lunes, 22 de abril de 2013

Emilia



Cómo vivir siempre en el borde

Una mujer que reaparece, un hombre desesperado por sostener una estructura familiar que ya casi no existe, una esposa, un hijo y un otro. Claudio Tolcachir conmueve con su nueva pieza, sensible, dura y perturbadora. No pasa muchas veces. Es más: casi nunca sucede. Pero si una obra es capaz de transformarnos por unas horas, de volvernos más sensibles, más vulnerables, más delicados; si ni siquiera nos deja registrar enseguida la convención del aplauso, porque la función ya terminó pero todavía uno no se puede levantar de la silla y no le alcanza la emoción para agradecerle a los actores tanta verdad en escena; tanta honestidad; si una pequeña sala independiente logra eso, el teatro no morirá jamás.

No pasa muchas veces. Es más: casi nunca sucede. Pero si una obra es capaz de transformarnos por unas horas, de volvernos más sensibles, más vulnerables, más delicados; si ni siquiera nos deja registrar enseguida la convención del aplauso, porque la función ya terminó pero todavía uno no se puede levantar de la silla y no le alcanza la emoción para agradecerle a los actores tanta verdad en escena; tanta honestidad; si una pequeña sala independiente logra eso, el teatro no morirá jamás. Desde Timbre 4, Claudio Tolcachir y su obra Emilia otra vez dan el ejemplo de que el teatro puede, como decía Stanislavsky, atrapar la vida del alma.
Con su último espectáculo, Tolcachir –como autor y director– vuelve a penetrar en el corazón de una familia, como ya lo hizo en La omisión de la familia Coleman y en El viento en un violín. Pero más que importar el argumento de esta obra, lo alucinante de Emilia es registrar cómo se cuenta la historia, cuáles son esos recursos narrativos, de interpretación y el doble nivel de la acción que hacen que el espectador vea la función como un juego deportivo en el que cada actor da todo lo que tiene por alcanzar la gloria. Y en este caso, es la gloria de la conmoción.
La trama de Emilia no se percibe enseguida. Sí se ve en escena a un padre y esposo desesperado por sostener una estructura familiar que parece hundirse, a pesar de sus esfuerzos. Un hombre desbordado, que quiere controlarse. Una madre ida. Un hijo que busca amor y una identidad. En este contexto, llega quien fue la niñera del padre, una señora ya vieja y necesitada, pero que no perdió sus convicciones. En el relato, aparecen  presente, pasado y futuro; al igual que el conflicto: las cosas suceden y se narran, casi al mismo tiempo. Así, Emilia, la niñera, puede hablarle al público y contar su historia de vida, mientras los personajes accionan y, cuando pareciera que no la ven, de pronto la ven y la incluyen en sus diálogos. Lo mismo que el espacio ficcional, que parece delimitado por unos almohadones y pilas de ropa, y sin embargo fuera de esa delimitación también hay ficción.
Tolcachir realiza un doble procedimiento. Por un lado, muestra el artificio teatral: por ejemplo, uno de los personajes ya está en escena mientras se acomoda el público, se rompe con la cuarta pared, se interrumpe la acción para dar pie a un relato; pero al mismo tiempo construye una historia hiperrealista, con personajes cercanos y con actuaciones de un nivel de verdad, que hacen al espectáculo todavía más atormentador. Pero como los hechos no están todos presentados enseguida y deglutidos, el público también tiene que prestar atención a ese subtexto, al misterio y oscuridad que genera una constante del espectáculo: la sensación de que en cualquier momento esa frágil estabilidad familiar estallará en mil pedazos y que podrá terminar de la peor manera.
A los actores de Emilia es imposible ignorarlos: Elena Boggan, Gabo Correa, Adriana Ferrer, Francisco Lumerman y Carlos Portaluppi desnudan sus emociones sin censura, están allí en un juego de todo o nada. Cada escena que interpretan constituye una cachetada, un momento de incuestionable verdad. Nadie se queda a mitad de camino. Se humillan, se violentan, se vuelven frágiles, piden perdón y se vuelven a burlar.
Se sabe que cuando una obra de teatro es mala, la gente no para de moverse: incomodan las piernas,  empieza a doler la cabeza, se busca el bendito caramelo. El tiempo se hace interminable. En Emilia, del lado del público sólo hay silencio y un grupo de actores que hacen lo suyo con el corazón en la boca.

Fuente: Tiempo Argentino

Sala: Timbre 4, México 3554.

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