viernes, 12 de julio de 2013

Vale todo


Enredos en un transatlántico

Que una gran producción de musicales se estrene en la calle Corrientes siempre es celebrado. Más aún si es un título largamente deseado por aquellos cultores del género. Se trata de Anything Goes o Vale todo . Y si están Florencia Peña y Enrique Pinti, si cuenta con una partitura exquisita y un despliegue de producción interesante, sin dudas, ya es una buena invitación a esta fiesta que logra entretener, aunque no en su totalidad.

El conventillo de la Paloma fue escrito en 1929 por Alberto Vacarezza y actualmente fue reproducido fielmente por Santiago Doria, en el Cervantes, con actores que conocen perfectamente el sistema del sainete. Anything Goes o Vale todo fue estrenada en 1934 y, aunque fue reescrita y reformulada en sus sucesivas reposiciones, no hubo necesidad de aggiornarla . Quedaría rota. Es una obra antigua, histórica, con un libro sencillo de vodevil, que, por ejemplo, le hubiera encantado a Darío Vittori si no fuera por las canciones, por cierto bellísimas, del momento más inspirado de Cole Porter.

Ése es el mayor problema de este montaje que encaró Alejandro Tantanian. Da la sensación de que le hubieran tenido cierto miedo a la fidelidad con esta obra tan norteamericana. Aunque está ambientada en los años 30, se incorporan argentinismos que no son necesarios (más que graciosos, ensucian) y un distanciamiento planteado por momentos, en los que los actores rompen con la cuarta pared e intentan hacer cómplice al público o dialogan con el director musical. Esos lunares atentan contra la integridad de esta pieza extensa, sumado a la falta de un ritmo y un tempo de vodevil que todavía no estaba en la función que vio este cronista (que fue la primera), pero que, probablemente, fluya durante el correr de las semanas. Qué bueno sería que alguna vez se implemente el sistema de previews, así, tanto los críticos como el público podemos ver una obra ya lista.

¿Qué ocurre en Todo vale ? Es una anécdota muy sencilla con un amplio abanico de personajes, por lo que hay que prestar mucha atención para conocer sus interrelaciones durante el comienzo. Todo ocurre en un transatlántico que está por zarpar desde Nueva York hacia Londres. Allí se sucede una serie de enredos cuyo eje son los tres personajes principales: un mafioso de poca monta, una show woman y un galán tan pillo como enamoradizo.

Florencia Peña pone sobre sus hombros (y los de Reno Sweeney, su criatura) todo el espectáculo. Contra lo que puedan opinar los puristas, la comedia musical le sienta de maravillas. Es una gran comediante, sabe cuándo hacer reír y en qué momento dejar escapar un poco a la Flor Peña de la tele sin que afecte el producto. En tren de comparaciones con sus colegas extranjeras, es preferible ver su actitud escénica llena de matices, que, por ejemplo, la frialdad de Patti LuPone o la sobreactuación de Ethel Merman (que cantan bellísimo, ya lo sabemos). Es impresionante el número que cierra el primer acto, en el que la actriz comanda durante siete minutos a todo el elenco en un tap furioso diseñado por Rodrigo Cristófaro y Vanesa García Millán.

Cuando Peña y Enrique Pinti (espléndido) están juntos en escena, es indudable el peso escénico que se ve. Lo mismo ocurre cuando irrumpen Roberto Catarineu y el macoco Martín Salazar, ambos a cargo de los mejores momentos de la obra. Otros trabajos para destacar son los de Sofía Pachano (una saludable sorpresa) y Noralih Gago. Es una lástima que Diego Ramos no haya encontrado aún ni el ritmo de la comedia ni las melodías de Porter. Le falta algo de vida a este barco donde pasan tantas cosas. Hay actores y bailarines que sólo actúan, cantan o bailan, y el teatro musical es más que eso. En el ensamble se destacan Mariano Botindari, Flavia Pereda, Marcos Gorosito y Pedro Frías. Lo mejor de las coreografías es el tap, sin dudas.

Es destacable la imponente escenografía de Oria Puppo (queremos pensar que las estrellitas que bajan del cielo es una broma), la adaptación de letras de Marcelo Kotliar y el deslumbrante vestuario de Pablo Battaglia. La pequeña orquesta suena débil (tal vez eso sea algo por ajustar con el tiempo), aunque las melodías de Porter son tan sabrosas que siempre vale la pena escucharlas.

Fuente: La Nación

Teatro: El Nacional

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