lunes, 23 de julio de 2012

Francisco Lumerman: Puro papel pintado




La tragedia vuelve como comedia

A través del humor, el actor y director contrasta dos épocas de la historia argentina: la del peronismo de mediados del siglo pasado y la del 2002. “La obra es un viaje que cada uno puede completar con lo que trae”, subraya.

¿Cómo representar escénicamente el auge del peronismo, en plena década del ’50, y confrontarlo con el del 2000? Ese fue quizás uno de los desafíos que se propuso el joven actor y director Francisco Lumerman y su grupo de actores, con la puesta Puro papel pintado (domingos a las 18, en Teatro Anfitrión, Venezuela 3340), una obra con dramaturgia propia en la que a través del humor logra poner en escena un hecho teatral que contrasta dos épocas de la historia argentina. “Me parecía interesante oponer esos dos períodos donde aparecía, por un lado, un Estado con mucha presencia y, por el otro, uno abandonado. Además, los años ’50 eran muy interesantes para investigar desde lo teatral y desde el lenguaje de la época”, cuenta Lumerman a Página/12.

Puro papel pintado propone al espectador el ejercicio de confrontar esos dos momentos políticos casi opuestos y la posibilidad de pensar el pasado reciente y trágico como comedia. Con una notable puesta en escena, iluminación y vestuario que recrean la década del ‘50, el espectador es testigo de saltos en el tiempo, logrados a través del interesante trabajo de diez actores en escena. La obra cuenta la historia de dos mujeres, una devota de Evita y una hija no reconocida de Perón, que fueron congeladas en 1952, como parte de un plan que busca clonar al General. El proyecto finalmente fracasa y ellas regresan al mundo, pero en 2002, en medio de la filmación de una película de época, en pleno corralito, cacerolazos, piquetes: crisis económica, social y política. Esa dramaturgia está condimentada con dosis de humor absurdo y guiños al lenguaje de la época.

–¿Por qué le interesó confrontar esos dos períodos políticos?

–Surgió después de investigar con los actores y Lisandro Penelas (colaborador de dirección) sobre esos universos y de actuar en situaciones de esas épocas. Aparecieron primero los años ’50, con el peronismo, y después fue una elección más clara oponer esa época de Estado de Bienestar, con la crisis que empezó a gestarse en 2000. En principio fue como un juego de teatro, sin intenciones políticas. A mí me parecía interesante oponer esas épocas tan diferentes.

–¿Qué características de la década del ’50 le parecieron interesantes para teatralizar?

–Hay algunas cosas que me atraen por mi historia familiar que tienen que ver con el peronismo concretamente, con la figura de Perón y la de Evita. Al mismo tiempo nos permitía tener cierta distancia y cierto permiso para el registro de actuación que necesitábamos para representar la década del ’50. Además esa década era muy interesante para investigar el lenguaje. Trabajamos con los actores, buscando las palabras de esa época, las construcciones del lenguaje. Pudimos construir o readaptar ese vocabulario y las expresiones de la época. Nos parecía que eso era divertido e interesante.

–¿Y por qué quiso abordar el peronismo?

–Ese mundo me cautiva y me parece que genera mucho sentido. Y trabajar sobre ese período sirve para preguntarse muchas cosas. Creo que esta obra sirve para hacerse preguntas más que para encontrar respuestas. Hay un juego que se empieza a abrir y las respuestas están en la mirada de uno. Yo tengo muchas preguntas sobre el peronismo, me parece que es un fenómeno no resuelto o por lo menos no resuelto en mí. Entonces son muchas las preguntas que atraviesan el material. También hay muchas cosas que fueron proponiendo los actores a lo largo de los ensayos, donde iban sumando lo que fueron investigando del tema. En el grupo de actores había distintas miradas sobre ese período. Y también trabajamos con eso, con sus inquietudes y propuestas.

–¿La obra no logra dar respuestas?

–Cada uno puede encontrar respuestas, pero depende desde dónde uno mira. Depende mucho de la historia del espectador. A las generaciones más viejas les cuesta más mirar la obra sin cuestionarla. La obra es un viaje que cada uno puede completar con lo que trae. Lo que está bueno es que no hay una intención de convencer al espectador, sino que ponemos sobre la mesa un montón de cuestiones que cada uno va cerrando, en función del lugar en el que esté parado.

–¿Por qué pensó en representar esta historia a través de la comedia?

–Porque creo que apareció así de entrada. La situación que plantea la obra sobre estas dos personas que pueden ser congeladas y descongeladas cincuenta años después ya nos proponía un disparate. Y a su vez, la comedia nos habilitaba para hablar de 2001. El humor pone distancia y permite hablar de ciertas cuestiones que generan dolor. Y ayuda a seguir procesando los temas desde una mirada más amable hacia uno y hacia los demás. La obra, por un lado, lo necesitaba para poder producir ese disparate del viaje en el tiempo y poder generar ese código. Y, por el otro, el humor es la mejor manera de encararlo. Algunos temas son difíciles de digerir si uno no los planta en el escenario con humor. También fue apareciendo con las propuestas de los actores.

Fuente: Página/12

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