miércoles, 10 de septiembre de 2014

Germán Salvatierra: El mar de otras tierras


De abrazos y desencuentros

La creación de Germán Salvatierra marca una tensión entre el deber ser y los deseos reprimidos de dos bailarines de tango. Atravesado por la mística arrabalera, el espectáculo incluye también dosis de drama shakespereano y algún toque a lo Tim Burton.

Hay algo del orden de lo inclasificable en la puesta teatral El mar de otras tierras, y en este contexto el concepto no es peyorativo, sino más bien lo contrario, porque es justamente su imposibilidad de ajustarse a un género determinado lo que la hace singular. Dos bailarines de tango, encerrados en la soledad de sus camarines, antes de salir a escena. Ambos se aman en secreto, y la dificultad mutua de confesarse su amor es el motor narrativo para una trama gobernada por los sentimientos del desamor y el desencuentro.

En su debut como dramaturgo y director, el actor y bailarín de tango Germán Salvatierra es el responsable de la obra, que se presenta los jueves, a las 21.30, en el Teatro Tadrón (Niceto Vega 4802). Protagonista también de esta historia de amor, es acompañado en el trabajo actoral por Inés Palombo, el titiritero Rafael Walger y el músico Nicolás Ponce, quien toca el bandoneón en vivo. El espectáculo, atravesado por la mística arrabalera del tango, rompe no obstante con los lugares comunes de este género argentino y relata una relación idílica que cruza, en lo temático, reminiscencias del drama shakespereano con un estilo que, al oscilar entre lo circense y lo fantasmal, recuerda a las creaciones de Tim Burton.

“Esta obra fue una necesidad antes que un desafío –define el director–. Empecé a escribirla sobre la base de los viajes que he tenido por mi trabajo como bailarín, vinculados con las distancias físicas y emocionales. Se trata de dos personas, separadas por una distancia que no es física sino que tiene que ver con imposibilidades impuestas o límites que uno tiene que vencer para poder comunicarse con el otro que tiene al lado. El mar de otras tierras remite a ese algo que existe más allá de la razón de uno y a aquello que no podés llegar; remite a la curiosidad de querer ir más allá.” Sobrevuela, a este argumento teatral de la distancia y del misterio de lo desconocido, una lógica que busca también oponerse a la rutina, esa misma contra la que luchan Nenucho y Melinda, los personajes creados por Salvatierra, en una tensión que se vuelve constante entre el deber ser y los deseos reprimidos. Sobre esta cuestión, el autor señala: “Intuyo que hay algo que no nos conforma del mundo en que vivimos, y por eso nos encontramos en el teatro con nosotros mismos, desde un lugar más esencial”.

–Esta es su ópera prima. ¿Qué diferencias encuentra entre dirigir y actuar?

–Yo ya venía dirigiendo unipersonales que tienen que ver con el baile, la actuación y el clown, pero el armado de una obra de teatro, con texto y actores, es más complejo. Dirigir y actuar tienen complejidades diferentes, y es difícil ser las dos cosas al mismo tiempo. En este trabajo, donde soy al mismo tiempo director, autor y actor, me sirve el trabajo con los otros actores, porque yo me reflejo en ellos. El trabajo de artesanía del director lo descubrí haciéndolo, y me apasiona.

–Aunque El mar de otras tierras no es una obra específicamente de tango, porque conjuga distintas disciplinas, tiene un espíritu tanguero...

–El tango está porque es más fuerte que uno. Cuando uno se mete un poco en él, te pasa por encima. Trabajé muchos años como bailarín, y dejé de lado el teatro, y cuando decidí hacer una obra de texto no quería que estuviese vinculada con el tango. Pero éste es como esas mujeres que querés dejar y no podés; aparece y no podés decirle que no. No-sotros estamos atravesados por el tango –más allá de los clichés–, por cosas como nuestra forma de hablar, o por su baile improvisado, y por eso no es casual que haya nacido en esta ciudad. Creo que el género como tal se limita a cierta forma de expresividad. Como el tango es parte de nuestra identidad, muchas veces el tratar de abordarlo de un modo distinto parece ser una forma de bastardearlo y de faltarle el respeto, y no es así. Lo que tiene de tanguero este espectáculo es la atmósfera de la relación con el otro, de las cosas que duelen y que no se pueden decir.

–El desencuentro y el desamor son temáticas permanentes en la puesta. El tango, como género, de alguna manera expresa estos sentimientos, ¿no?

–El tango surge a partir de influencias que vienen de distintos lugares, sumadas a lo que tiene la gente de esta tierra para decir. Es también un género vinculado con el puerto, un lugar de distancias, melancólico, al que algunos llegan y del cual otros se van. Todo esto genera encuentros y desencuentros. En el caso específico del tango creo que, más que un desencuentro, es la necesidad de un encuentro con el otro, la necesidad del abrazo, y eso se da en el baile.

–Su obra combina diversas disciplinas, como música y baile, pero además suma títeres a la escena. ¿Por qué?

–Porque la obra, originalmente, fue escrita para títeres. El títere se vincula con la magia que tiene el teatro, porque cuando vos ves un títere es sólo una goma espuma, pero a esa goma espuma uno le pone una ilusión. El títere tiene una síntesis expresiva muy potente y simbólica, porque no envejece; tiene un espíritu mítico, un ideal de plenitud.

–Hay una estética onírica, casi fantasmagórica, en la escenografía. ¿Cuál es su sentido?

–Hay un trabajo cuidado de la estética que tiene que ver con un mundo gótico. Y el tango tiene mucho de gótico, aunque no está expresado de una forma estilística.

Fuente: Página/12

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