martes, 9 de julio de 2013

Osvaldo Bayer y Rubén Mosquera: Las putas de San Julián


“Hay que rescatar la memoria de lo que pasó en Santa Cruz”

La obra que se estrena en el Cervantes está basada en un episodio de La Patagonia rebelde. Allí reivindican a cinco mujeres de un prostíbulo que se negaron a ofrecer sus servicios a soldados que reprimían a los obreros. El propio Bayer actúa en la puesta de Mosquera.

“Osvaldo tiene un talento innato, y cuando hay público se agranda.” Esta afirmación del director Rubén Mosquera no implica restar humildad al escritor y periodista Osvaldo Bayer, sino destacar su carisma, cualidad apreciada para debutar en la escena, donde hoy el escritor rescata un postergado episodio de su tetralogía testimonial La Patagonia rebelde. Porque así de certera, polémica y necesaria es la puesta de Las putas de San Julián, obra que podrá verse desde mañana en la Sala Orestes Caviglia del Teatro Nacional Cervantes. La historia cuenta que el 17 de febrero de 1922, en el Puerto de San Julián (Santa Cruz), cinco mujeres del prostíbulo La Catalana se negaron a ofrecer sus servicios a los soldados enviados a reprimir y fusilar a los trabajadores en huelga. Pagaron caro esa resistencia que la obra subraya en cinco brutales escenas de interrogatorio. El proyecto surgió luego de un encuentro de Bayer con Mosquera (autor, entre obras de La sombra tras la sonrisa y 7.7.300), cuando este director presentó en 2011, también en el Cervantes, el espectáculo de teatro-danza Historias de mujeres intensas. “Conocía el episodio, el último del segundo de los cuatro tomos de La Patagonia rebelde”, apunta Mosquera en esta entrevista compartida con Bayer, quien aclara: “El nombre del capítulo es La última batalla que perdieron los vencedores, porque ellas no van a ser olvidadas”.

–¿Se cumple aquello de que “la historia termina dándole la razón a la ética”?

Osvaldo Bayer: –Es lo que decimos en la obra, donde todo es histórico. No invento. Investigué en los archivos policiales, encontré descripciones y hablé con los testigos que aún vivían.

Rubén Mosquera: –Había pensado incluir escenas épicas, mostrar a los obreros fusilados... Para eso necesitaba una superproducción y colaboración oficial. No la hallé, demasiada burocracia. Nos decidimos por este montaje. Era necesario que Osvaldo actuara, porque acá están sus vivencias, sus investigaciones y la gran memoria de la resistencia y los fusilamientos de los peones rurales por el ejército argentino.

–¿Este es el primer registro del episodio fuera del libro?

O. B.: –En 1974, quise ese final para la versión de La Patagonia... que dirigió Héctor Olivera, pero el productor Fernando Ayala se enteró, por un coronel amigo, que los militares iban a impedir el estreno de la película y capturar las copias. Tanto Olivera como Ayala me pidieron otro final, a lo que, en principio, me negué, pero después me di cuenta de que debía dar a conocer aquellas huelgas patagónicas, y cambié el final por una escena donde los estancieros brindaban con champán después de los fusilamientos y cantaban For he’s a Jolly good fellow al teniente coronel Varela, uno de los responsables de la masacre. Varela fue muerto en 1923, frente a su casa, en Palermo, por el anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens. Al ver ese brindis, se comprendería a quiénes favoreció el gobierno argentino con los fusilamientos. Este es el primer registro, y ¡en este teatro! La iniciativa fue de Rubén, que se atrevió a la versión, con la que estoy muy de acuerdo. Además, me pone como actor... No podía negarme.

R. M.: –Y yo agradezco que haya aceptado. Osvaldo se puso a las órdenes como uno más del grupo, y junto a actores muy jóvenes. Ha recibido las indicaciones con total humildad. Es un compañero más.

–¿Cómo fue este enlace de la historia con las vivencias personales? La Muerte intenta aquí llevarse a Bayer, desdoblado en Joven y Adulto, y conduciendo a la Madre...

O. B.: –Y a Marlene Dietrich, los dos personajes interpretados por la misma actriz. Ahí se nos escapó el complejo freudiano...

R. M.: –Este ha sido un tiempo de gran aprendizaje. Tuvimos en cuenta el relato, los valores que nos transmite Osvaldo como persona y su coherencia, tan poco frecuente en un país como el nuestro donde se dice que nadie aguanta un archivo, y vemos a gente que afirma una cosa por izquierda y la borra por derecha. Osvaldo se mantiene firme ante el poderoso y corajea a la muerte. Por eso la Muerte es un personaje. El dice estar convencido de que va a vivir hasta los 99 años, y se lo creo. Uno lo llama a las 8 de la mañana y se entera de que está en actividad desde tres horas antes. No incluirlo como actor hubiera sido un desperdicio, y esto sin olvidar que el objetivo central de esta puesta es rescatar la memoria de lo que pasó en Santa Cruz.

O. B.: –A mis 86 años temo olvidar la letra, pero hasta ahora no fallé. Hicimos un preestreno para los parientes y salió muy lindo.

R. M.: –En la obra se dice algo que quiero remarcar. Es una pregunta y una reflexión sobre cuántas vidas caben en una sola persona y con cuánta intensidad. Osvaldo fue amenazado de muerte, debió exiliarse con su familia, padeció enfermedades y vuelve y se va...

O. B.: –Y no olvides que estuve preso en una cárcel de mujeres... No voy a entrar en detalle, pero no lo pasé mal. La gente se ríe cuando lo recuerdo.

R. M.: –Valoro mucho que Osvaldo se haya puesto la camiseta de la obra, como lo hizo el elenco. Yo podría haber optado por un elenco de primera línea, pero decidí que fueran actrices y actores que se mueven en el ámbito del teatro independiente. Trabajamos mucho esperando la llegada de Osvaldo. Es importante ver al teatro como un espacio de militancia política no partidaria, un espacio que deje al espectador reflexionando y sea una fiesta para nosotros y para el público. En el preestreno que menciona Osvaldo, alguna gente se fue tarareando el vals de la última escena.

O. B.: –El que bailo con Marlene, a quien admiré y admiro. Esa manera de cantar Lili Marlene con acento berlinés, tan cariñoso... Un día hice un chiste y quedó. Dije que dormía bien porque por las noches viene Marlene y me da un beso en la frente o en la mejilla. Se corrió la bolilla y todos lo repiten.

–Hablando de mujeres, otras reales fueron protagonistas de una obra que motivó este encuentro. Me refiero a Historias de mujeres intensas.

R. M.: –En esa obra rescaté el caso de Delfina y Norberta Calvento, el de América Scarfó y Teresina, mujeres muy valientes y poco conocidas. Una puesta en la que aparecen los personajes de Francisco Ramírez y Severino Di Giovanni, al que quisiera retomar. Lo hablé con Bayer. Es importante reflexionar sobre cómo una persona de tan altos ideales se pierde en la violencia.

O. B.: –En mis textos no lo sublimo. Es una pena que muchos de los jóvenes que leyeron mi libro sobre Di Giovanni en 1968 lo tomaran sólo como un auténtico revolucionario, que lo fue, y no hayan reparado hasta dónde puede llevar la violencia. Si Severino no hubiera empleado la violencia indiscriminada, hubiese vivido y enseñado mucho más. Pero aquella juventud de los ’60 no lo entendió así. Cuando me preguntan sobre mis ideas políticas, digo que soy anarquista y pacifista a ultranza. A diferencia del concepto que se tiene en nuestro país, el anarquista es el socialista libertario que concibe el socialismo como sistema, pero en libertad. Socialismo libertario era el que sostenía Rosa Luxemburgo, aun cuando ella era marxista. Hay que buscar la palabra y no la bala.

–¿Será que se descree porque con la palabra se miente?

O. B.: –Digamos entonces “buscar la verdad” en lugar de la palabra.

R. M.: –Osvaldo se afirma en la polémica, una conquista en términos democráticos, y habla de la búsqueda de la verdad sobre hechos que no deben olvidarse. El teatro, en general, tiene una deuda con determinados episodios de nuestra historia. Por ejemplo, con lo que pasó en el Chaco santafesino (que fue territorio de La Forestal), los fusilamientos en las huelgas de Santa Cruz y La Semana Trágica, aunque ésta apareció como fondo en algunas obras. Nos preguntamos la razón del ocultamiento. Y ahí está la polémica. En el caso de Santa Cruz están las órdenes dadas durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Son las contradicciones de un sistema que no termina de definirse.

O. B.: –Tres matanzas que se llevaron a cabo bajo un gobierno presidido por un hombre de base democrática, que había luchado democráticamente. Negar esas matanzas es una fantasía de la realidad.

–¿Se las niega para no perder poder?

O. B.: –Eso no es excusa. Ante todo está la defensa de la vida, y bajo el gobierno de Yrigoyen se aplicó la pena de muerte. Está registrado. Se produjo un gran debate cuando la oposición quiso saber por qué se autorizó, siendo que el mismo Yrigoyen estaba en contra. La aplicó como si se tratara de penar una subversión, que no lo era, porque subversión es cuando se levanta el ejército y no cuando hay una huelga, aprobada además en asamblea. En el tomo tercero de La Patagonia... transcribo entero el debate que hubo en el Congreso.

R. M.: –En esos debates, la oligarquía conservadora decía que no había sido responsable de los fusilamientos y se burlaba de los diputados radicales.

–¿Por haber consumado aquello que la beneficiaba?

R. M.: –Lo que quiero decir es que sería mucho más sano para nuestra sociedad que las fuerzas políticas, todas sin distinción, revisaran los hechos y las equivocaciones de sus integrantes.

O. B.: –Así como el peronismo no hace la autocrítica por la masacre de Ezeiza y por la acción de la Triple A, porque entonces estaba Perón en Argentina, los radicales nos deben la autocrítica sobre La Semana Trágica de enero de 1919, los fusilamientos de los 1500 trabajadores de la Patagonia y la masacre de los hacheros de La Forestal, también en 1921. No admitir los errores trae consecuencias graves, dictaduras militares o democracias débiles.

–¿Por qué el personaje de la Muerte que ronda la obra dice que la muerte es mentira cuando se queda sin argumentos?

R. M.: –Porque en teatro se puede dialogar con la muerte y hasta pensar que es mentira si mostramos un final lleno de vida a través de una danza o del vals que aquí bailan Osvaldo y Marlene; o tocar temas que a veces son imposibles de tratar en los debates directos, como revisar la historia y descubrir hechos dolorosos que han estado ocultos para generaciones de argentinos.

O. B.: –Pero la muerte no es una mentira. Se llevó a mis queridos amigos Rodolfo Walsh, Paco Urondo y Haroldo Conti. Las cosas que hubieran escrito si hubiesen llegado a mi edad...

Fuente: Página/12

Detalles de la puesta

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