sábado, 28 de junio de 2014

Sacco y Vanzetti


Una sentencia grabada por décadas

La cuidada puesta de Mariano Dossena sobre la condena y ejecución en la silla eléctrica de los inmigrantes italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti discurre sobre la aún vigente legitimación del atropello y el ultrajado afán de justicia.

La condena y ejecución en la silla eléctrica de los inmigrantes italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti es recordada como uno de los hechos más brutales del sistema jurídico de un país en democracia. Acusados de asesinato y robo a mano armada, los trabajadores anarquistas ejecutados el 23 de agosto de 1927 en el estado de Ma-ssachusetts fueron reivindicados y declarados inocentes cincuenta años más tarde. La legitimación de la injusticia era y es una realidad y un tema que el teatro ha incorporado. El descrédito del aparato judicial, cualquiera sea el país, ha estado en la mira de escritores y dramaturgos y ha sido y es motivo central en obras donde la ficción se sustenta en historias reales y testimonios, como en Sacco y Vanzetti (Dramaturgia sumaria de documentos sobre el caso), creación de Mauricio Kartun que se ofrece en el Teatro Nacional Cervantes. Aquella sentencia –enmarcada en una sociedad que aún disfrutaba de la bonanza económica previa a la crisis de 1929 y donde la discriminación y la retórica patriotera exacerbaron los ánimos– quedó grabada por décadas y generó valiosas expresiones en el campo social, político y cultural. El texto claro y contundente de Kartun, cuya primera versión data de 1991, incursiona en esas zonas a la vez que transmite la inteligencia emocional de sus personajes, nacida de la actitud de éstos frente a la vida y la muerte. De ahí la potencia de los párrafos que Fabián Vena (Vanzetti) y Walter Quiroz (Sacco) atraviesan, modulando tonos sin perder el hilo que anuda las convicciones de sus personajes y sin relegar el daño que, a pesar del desenlace conocido, genera la incertidumbre.

En esa ciudad de “hierro y chimeneas”, donde “no se puede mirar el cielo de frente”, los acusados abrigan sentimientos de profunda añoranza. Las cartas van y vienen, descubriendo raíces en la geografía lejana, mientras en prisión los procedimientos tergiversados por el fiscal Katzmann (Luis Ziembrowski) apuntan a confundir a los testigos. Katzmann dice “ordenar” las ideas de los convocados a declarar, disfrazando sus aviesas acciones con la excusa de mantener el statu quo y afirmarse ante el zigzagueante juez Thayer, a quien le recuerda: “Nuestra gente espera esta condena”. Es también este personaje el que intenta aplastar la energía ética del abogado Thompson (Horacio Roca). ¿Dónde hallar en ese engranaje una respuesta “sólida y humana” ante la injusticia? Fortalecida la manipulación, poco pueden esperar el tenaz Thompson y los anarquistas interrogados en lo que se convierte en parodia de un juicio. “El que lucha, debe saber perder”, escribió el dramaturgo alemán Bertolt Brecht, frase que los sentenciados parecen asumir ante el fallo.

Es probable que esta puesta de Mariano Dossena neutralice el escepticismo que a modo de efecto residual reaparece ante obras de este tipo. Sucede en parte entre los convencidos de que los valores son “ilusiones sociales” y, por lo tanto, no se los puede calificar de “verdades”. Lo llamativo es que ante historias como las de Sacco y Vanze-tti no cabe la indiferencia. No es ficción la condena. Tampoco la del personaje que grita ser el verdadero asesino y, tembloroso y necesitado del alivio de la droga, es protagonista de un dramatismo opuesto al atemperado que expresan los trabajadores anarquistas.

En una escenografía de estructuras metálicas y desniveles –utilizados a modo de escenarios múltiples que permiten la simultaneidad de las acciones–, los personajes se definen sin doblegarse ante los enredos “organizados” por quienes imparten injusticia. Dirigidos por Do-ssena, unos y otros articulan una obra hecha de claroscuros, donde los efectos sonoros crean tensión, y la música, que intenta sugerir climas, debilita en determinadas escenas la intensidad de unos parlamentos que sólo piden silencio. Ambiciosa en tanto propuesta artística, la cuidada puesta de Dossena, recuperada en momentos en que se discute qué hacer y qué decir, discurre sobre la aún vigente legitimación del atropello y el ultrajado afán de justicia.

Fuente: Página/12

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