Mi novia, mi novio y yo


El éxito está lejos del escenario

“Mi novia, mi novio y yo”. En Carlos Paz, Ricardo Fort tiene más fans que público en su obra

Lo que le sucede a Ricardo Fort en Villa Carlos Paz podría analizarse en dos partes.
La primera. El reloj marca las 21.30 del día sábado. Carlos Paz es un infierno de gente, y la puerta del teatro Libertad donde se presenta la obra de Ricardo Fort -Mi novia, mi novio y yo- es un verdadero caos: alrededor de quinientas personas disparan el flash de su máquina digital a cualquier auto alemán de último modelo que pasa por allí. Se escuchan arengas y cánticos. “Vos que sos periodistas… ¿Sabés a qué hora llega Ricky?”, le pregunta a este cronista una mujer de unos 50 años un tanto exaltada. Ante la negativa de la respuesta, la señora desafía al personal de seguridad y se trepa por encima de un vallado.
El alboroto provoca que, en apenas segundos, la vereda y la avenida Libertad se conviertan en una sola cosa. Es que, parece, el fenómeno Fort no distingue sexo ni edad. De repente, las modernosas motos de sus guardaespaldas estacionan y el griterío es total: “¡Ahí llega!, ¡ahí llega!”, le dice su mamá a Julio, un chico de 9 años que espera en su silla de ruedas conocer personalmente al chocolatero. Pero nada de eso sucede: sólo un puñado de curiosos logra su cometido de eternizar el rostro o parte de la silueta de su ídolo.
La segunda. Dentro de la sala de teatro -que tiene una capacidad para 420 personas-, la euforia se diluye a tal punto que un centenar de butacas lucen vacías. El telón se abre y aparece el mismísimo Fort.
La historia -cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia-, cuenta la vida de un millonario que está a punto de casarse con (¿su ex?) Claudia Ciardone (desde ahora reemplazada por Vanesa Carbone). Pero en realidad está enamorado de un hombre.
Con una escenografía sobria, un vestuario interesante y un sonido flojo, Mi novia, mi novio y yo propone, en gran parte de su extensión, un discurso discriminatorio (casi cavernícola) en el que la palabra “puto” tiene una fuerte connotación negativa. Y por si esto fuera poco, es el propio Jacobo Winograd -el más aplaudido, lejos-, el encargado de descargar casi sin repetir y sin soplar su rosario de frases hechas. En el espectáculo, hay momentos de carcajadas, números musicales y un final anunciado y absurdo. El guión parece tener un solo objetivo: justificar que Ricardo Fort cante A mi manera cuando todo se termina.
Algunos pasajes de Adriana Salgueiro y Jorge Martínez hacen más llevadero este espectáculo al que le sobran unos 20 minutos. Es que, lamentablemente, para el elenco de Mi novia, mi novio y yo, el éxito de una obra no se mide por lo que sucede justamente puertas afuera del teatro.

Fuente: Clarín

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