el medio del océano! Nosotros tenemos nuestro propio desmadre, especial, pero como lo españoles tienen el suyo, los turcos el suyo, los orientales el suyo y los norteamericanos el suyo. No somos una pieza que funciona mal dentro de un sistema perfecto. Somos una pieza más de un engranaje que ya no puede contener ni dar respuesta a lo que la gente quiere.”

–¿Cuál fue la motivación para, 30 años después, regresar con Salsa criolla? ¿Tiene que ver con lo artístico, con lo profesional o con lo personal?

–Este regreso tiene que ver estrictamente con lo personal. Siempre era oportuno volver con Salsa criolla. Ojo: no oportunista. Hablar de la realidad siempre es algo oportuno. Siempre lo hice, no es que después de Salsa criolla dejé de hacerlo.

–Hay un mito urbano de que hace rato dejó de hacer monólogos.

–El mito de que dejé de hablar de la realidad forma parte de la mala memoria argentina. Si mucha gente no se acuerda de cosas importantes que nos pasaron a nivel social, no tienen por qué tener en cuenta la cartelera teatral. Pero cuando dejé de hacer Salsa criolla en este teatro en 1994, al año siguiente estrené El infierno de Pinti, que era casi la misma estructura, con diferente nombre y escenificación. En el ’97 realicé una gira por todo el país que se llamó Pinti ’97 en la que hablaba de lo que pasaba. En el ’98 hice Pinti canta las cuarenta, que era una revista en la que el último cuadro era la “ArgenTitanic”, de la Argentina hundida y el pobre boludo hablando como si fuera la orquesta, pese a todo. Entre el 2000 y 2001 hice Pericon.com.ar que narraba la Argentina, y después hasta 2005 presenté Candombe nacional, que fue el réquiem del corralito y los 5 presidentes en una semana. Después dije que sí a un viejo anhelo que tenía, de hacer Los productores, de Mel Brooks, con Francella. Después, en 2007-2008 volví al género en El pingo argentino, justo en el año del conflicto con el campo. Más tarde hice Hair spray. En 2010 volví a mi género con Antes de que me olvide, que trataba del tema del Alzheimer histórico. Después vino la otra tentación de Cristo, El burgués gentilhombre, de Molière, del que había hecho un papelito muy chiquito en 1959 y esta vez me habían convocado para el protagónico. No podía decir que no. Y después vino Vale todo un mega musical de Porter. Nunca lo abandoné al género.

–Además, siempre está de gira haciendo monólogo político-social.

–Llevé Pinti recargado por el interior del país y también a fines del año pasado a España, gracias al ciclo Buenos Aires en Madrid, en el que Lino Patalano llevó diferentes espectáculos. De hecho, llenamos esos teatros enormes, donde la mitad del público era argentino y la mitad español. Como los españoles están con una crisis de la hostia, entendían todo lo que yo les decía.

–¿Fueron a buscar soluciones?

–Por lo menos a sentirse acompañados en la desgracia. Ellos vivieron una época en la que pensaban que la corrupción pasaba sólo por Latinoamérica. Muchos recién ahora se están dando cuenta de que, desde la Infanta Isabel hasta los del PP y los del PSOE, todos estaban metidos hasta la cabeza en lavado de dinero y en un montón de cosas. La crisis le dio un golpe a esa soberbia, los hizo tocar tierra. Entonces, que una persona que viene de un país con el “prestigio” que tenemos nosotros, les contara nuestras penurias, que también son las de ellos, los hizo sentir que no sólo a ellos les pasa.

–Cuando va a hacer sus monólogos al exterior, no sólo el público debe estar familiarizado con la historia argentina, sino también usted con la de ellos. ¿Cómo se informa usted de la realidad local e internacional?

–No tengo computadora ni ninguna de las herramientas tecnológicas modernas. Lo único que tengo es un televisor fantástica, TV por cable y un control remoto. Como lo tiene la inmensa cantidad de gente que puede pagar una entrada de teatro. Sin embargo, parece que la gente no usa el control remoto. Ven siempre lo mismo. Si lo usaran... Yo, por ejemplo, veo Antena 3 (que es un canal opositor), TVE (que es oficialista), veo la BBC, la RAI, CNN en español e inglés, la TF1 francesa. La única que no veo es la Deutsche Welle porque no entiendo nada. Todos los días paso por esas señales.

–¿O sea que se informa, básicamente, a través de la TV?

–Me informo a través de los canales nacionales. Están ahí, a mi servicio, porque pago el cable como lo hace toda la gente que viene al teatro y que sólo ve televisión argentina. ¿Qué ven? ¡La novela turca! Mirala, si querés, pero jodete, porque no tenés idea de lo que pasa en el mundo. En Argentina el tema del femicidio escaló en la agenda, pero yo ya sabía que era una plaga por lo que pasa en España, donde los casos son en cantidad y escalofriantes desde hace décadas. Al menos en España, los casos se desarrollan más en las zonas rurales, donde digamos que la cultura está “atrasadita” un siglo. Hace poco escuché a la Mona Jiménez que decía que la violencia de género era un tema viejísimo más allá de Córdoba capital. Cuando era chico yo oía mascullar acerca de la violencia de género. Yo tengo 75 años, y en mi infancia, el maltrato hacia la mujer era algo aceptado. La violencia hacia la mujer se callaba, aun cuando no había más remedio que escuchar los gritos de la vecina. Lo mismo la violencia que se ejercía sobre los chicos, a los que se les daba palizas al estilo de la propuesta de Miguel Del Sel... Yo tenía un compañero de colegio al que el padre le había sacado un ojo del golpe. Y todo porque no había hecho los deberes del colegio...

–Esa naturalización de la violencia parece estar empezando a perderse desde lo discursivo, aunque en la práctica no terminó de desterrarse.

–La violencia naturalizada como método pedagógico está cediendo espacio. Debo decir también que grandes artistas contribuyeron a semejante cosa como mi querido William Shakespeare, al que adoro, pero La fierecilla domada es nada más y nada menos que el triunfo del machismo sobre una mujer que quiere ser independiente. Y por esa búsqueda es acusada de loca e histérica. ¡Lo peor de todo es que al final de la obra no le dan la razón! Desde Shakespeare hasta la actualidad con lo que pasa en la TV argentina, la violencia hacia la mujer está fomentada, o a lo sumo justificada. A veces en forma consciente, a veces de manera inconsciente. Las películas costumbristas de acá, como las del gran Enrique Serrano, fomentaban esta cultura machista con hombres que eran corneadores perfectos, a los que se quería hacer pasar como buena gente, y mujeres que estaban al tanto y callaban. Después vino la pornografía, donde el sadomasoquismo –cuya última degradación es Las 50 sombras de Grey–, hace de la violencia una cultura. Le dan para que tenga y reparta. Está bien, puede ser parte de un juego de seducción, una cosa erótica, pero desde Shakespeare hasta la pornografía del siglo XXI la violencia está institucionalizada y minimizada. Cuando (Carlos) Monzón mató a Alicia Muñiz, la prensa de la época lo justificó diciendo “pobre Carlos, estaba borracho”, “pobre Carlos, se le fue la mano”, “pobre Carlos, no midió las consecuencias...” ¿Qué “pobre Carlos”? ¡La asesinó! Lo peor es que la violencia contra la mujer se banalizó y en los últimos años se la tomó como parte del humor.

–¿Y qué le producen las manifestaciones sociales, surgidas desde las bases, como la multitudinaria marcha de “Ni una menos” de hace unas semanas?

–Es un paso adelante. Que en las casas, y los medios se empiece a hablar de la violencia de género es un paso adelante. No se va a arreglar en dos días. Es un problema cultural antiquísimo. Pero que la gente se atreva a hablar es el comienzo de algo. La manifestación de Ni una menos, más allá de la razón de la manifestación, es un paso adelante por la posibilidad de coexistir, de ponernos de acuerdo en algo, para que mejore y para apretar a las instituciones del Estado que no funcionan. Evidentemente, ni la Justicia ni el Poder Legislativo ni el político... Están muy metidos en la carrera política para ver quién se queda con esto y quién con aquello, y quién vence a uno y quién a otro, y quién se asocia con quién... Eso ya lo vimos. En 30 años de democracia hemos visto que es un sistema democrático plausible y manejable. Ahora es tiempo de mejorarlo. No podemos seguir pasando de un ultraneoliberalismo a un populismo berreta. Así va a ser un desastre todo, toda la vida. Mientras la técnica de información sea disfrazar la realidad, ese famoso relato... El famoso relato lo usan todos los gobiernos de todos los país del mundo. Si no tenés un relato...

–Sea de izquierda, centro o derecha.

–Sean capitalistas, comunistas, conservadores, todos tienen un relato. Te hacen creer cosas que no están. Pero todo se paga. Así como lo pagamos nosotros, primero que nadie, lo pagan también ellos cuando empiezan a mentir o maquillar. El maquillaje se cae.

–¿Pero no son varios los relatos que históricamente discuten en la arena política?

–Desde ya. Ojalá fuera un solo relato. Si fuera uno solo, se podría arreglar fácilmente: no los votás y listo. Pero no es sólo eso. Es que todos tienen su propio relato y todos te quieren contar lo que hicieron o lo que van a hacer. Uno, si tiene memoria, sabe lo que cada uno hizo, lo que no hizo y el resultado que tuvieron sus políticas o afirmaciones. Recuerdo una tapa de Gente, que era una revista pro dictadura, que hacia el final de los milicos publicó una tapa en la que había un tacho de basura y la clase media metida adentro, con cuatro páginas diciendo La clase media a la basura. Fue cuando se desconchó el sistema de la “plata dulce”, ya habían perdido en las Malvinas... Hasta ellos mismos que habían sido colaboracionistas, se dieron cuenta de que la clase media estaba en la basura. Claro que hay de los dos lados. Pero si alguien no corta la cadena de valor, siempre nos van a estar diciendo algo que no pasa. La gente no tiene ni la capacidad ni el tiempo para leer todo. Yo sí porque me rasco el higo todo el día, vengo acá y hago la función. Soy un señor de 75 años que porque trabajó mucho, va a porcentaje y la gente le llena el teatro, no tiene problemas económicos y sí tiene tiempo para interesarse por todo lo que pasa acá y allá. La gente está apretada de tiempo y de guita. Y lo que ve es que si no le funciona esto, le cree al otro.

Fuente: Página/12

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