viernes, 19 de abril de 2013

Miguel Noguera: Ultrashow



Miguel Noguera: “Me interesa violentar el pensamiento”

Fenómeno de convocatoria en su país, el actor español se convirtió en una suerte de gurú del humor del futuro. Se presenta en Buenos Aires por primera vez con “Ultrashow”.

Un autocine de trenes en movimiento. Una escena de necrofilia de un médico forense. Un novio que extrae de una enfermedad crónica una personalidad potente y autosuficiente. Pep Guardiola, envalentonado por sus triunfos, acepta operar el cerebro de un paciente que se lo pide. Dormir rápido: dormir ocho horas, pero dormirlas rápido. Ese tipo de cosas son las “cosas” de Miguel Noguera, performer, dibujante, actor, monologuista español que llega por primera vez a la Argentina a ofrecer el Ultrashow, la obra que lo convirtió en un sorprendente fenómeno de público y en un –quizás– involuntario gurú del humor del futuro.

Noguera nació en Gran Canaria en 1979, vivió sus primeros años en Mallorca y más tarde se trasladó a Barcelona, donde estudió Bellas Artes. Por entonces, comenzó a capturar en textos o dibujos pequeños retazos de su vida: sueños, imágenes, momentos, ideas, situaciones, objetos, cuerpos; “cosas” (como prefiere llamarlas a veces) en las que no busca el embrión de algo mayor, en las que encuentra poco más que un atractivo formal. Los apuntes se acumularon, mientras trabajaba de camarero o telefonista. Unos seis años atrás, le propusieron armar con ellos un unipersonal y, contra todo pronóstico, el Ultrashow arrasó con todos los preconceptos de lo que debía ser un espectáculo.

Lo de Noguera no es, claramente, stand up, aunque haya un hombre solo, de pie, en el escenario, y muchas veces provoque risa. No hay un texto previo que sea interpretado. Solo una lista de 30 o 40 “ideas” que desarrolla en detalle hasta sus últimas consecuencias o bien despacha en segundos, con la fugacidad de un sueño o una frase oída en la calle. Y lo hace en una multiplicidad de tonos que no siempre se preverían adecuados para lo que está diciendo: el tono pedagógico de una conferencia, el enojo, la mímica bufonesca, la sentencia, la complicidad, la vacilación, la diatriba.

En el libro Una risa nueva. Posthumor, parodias y otras mutaciones de la comedia, el crítico Jordi Costa define a Noguera como “monologuista de vanguardia” y lo incluye en lo que llama posthumor, uno de los modos contemporáneos de elaborar la comicidad que parte del fracaso o el agotamiento de los mecanismos clásicos de la comedia, explora vías alternativas y alcanza efectos singulares. Más que facilitar una risa catártica, a través de momentos absurdos, bizarros, casi enfermizos, el posthumor genera tensión, silencio, expectación o una carcajada incómoda.

Noguera, que publicó además tres libros (Hervir un oso, con el dibujante Jonathan Millán, Ultraviolencia y Ser madre hoy), realizará en Buenos Aires dos funciones y compartirá con los argentinos de Soy Cuyano (“Grupo Experimental de Pensamiento Experimental”) una charla bajo el título “¿Qué es una idea?”. Con una mezcla de humildad, honestidad y lucidez, Noguera dice haberse sorprendido del éxito del Ultrashow y de las palabras que no ahorra la prensa para definirlo (iconoclasta, provocador, genio). Pero reconoce que lo que propone es algo sin duda contemporáneo, en el sentido de que difícilmente hubiera emergido hace algunos años.

-¿Qué fibras cree que toca en el público?
-A mí me cuesta bastante entusiasmarme con algo, pero, si me ocurre, es porque en el fondo hay algo que apela a uno mismo, algo muy íntimo. Mucha gente dice que cuando ve el Ultrashow siente que al fin y al cabo esto podrían haberlo hecho ellos. Hay una especie de complicidad con determinado tipo de personas que tiende a este delirio, a esta forma de imaginar las cosas que no suele estar puesta en valor en un escenario de forma tan nítida.

-En España el Ultrashow tiene la ventaja de la regularidad, con la que no contará aquí. ¿Cómo se prepara para eso?
-Supongo que, inconsciente o tal vez conscientemente, voy a seleccionar qué cosas voy a explicar y qué dibujos voy a proyectar. Me imagino que mucha gente espera un monólogo de humor al uso. Es como al principio del Ultrashow: todo era embarazoso porque no se entendía bien qué era eso. Puede suceder algo similar, si bien me han dicho que el público argentino, para cosas tipo el Ultrashow, que son más “intelectuales”, está mejor dispuesto que el  español.

-¿Cómo le viene la definición de posthumor? 
-Me parece bien. Jordi Costa ha hecho mucho por dar visibilidad a propuestas como la mía. Yo siempre intento desmarcarme de que se me entienda como humorista, porque, al menos en España, si dices que eres humorista se supone que eres un tipo agradable, positivo y abierto, que vas a hacer reír y que estás buscando una suerte de guiño cómplice. Soy bastante opuesto a eso. Un público que piensa que va a ver un monólogo de humor, después puede pensar que le están tomando el pelo. Pero entiendo que la gente hable de humor cuando habla de lo mío. Me gusta que la gente se ría, pero me interesa más violentar el pensamiento, partiendo de una premisa, y llevarla a lugares que no sean habituales.

-Como licenciado en Bellas Artes, no le extrañará la necesidad de críticos y público de darle una coherencia a su arte. ¿Qué cree usted que dice sobre el mundo?
-No hay un mensaje en el sentido tradicional. Siempre habrá gente a la que le guste sacar algo de ahí, pero para mí es como una máquina. Mi día a día es una rutina en la que yo no produzco gran cosa. Si trabajara de otra cosa, probablemente sería un empleo de oficina que me importaría poco y mi vida pasaría sin pena ni gloria. Creo que lo que hago es la única forma que siento propia de dejar algo que no sea yo mismo. Todo parte de la singularidad absoluta de “acabo de ver esto y es algo que yo puedo transmitir”. Es lo único a lo que me puedo agarrar, carezco de un discurso articulado que englobe mi visión del mundo.

-Más allá de que no busque coherencia, sí aparecen ciertas regularidades: la corporalidad, la sexualidad, la enfermedad, la escatología, la televisión, el consumo o el consumismo. ¿Es muy descabellado entender allí alguna forma de crítica?
-En cierto modo, sí. Creo que no hay nada más lejos en mí que el concepto de crítica social. Si tengo que ser honesto, esto que hago parte de una posición privilegiada que es la de no tener que trabajar y ser escuchado por determinadas elites. Sería absurdo que yo viniera a hablar de una especie de humanismo o a decir que no me conviene la situación. Lo que yo hago es afín a todo aquello que se critica como negativo, es claramente hijo del monstruo. Yo soy parte del problema en tanto que no voy contra él. Simplemente sigo la corriente. Sería lo más hipócrita que dijera “mira como compráis”. Lo que no quiere decir que lo que hago no vaya en contra de determinado discurso establecido, como puede ser el stand up o lo que se entiende por humor, o de lo que se supone que hay que pensar ante determinadas situaciones. Sé que hay gente que siente rechazo por lo que hago, que le parece indigno. Pero eso es algo bastante poco localizado: puedo encontrar a alguien crítico con el sistema con el que no me entienda, igual que a un conservador con el que no me entienda, así que no está localizado en esos dos polos, digamos, de izquierda y derecha.

Fuente: Revista Ñ

No hay comentarios: