jueves, 14 de enero de 2016

Yo soy mi propia mujer


Julio Chávez en “Yo soy mi propia mujer”: El mismo ritual... 9 años después

Teatro.Terminada la obra de Julio Chávez, el público construye una ceremonia conmovedora. Una ovación que parece no alcanzar.

Para muchos podrá ser una obra más de la nutrida cartelera porteña, pero quien vaya a verla descubrirá que Yo soy mi propia mujer es mucho más que una pieza teatral. No sólo por la inconmensurable entrega de Julio Chávez sobre el escenario -en un hilván de personajes de los que entra y sale con tan sólo un gesto o un matiz en su tono de voz-, sino por el ritual que abriga el saludo final. No es un aplauso. Ni dos, ni muchos. Es una ceremonia conmovedora en la que el protagonista es el público.

Y él, chiquitito, transpirado, sin la protección de las criaturas que lo tuvieron en vilo durante una hora y cuarto, observa y recibe, como si fuera el único espectador de un nuevo espectáculo: el del agradecimiento.

Si lo de un rato antes se trató de la maravillosa puesta que Agustín Alezzo hizo del texto de Doug Wright -sobre la vida de la travesti Charlotte von Mahlsdorf-, lo que sucede ni bien se apagan las luces para que la ficción le pase la posta a la realidad se enmarca en el género de la improvisación, en la espontaneidad de las 440 personas que llenan la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza, se enmarca en la llamada magia del teatro.

Hace 9 años, cuando se estrenó en el Multiteatro, la ceremonia del final mereció una nota en este diario- titulada el 7 de febrero de 2007 como Un duelo de generosidad-, porque excedía los límites del típico estadío posterior a un hecho artístico en el que se suceden los aplausos, los elogios, las críticas, la devolución. Y anteanoche, en la función de prensa, durante 4 minutos y medio -más literales que conceptuales, porque en verdad pareció una vida-, desde la platea bajó una ola envolvente, entre bravos y gracias, con ovación sostenida para Chávez. Al que luego se le sumó Alezzo, quien contra los mandatos de su timidez se animó a salir a escena, más aferrado que apoyado a su bastón.

Planteada como el diálogo entre el autor y la adorable, extravagante y polémica Charlotte, la obra recorre la emocionalidad y las contradicciones del personaje central, en la Alemania del sigo XX, atravesada por el nazismo.

Yo soy mi propia mujer no es solamente una obra recomendable. Es dejarse atrapar por una historia que lleva a transitar varios estados: de hecho se pasa de la sonrisa a la lágrima sin aviso en más de una escena, sin moverse de la butaca -¿quién no ha visto inquietudes ajenas o propias, cuando el texto suelta la mano del espectador o viceversa?-, para luego abandonarla, ponerse de pie y ser parte de ese reconocimiento que huele más a ritual en la penumbra que a la consecuencia lógica de un aplauso. Es lo que la ficción llamaría protagónico coral: un grupo de gente en una construcción colectiva. En este caso, una genuina devoción.

Fuente: Clarín