viernes, 15 de junio de 2012

Hija de Dios

Hija de Dios

Para los prejuiciosos que miran muy de reojo al mundo Maradona, Hija de Dios no merecería caer en ese mismo saco. Para los devotos del mundo Maradona, será una oportunidad para confrontarse con otra óptica de la historia. Para los que están más allá de esos supuestos universos dicotómicos, el trabajo que protagoniza Dalma Maradona hace eje, por lo menos, en dos vectores que desarrolla con una inteligente fuerza dramática. Por un lado, el vínculo entre un padre y una hija, en ese constante debate interno de amor y odio. Ese aspecto toma cuerpo a lo largo de todo el espectáculo. Pero, claro, no son cualquier padre, cualquier hija. Son ellos: los Maradona. Al adentrarse en ese vínculo la propuesta se transforma en una especie de biodrama sobre el ser nacional, en una deconstrucción íntima sobre uno de sus mitos vivientes más populares.

Las diversas aristas tienen la habilidad de retratar el universo de lo íntimo como ciertos condimentos del cuerpo social. Se articulan entre sí gracias a un fino trabajo dramatúrgico que se apoya en proyecciones y en el relato en primera persona de esta hija famosa que decide contar una historia conocida por todos (eso creemos) pero, claro, desde su lugar de hija. El resultado es una especie de acto catártico de un humor permanente. Y como bajo la lógica de este señor todo parece ser un tanto desbocado, la narración atraviesa una innumerable cantidad de situaciones desopilantes lindantes con un cuento de hadas que da cosa.

Dalma Maradona se mueve en escena con firmeza, con soltura, con convicción, con conocimiento. La función de anteanoche debe haber sido dura (por primera vez, tenía a su padre sentado en la platea). Seguramente, con el correr de los días les irá encontrando más matices a esos textos hábilmente hilvanados por Erika Halvorsen, también directora de esta propuesta.

Fuente: La Nación

Teatro: SHA

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