miércoles, 10 de abril de 2013

Amadeus



De visión obligatoria

Con un prodigioso Oscar Martínez, en buena dupla con Rodrigo de la Serna, se estrenó esta gran versión dirigida por Javier Daulte.

“Pusiste en mí la percepción de lo incomparable, que la mayoría de los hombres no conoce jamás; y después te aseguraste de que supiera para siempre que soy un mediocre!”, ruge con furia el compositor Antonio Salieri ante Dios. La frase pertenece a Amadeus, la exitosa pieza de Peter Shaffer (1926) sobre la rivalidad de Mozart y Salieri, que se repuso con nueva puesta de Javier Daulte.

Casi todas las obras más importantes del habilidoso escritor inglés se vieron en Buenos Aires. Desde “ Ejercicio para cinco dedos hasta La real cacería del sol y Equus.

Amadeus se representó originalmente en Londres, en 1979 (luego fue trasladada al cine por Milos Forman), y treinta y un años atrás se conoció aquí en una antológica versión dirigida por Cecilio Madanes, en el teatro Liceo, con Oscar Martínez, Carlos Muñoz y Leonor Manso en los roles protagónicos.

La historia (que ya había sido recreada en 1830 por el poeta y novelista ruso Alexander Pushkin en un diálogo versificado entre ambos músicos) transcurre en el Siglo XVIII y sigue la leyenda apócrifa según la cual el intérprete italiano envenenó por celos a su rival austríaco. Para espectadores desprevenidos conviene aclarar que este recurso argumental no tiene ningún fundamento histórico y que el extenso texto (no estaría mal una bienvenida poda) sigue siendo polémico al presentar una imagen bastante infantil y hasta ridícula del precoz y genial músico nacido en Salzburgo en 1756. Pero es innegable el sólido y atrayente efecto dramático que logra la pieza.

Todo comienza con el anciano Salieri (Oscar Martínez) encerrado en una habitación bajo la única custodia de dos sirvientes, asolado por los fantasmas de un pasado que pretende exorcizar. Pasó mucho tiempo desde la temprana muerte de Wolfgang y para tratar de lavar sus pecados, Antonio invoca a los hombres del futuro como sus confesores. Así, desfilarán sobre el escenario su infancia, la temprana pérdida de su padre, el ingreso a la academia de música, una vida consagrada a lo religioso, el posterior ascenso como compositor de la corte, su encuentro con el joven Mozart (Rodrigo de la Serna) y su esposa, la frágil Constance (Verónica Pelaccini) a quién no dudará en manipular para evitar el ascenso de su rival.

El prodigioso Martínez, con aspecto lascivo, ojos de hipnotizador y voz de trueno, crea un Salieri magistral, capaz de envejecer (como Norma Aleandro en su memorable creación de La señorita de Tacna) medio siglo en segundos, y volver con la misma velocidad a su arrogante madurez. De la Serna personifica muy bien a ese joven prodigio malcriado; un adulto en años, y en lo afectivo un chico caprichoso y grosero. Pelaccini refleja con mucha honestidad la desolación del ser desamparado, obstinado en tener una vida mejor. El resto del extenso elenco aporta corrección.

La puesta es ágil, transcurre en un único ambiente, creado por Alberto Negrín, transformado en poderoso envoltorio visual que va mutando a medida que la acción lo requiere. El vestuario de época, con el proverbial talento de Mini Zuccheri, minucioso en cada detalle, es realmente deslumbrante.

La noche del debut pareció que faltaban más ensayos, nada que no pueda subsanarse con el correr de las funciones. De todos modos, es una admirable propuesta teatral de visión obligatoria.

Fuente: Clarín

1 comentario:

Carol Parra dijo...

Muy buen post Clarín, totalmente de acuerdo contigo, también he visto Amadeus y coincido en tu percepción.
Te recomiendo los teatros en Madrid en Canal , son excelentes en organización e instalaciones .