sábado, 21 de junio de 2014

Rafael Fernández: Las sillas


El absurdo y la alienación

El director estrenó esta versión de uno de los textos del escritor rumano-francés porque consideró que Martha Rodríguez y Eduardo Santero son los actores ideales para encarnar a la pareja de la pieza, en función de su larga trayectoria profesional.

“La creación teatral responde a una exigencia del espíritu”, afirma Rafael Fernández citando a Eugène Ionesco. El director argentino acaba de estrenar una versión de Las sillas (1952), uno de los textos más famosos del escritor rumano-francés. Hijo de españoles republicanos en el exilio, Fernandez nació en Francia y recién vino al país en su adolescencia. Durante su formación actoral, asistió a las clases de Heddy Crilla y de Augusto Fernandes, entre otros. Ya como director, eligió a los autores clásicos: Chejov, Strindberg, Shakespeare y, varias veces, Ionesco. En esta oportunidad volvió al dramaturgo porque consideró que Martha Rodríguez y Eduardo Santero son los actores ideales para encarnar a la pareja de la pieza, en función de su larga trayectoria profesional. No obstante lo cual, fueron advertidos por el director de que deberían evitar cualquier clisé, dado que Ionesco concibió a sus personajes como a una pareja de ancianos y lo que él buscaba era que ellos actuasen desde su propia edad. Completa el elenco el joven Pablo Delosanto. La obra se presenta los sábados a las 19, en Patio de Actores (Lerma 568).

Fernández realizó su propia traducción del texto, cambiando giros y adaptando algunas situaciones, si bien cuidó a rajatabla la lógica singular del original: “Busqué depurar al máximo todo aspecto que podría hoy resultar reiterativo”, le dice a Página/12. “Hay repeticiones que me parecieron innecesarias para el espectador actual”, sostiene. También hubo cambios de comportamiento para el orador que llega al final de la obra, el cual, en esta versión, ni gesticula ni farfulla textos incomprensibles, sino que se mantiene en riguroso silencio. Es que en la obra de Ionesco, una pareja de ancianos que vive en una isla ha decidido despedirse de la vida invitando a su casa a un grupo de notables a los efectos de comunicar un mensaje destinado a toda la humanidad, el cual será pronunciado en su nombre por un orador. En acelerado despliegue, las sillas van amontonándose y con ellas los incorpóreos invitados que desbordan –también en forma invisible– la sala.

–¿Cuál cree que es hoy la clave de la actualidad de Las sillas?

–La sensación de absurdo y alienación siguen vigentes. También el aislamiento, la soledad y la necesidad de comunicación de los personajes. La obra contiene un cuestionamiento ontológico que es eterno, como las preguntas sobre la vida y la muerte. Ionesco buscó, con su teatro, salir de lo psicológico, de lo ideológico y de las situaciones particulares en las que, según él, se encontraba encorsetado el teatro de su época. El buscaba una realidad ontológica que fuera más allá de lo temporal y de lo particular.

–¿Cómo describiría a esta pareja?

–Son seres efímeros que dejaron de ser, a quienes asocio con una cita de Píndaro: “El hombre es el sueño de una sombra”. Es interesante comprobar que en el 400 a.C. ya estaba planteado un tema metafísico que el teatro toma permanentemente.

–¿A dónde apunta, en este caso, la expresión del absurdo?

–Estos personajes son patéticos y la comicidad que destilan es el resultado de sus conductas ridículas frente a un mundo que no les da respuestas. Representan a una humanidad alienada. También ellos son parte de lo mismo. Hoy podrían ser dos seres que están aislados a pesar de las nuevas tecnologías de la comunicación y que quieren ser oídos porque están a punto de dejar el mundo.

–¿Qué los lleva a producir ese mensaje?

–La necesidad de trascenderse a sí mismos, que es un deseo común a todas las personas. Antes de irnos, todos queremos dejar algo nuestro. En el caso de los personajes quieren dejar un mensaje al universo que, en caso de ser escuchado, podría ahorrar el sufrimiento al mundo.

Fuente: Página/12

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