viernes, 3 de agosto de 2012

La Celestina y Teatro di Commedia




Para el actor, todo es máscara

Ni una técnica ni un género, la Commedia dell’arte es el germen de todo el teatro moderno. Una compañía argentina con sede en Europa se propuso difundirla.

Falsedad bien ensayada, estudiado simulacro, la commedia dell’arte es puro teatro. Con esa verdad en la médula, Carolina Calema y Pablo salieron por los caminos, como sus antecesores los juglares, a jugar con máscaras ostensibles, a provocar credulidades en el público y a manifestar esa manera de entender la vida del actor, el más sincero de todos los farsantes.

“No es una técnica ni tampoco un género, sino el teatro por definición. Todo el teatro moderno viene de la commedia dell’arte, todo el teatro argentino, el sainete, el grotesco criollo. También sus personajes, porque al ser arquetipos fijos de la sociedad, los encontramos en obras contemporáneas. Aparecen por primera vez actrices, porque los personajes femeninos empezaron a ser hechos por mujeres y no por hombres. Entonces, para nosotros es el teatro en sí y el oficio de actor, la profesión de actor, una formación ecléctica que incluye actuación, danza, canto, acrobacia, esgrima, todo es necesario, con constancia, seriedad, disciplina y donde por ‘arte’ se entiende el oficio de representar comedia”, dice esta pareja de jóvenes actores y docentes argentinos, itinerantes al mando de su propia compañía, el Teatro di Commedia (www.teatrodicommedia.com), que juntos fundaron en Italia donde se conocieron y descubrieron qué tenían en común.

La decisión fue divulgar este arte –también llamado commedia all’improviso, commedia degli zanni o commedia degli attori (¿acaso no es la “dramaturgia del actor”?)– respetando sus orígenes, por el mundo, sin una sede fija. “Si bien residimos desde 2006 en Madrid, vamos por todas partes con nuestros espectáculos y talleres. A Buenos Aires, tratamos de venir cada año porque encontramos gran interés, pero también desconocimiento: hemos dado charlas y clases especiales en el IUNA donde teóricamente se enseña pero hay un hueco al respecto que nos gustaría ocupar”, dice Calema, con acento bien castizo, sobre el Instituto Universitario Nacional del Arte donde se formó en actuación. Además, estudió con el maestro de mimos Angel Elizondo y con Julio Chávez, Julia Calvo y Carlos March; viajó a Italia para profundizar sobre la commedia dell’ arte en el centro de formación teatral VeneziaInscena y la Scuola Internazionale dell’Attore Comico de Antonio Fava; trabajó con Mosquito Sancineto en Match de improvisación y en 2008 fundó su compañía de improvisación en Madrid, Impromatch. Pero el espectáculo que trajo este año al teatro SHA, después de rodar por los festivales españoles de Toledo, Alcalá, Almagro y Almería, y por el de La Habana en Cuba, es La Celestina, la tragicomedia de Calista y Melibea escrita por Fernando de Rojas en el despertar del siglo XVI, en versión y dirección de Darío Galo y la única interpretación de Calema.

Que nadie dude en contar lo lascivo de esta historia/que nadie se avergüence de los cuerpos y de las pasiones desatadas/porque al mostrar la danza del amor he pretendido una lección honesta / (…) Quien me juzgue por impúdica/ no habrá separado el grano limpio de las burlas y las mezquindades.

“Me enamoré del texto, que es muy rompedor para la época, una vieja hablando del carpe diem, un vive hoy que no siempre recordamos; y me gustó hacerla como unipersonal, con las dos marionetas de Calista y Melibea, los títeres y las máscaras. Si bien es cierto que no es un caso de commedia dell’arte puro, hay un sello de la compañía que es muy claro en relación a lo artesanal”, dice la actriz que manipula y se transforma en todos los personajes de la obra sin abandonar nunca el escenario.

En cambio, Metamorfosis de Arlequín, el espectáculo que desde 2007 viene haciendo Torregiani, aborda un clásico de la commedia dell’arte de manera didáctica. El actor cuenta la historia del Arlequín, desde que surge en el Renacimiento hasta su permanencia actual, en breves escenas en castellano e italiano. Llega al escenario cantando, como si fuera la plaza del pueblo, con un baúl, el traje de rombos, originado en el zurcido de parches y harapos, y la máscara de cuero que le cubre la mitad de la cara. Cada vez que se la pone, de espaldas al público, se da vuelta y es Arlequín, y al sacársela, vuelve al lugar del narrador, una transición que hechiza por su visibilidad; al revés del mago, el truco se revela ante nuestros ojos para asegurarnos que la magia es, efectivamente, real.

Realizadas por artesanos que mantienen la técnica tradicional, los mascherai, Calema y Torregiani usan las máscaras de cuero típicas de la commedia dell’arte donde todos los personajes, salvo los enamorados, las llevaban. “Su función fue recuperar un símbolo del teatro griego y latino, pero al ser media máscara, le permitía al actor expresarse y trabajar con la parte inferior de la cara. Es importante decir que cuando nosotros hablamos de máscara no sólo hablamos del objeto, del pedazo de cuero, sino también del hablar, la vestimenta, el maquillaje, las posturas, es decir, la máscara expresiva, porque todo es máscara”, dice el actor, recibido en la Accademia nazionale d’arte drammatica, de Roma, la misma donde se formaron Vittorio Gassman y Giancarlo Giannini, y que llevó su Arlequín, entre muchos otros festivales y plazas, al Carnaval de Venecia.

Juglares y bufones

Según ambos expertos resumen, la commedia dell’arte surge en Italia: “En la Edad Media, un solo juglar interpretaba varios personajes. En el Renacimiento italiano, lo novedoso es la reunión de varios juglares en la formación de una compañía teatral. Su origen es popular, trabajaban en las fiestas que hoy en día persisten como la del vino o la del queso. Y cada uno se especializaba en un personaje arquetípico: los criados que eran los zanni o bufones, buscavidas a veces tontos y otras astutos como Arlequín, Colombina, Polichinela; los viejos como Pantaleone, el prototipo del mercader de Venecia avaro y ruin; el Capitán, arrogante y fanfarrón que esconde a un gran cobarde (Spavento, Scaramouche, Giangurgolo y muchos, según el origen);  los Enamorados, siempre distraídos por su pasión. Según el tamaño de la compañía, era la cantidad y variedad. Cada uno podía improvisar, pero basándose en un canovaccio o estructura y en la lógica de su personaje, con su repertorio de frases y bromas. Es decir, había un texto que se fijaba pero que aún no se escribía.

Desde Italia, las compañías emigraron al resto de Europa, tal vez por la competencia que las empujaba a abrir nuevos espacios, tal vez perseguidas por la fuerte crítica social que encerraban sus parodias bufonas. Herencia más duradera del Renacimiento italiano, la commedia dell’arte marcó las obras de Shakespeare, Marivaux, el Siglo de oro español (Lope de Vega, Tirso de Molina, Cervantes, Lope de Rueda), las sátiras de Molière en el siglo XVII, las comedias de Carlo Goldoni (Arlequín servidor de dos patrones, 1745) y, por supuesto, la pantomima, el circo, el melodrama y el clown. Por qué no pensar que hasta La Nona, de Roberto Cossa, es un grotesco argentino con esas marcas. En definitiva, todo texto puede hacerse en clave de commedia dell’arte. Y siempre rondará su crítica ácida, cada vez que los actores se planteen recuperar la creatividad y la  dignidad del oficio.

FICHA
“La Celestina”, de F. de Rojas. Versión y dirección: Darío Gallo

Lugar: Teatro SHA (Sarmiento 2255).
Día y horario: martes a las 21.
Localidades: $ 60.
Info: teatrodicommedia.com

Fuente: Revista Ñ

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