domingo, 1 de septiembre de 2013

Parque Lezama


Dos grandes actores

Juan José Campanella se dio el gusto de poner en escena una obra a la que le venía siguiendo la pista hacía rato. Consiguió los derechos tras convencer a la viuda de Herb Gardner con la adaptación que hizo para reubicar los hechos pensados para desarrollarse en el Central Park neoyorquino y traerlos al porteñísimo parque Lezama.

Precisamente en una vieja banqueta de este parque es donde se encuentran Antonio y León, dos jubilados que eligen el mismo lugar para pasar el rato. Uno, Antonio (Eduardo Blanco), busca la soledad; lo único que quiere es leer el diario y pagar sumisamente los 10 pesos que le exige un raterito de la zona para no molestarlo. El otro, León (Luis Brandoni), busca todo lo contrario: estar, hacerse notar, hacerse valer. Es un fabulador nato; disfruta inventando historias que lo tienen como protagonista, y tan bien lo hace que es difícil distinguir qué es cierto y qué no. A lo largo de sus divertidas anécdotas sí se va imponiendo la verdad que lo muestra como un terco militante comunista. Así es que León se empeña en ayudar a Antonio, quien a regañadientes deja entrever sus problemas de trabajo: es portero de un edifico desde hace 42 años e intuye que lo están por despedir. Ese primer contacto entre ambos y cierta complicidad forzosa (para Antonio) ponen a estos queribles viejos en sintonía con el espectador, con lo que sienten y con lo que les pasa, que no es otra cosa que la vida... en parque Lezama. Es allí donde se cruzan con el raterito anterior, con un dealer y su víctima, con el flamante presidente del consorcio del edificio donde vive Antonio y con la preocupadísima hija de León. Con este combo de postales de color local se va armando la historia de estos personajes entrañables que, sin duda, son lo mejor de la propuesta. Y Campanella encontró en Blanco (su trabajo es maravilloso) y Brandoni el ensamble perfecto; sin duda los encuentros entre ellos son los que sostienen el andamiaje dramático. El resto aparece como pinceladas para agregar datos y excusas a estos seres solitarios y para que se desarrollen con naturalidad temas como la vejez, la soledad, la juventud y sus aspiraciones.

Así, no hay un nudo dramático que desentrañar, lo que aletarga el desarrollo de los hechos, cosa que queda plasmada cuando alguno de ellos no está en escena. Hay una distancia enorme entre el trabajo actoral del dúo protagónico y el del resto del elenco (salvo Marcela Guerty, que se suma comodísima a la escena con su padre). La puesta de Campanella es precisa en esos momentos, pero parece alivianarse cuando no son "sus dos actores" los que mandan. El trabajo de la escenógrafa Cecilia Monti es impecable; la barranca y la glorieta del parque tienen una verosimilitud asombrosa, pero al no cambiar en toda la obra, suma a la sensación de quietud. Así y todo, resulta querible este Parque Lezama , nostálgico y divertido.

Fuente: La Nación

Sala: Liceo / Funciones: miércoles a domingos

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