miércoles, 29 de octubre de 2014

Omar Pacheco: La cuna vacía


“En mí, el teatro ha sido y es intuitivo”

Con la obra, el autor y director viajará a Mendoza, Misiones, Córdoba y Tucumán, donde apunta a conformar grupos locales con apoyo del Ministerio de Cultura. “Busco en la dificultad algo que permita justificar la lucha. Lo fácil no me representa”, afirma.

Una mano aferrada al borde de una cornisa es la imagen que el autor y director Omar Pacheco quiere para ilustrar la tapa del libro que sintetiza su experiencia de los últimos treinta y tres años con el teatro. Debajo de esa cornisa no existe el vacío, pues en el ideario de este creador la apuesta es otra: “Resistir, aunque sea arañando paredes”. En diálogo con Página/12, Pacheco anticipa aspectos del libro que saldrá a fin de año y enumera algunas de las actividades que viene desarrollando y continuarán en 2015: funciones de La cuna vacía (sobre idea y guión de este director), exposiciones teóricas en torno del Teatro Tradicional y el Teatro Inestable, como denomina a sus propuestas; técnicas de trabajo con los actores, debates y proyección audiovisual de materiales históricos de su Grupo Teatro Libre, a los que suma invitados especiales. Aportes que, en distintas etapas, realizaron, entre otros, Liliana Herrero, Rodolfo Mederos, Lito Vitale, Liliana Daunes, Gerardo Gardelín y Colacho Brizuela. La cuna vacía ocupa territorios y viajará a Mendoza, Misiones, Córdoba y Tucumán, donde Pacheco apunta a conformar grupos locales con apoyo del Ministerio de Cultura, así como en Buenos Aires organiza actividades en el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi), y otras destinadas a estudiantes de la UBA, incluido el Instituto Universitario del Arte (IUNA), y la Universidad Argentina de la Empresa (UADE).

Autor de espectáculos que marcan épocas, ha sido invitado a festivales internacionales y condujo seminarios en Brasil, España, Cuba y Estados Unidos (donde en los ’70 integró la organización Exilio Hoy). Participó en las puestas de los musicales Tanguera (2002), Nativo (2005) y Caravan (2009), y ofreció creaciones propias, entre otras Juan y los otros (1984), Obsesiones, sueños y ceremonias (1989), Memoria (1992), Cinco puertas (1997), Cautiverio (2001), Del otro lado del mar y La cuna vacía (2006), en cartel los sábados a las 21, en La Otra Orilla (Urquiza 124), con función gratuita el próximo viernes. “Busco en la dificultad algo que permita justificar la lucha –señala Pacheco, refiriéndose a esa necesidad suya de resistir–. Lo fácil no me representa. Lo que nos sucede es efímero, y a mí me atrae lo que perdura: tener un espacio y rodearme de personas que he contribuido a formar en una técnica teatral distinta, que puede o no gustar”.

–¿Qué diferencia al teatro tradicional del “inestable”?

–Lo primero es el trabajo con la persona y después la técnica. Conocer sus zonas frágiles, fortalecerlas y lograr que recupere la autoestima para poder acordar o rechazar; tener un concepto filosófico e ideológico sobre lo que hace y por qué lo hace y “escuchar” al cuerpo. Entender y aplicar esto supone una dificultad, porque en general se mantiene al cuerpo alejado de la cabeza. Recuperar los impulsos genuinos y dejar que el cuerpo transite por zonas no cotidianas, permite desarrollar un pensamiento más simbólico y no vulgar ni naturalista.

–¿Qué entiende por vulgar?

–Lo cotidiano, lo que me remite a un pensamiento dirigido. Cuando el cuerpo descubre otra construcción y puede expresarla en el espacio, las posibilidades son mayores: el actor es creador y no reproductor. Esta visión proviene de la dramaturgia, de la investigación personal. Por eso no reformulo obras de otros autores, de Arthur Miller o Harold Pinter, por ejemplo. Es una elección personal, como la de sostener La Otra Orilla y formar un grupo y no un elenco. Esta decisión me fortalece. Los jóvenes impulsan, y uno sabe que podrá dejar algo.

–¿Por qué ha elegido La cuna vacía para las demostraciones del grupo?

–Porque es una obra que sintetiza nuestro trabajo y es muy de esta época. Nos lo dicen los mismos espectadores. Hace años que venimos presentándola y ellos siguen eligiéndola. Intento apartarme para dar a conocer La última vida, pero también yo la mantengo. Creo que se debe a cuestiones relacionadas con lo ideológico y estético, con la iluminación y la forma en la que está narrada, atípica, más allá de que para mí es la más formal de mis producciones.

–¿Cómo influye el entorno en sus propuestas?

–Uno no es ajeno a lo que pasa en la calle ni a la formación que tienen los actores, ni al funcionamiento de las instituciones relacionadas con el teatro. Siempre hay un contexto que nos marca. Hemos atravesado épocas dolorosas y frívolas, y otras de reafirmación de conceptos. En este momento, y en el teatro, se podría instalar la necesidad de armar grupos. Uno encuentra a mucha gente atomizada que ha abandonado la investigación. Mis intentos van por hacer que el grupo crezca. Esto es posible cuando los otros advierten que uno trabaja y sostiene ideas y principios. Podríamos enumerar las diferencias con el teatro establecido, que respeto, pero del que me siento en las antípodas.

–¿Qué experiencia le dejan las presentaciones en el ECuNHi, el IUNA y la UADE?

–En eso hay que desprejuiciarse. Los chicos de la UADE se emocionan y participan como los del IUNA, que tienen una formación ecléctica. Mi idea es reiterar el trabajo en las universidades. Para los alumnos no es lo mismo una clase teórica que un taller con actores y debate como el que practicamos con el grupo.

–¿Cuál es el propósito del libro?

–Dar un marco teórico a algo práctico. Son años de investigación en este tipo de teatro, aunque sé que hay críticos que lo rechazan y otros que después de una función salen sublimados. La verdad, a veces no sé qué entendieron, porque dicen lo que uno no hizo o no pensó. Son interpretaciones de carácter intelectual. Cuando me preguntan, tengo la suficiente honestidad de decir que sólo conté lo esencial, lo que puede pasarle al espectador por el cuerpo y no sólo por la cabeza.

–¿Descubrió contradicciones en su recuento?

–En mí, el teatro ha sido y es intuitivo. Es sentir la necesidad de una búsqueda y dónde desarrollarla. El exilio me enseñó cosas que antes no entendía. Tuve que salir del dogmatismo político para entrar en esta instancia de trabajo, que por suerte interesa al espectador. Alguna gente ingresa a la sala con un alto nivel de expectativa y ganas de ver algo distinto. Después de la función se la ve conmocionada, una reacción que no tiene que ver con un proceso intelectual.

–¿El dogmatismo es siempre negativo?

–Estuve muy comprometido políticamente. Hice mi replanteo, pero no perdí mi esencia ni los valores por los cuales luché cuando tenía 20 años. Siento que hubo cosas desacertadas, que no me orientaron bien. Viví momentos angustiantes. Cuando a uno le pasó la vida por el cuerpo, no puede dar marcha atrás. Este es un momento político muy importante, porque nos fuerza a sostener valores. Antes fue la política ligada al teatro y ahora es el teatro ligado a la política, pero siempre el punto de partida es la persona en condiciones de saber dónde está parada y poder elegir.

* La cuna vacía. Idea, guión y dirección de Omar Pacheco. En el Teatro La Otra Orilla, Gral. Urquiza 124 (tel.: 4957-5083). Funciones: los sábados a las 21. Función gratuita en el mismo espacio este viernes 31, con debate posterior del que participarán el director y los actores. Informes: teatrolaotraorilla@hotmail.com

Fuente: Página/12

Valor existencial

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