martes, 3 de noviembre de 2015

Javier Daulte: Ni con perros, ni con chicos


"El mundo real no me interesa"

Escribe, dirige y tiene su propia sala de teatro. Durante la última década se consagró como una figura indiscutida de la escena teatral argentina. Pero dice que se aburre.

A-bu-rrí-dí-si-ma. Eso piensa Javier Daulte de la vida. El dramaturgo que experimentó con la ciencia ficción en el teatro, que metió fantasmas en la escena comercial (por su obra ¿Estás ahí?) y que se convirtió –desde hace más de una década– en una de las voces más interesantes de la dramaturgia y la dirección teatral argentina, sostiene que el mundo real no le interesa para nada.
–¿Cómo es eso?
–Me interesan las reglas del mundo ficcional. El real no me interesa casi nada. La vida me parece aburrida. Miro a mi gata y pienso. "¡Qué aburrida es la vida!" Lo único que le da un poco de gracia a la vida son esos mundos ficcionales y complicados que nos ponemos. Cuando hablo de ficción, no necesariamente hablo de arte. La matemática, la economia y el psicoanálisis son ficciones, pero nos pueden llegar a entretener. Ahora bien, la vida, salir a comer helado y ese tipo de cosas, son aburridísimas.
Parecía que Daulte ya lo había probado todo. Sus obras se representaron en varias partes del mundo, se tradujeron al inglés, catalán, francés y sueco. Fue director artístico del Teatre La Villarroel, en Barcelona. Su método de trabajo con actores se estudia en la escuela EÒLIA de la misma ciudad. Recibió el Konex de Platino como el mejor director de la década 2001-2010 y además escribió reconocidas ficciones para televisión como Fiscales, Tiempos compulsivos y Para vestir santos.
Pero siempre le queda algo más: ahora debutó en el género del musical con el espectáculo Ni con perros ni con chicos, que se estrenó la semana pasada en el Teatro Cervantes. La obra la protagonizan Omar Calicchio y Laura Oliva, junto con el destacado trabajo de Dennis Smith y Julieta Nair Calvo, y fue escrita por Fernando Albinarrete. Trata sobre la historia de amor entre Charles Laughton y Elsa Lanchester, actores ingleses exiliados en Estados Unidos, a mediados de la década del '50. Laughton, fundamentalmente, fue un actor emblemático de la época dorada de Hollywood.
Además, el espíritu inquieto de Daulte no se agota: el año que viene se publicará su primera novela.
–¿Cómo llegaste al musical?
–Hacía rato que mucha gente me decía que tenía que hacer musicales, porque mis piezas de texto tenían mucho de musical. Laura Oliva me acercó esta propuesta, y en primer lugar me gustó que fuera el texto de un argentino, con el formato de cámara: cuatro músicos y cuatro actores, y que lo que se contaba era una historia de amor preciosa. Propuse el Cervantes y me pareció una alegría porque se trabaja muy bien. Por las características de ensayo, en una iniciativa privada puede ser más complicado. Me parece muy interesante cuando me ofrecen un proyecto encontrar un desafío, saber que no estoy en mi lugar cómodo. Si cuando yo leo una obra ya sé más o menos cómo la voy a hacer, no me interesa.  
–¿Te tuviste que adaptar al género?
–Trabajé como cualquier otra obra. No soy fan de los musicales. Me gustan algunos. El primer Aquí no podemos hacerlo de Pepe Cibrán, Chicago, El cabaret de los hombres perdidos, por mencionar algunos ejemplos. Me decían que en los musicales se trabajan los números musicales por un lado y el texto por otro, pero yo no hice así. Trabajé como en todas mis obras, de principio a fin. A los actores les decía que tengo que sentir que la música es una necesidad, que lo que le está pasando al personaje es de tal magnitud que tienen que cantar, porque es mejor cantarlo que actuarlo. Tenía que estar la necesidad emocional de que surja la música. No sé trabajar de otra manera.
–¿Alguna vez te pasa de perder la calma como director?
–Sí, claro. En todos los proyectos siempre hay un momento donde uno piensa que se hunde el barco. El director, en ese sentido, es el capitán. A veces uno tiene que ponerse firme para que las cosas funcionen, pero eso se puede hacer sin herir ni agredir. Me puedo enojar, pero agredir jamás. Incluso, si me agreden no respondo. No por indiferencia, sino justamente porque me afecta demasiado.
–Escribís, dirigís, das clases y tenés tu propia sala de teatro. ¿Cómo te organizás con tantos roles?
–En realidad siento que tengo un solo rol. Todo tiene que ver con el intercambio. En otra época se hacían tertulias, se juntaban artistas de distintas áreas, tomaban algo en una casa, llegaban los discípulos de unos y otros, y empezaba el intercambio. Las tertulias no existen más, ahora existen los cursos, que es donde gente que ya está formada decide encontrarse para entrenar. Es la manera que hoy tenemos de encontrarnos, porque el mundo cambió en muchos aspectos y todo tiene que volverse productividad: alguien paga, otro cobra. Pero siguen siendo un escenario para el intercambio.
–¿Qué consejos les das a los jóvenes que quieren dedicarse a escribir y dirigir teatro?
–Siempre les digo que si quieren hacer lo que yo hice, no tienen que apelar a los padres. Yo no busqué ningún padrino. Entendí a fuerza de golpes que no debía apelar a que ningún consagrado legitime mi trabajo. También, por una cuestión generacional, esa era una batalla perdida. No es que no me guste apadrinar, pero al discípulo hay que soltarlo. Mi generación lo hizo así en los años '90: yo escribía una obra, la dirigía un par y la actuaban pares. Es el caso de Criminal, que la dirigió Diego Kogan, era su primera dirección y actuaban actores amigos.
Los orígenes de Javier Daulte se remontan al grupo Caraja-ji (1995-1997), una agrupación de dramaturgos que incluía a Rafael Spregelburd y Alejandro Tantanian. Junto con El Periférico de los Objetos (Daniel Veronese y Emilio García Wehbi, entre otros), ellos fueron el fenómeno independiente de la dramaturgia de los años '90, que explica al menos de una forma parcial el ecléctico y desbordante movimiento teatral independiente que tiene hoy Buenos Aires.
–¿Qué falta en el teatro ahora?
–El desarrollo es lo que más falta en las nuevas propuestas. No se puede superar la idea de un buen planteo. No digo que sea algo fácil y no hay una fórmula, pero creo mucho en el afán de contar historias. Eso es hermoso y complejo. Aprender a contar una historia es el trabajo de toda una vida. Siempre está la  sensación de que hay buenas historias para cortometrajes. Los cortos lo que tienen es que no permiten el desarrollo. Creo que afecta mucho que las obras duren tan poco tiempo en las salas. Eso no alienta a los que producen sus obras. Si supieran que uno prepara un espectáculo que va a estar un par de años en cartel, tal vez lo pensaría de otra manera.  Pero muchas obras se limitan a esas ocho funciones en las que invitamos a amigos y parientes.
–Teniendo en cuenta tus orígenes independientes, ¿tuviste contradicciones cuando te volviste un director "comercial"?
–Al principio yo tenía un pensamiento muy radical: no me permitía caminar por la calle Corrientes. Era un pecado, era el territorio enemigo. Esas convicciones me sirvieron mucho, porque uno cuando está empezando crea sus propios pensamientos y todo se pone muy terrorista. Después me di cuenta, por suerte muy temprano, de que lo que al principio uno piensa que es una convicción a los cinco minutos se vuelve un prejuicio. A partir de ese momento me dediqué a vencer prejuicios. La convicción se convierte en prejuicio. Y el prejuicio es siempre el mejor disfraz del miedo. Muchas veces he visto gente con claro miedo a dar un paso, pero todo disfrazado de grandes convicciones. Y uno se da cuenta de que eso es puro miedo.
–¿De qué cosas te interesa hablar cuando escribís?
–Las cosas que me interesan son muy filosóficas, por ejemplo, cómo miramos la realidad. Últimamente, me pregunto de qué quiero escribir, y me di cuenta de que escribo sin saber lo que quiero escribir, de la misma manera que ensayo sin leer el texto. Las condiciones que se me imponen van creando un lenguaje propio y sobre la marcha va apareciendo eso de lo que escribo.  Sé que me interesan ideas tremendamente teóricas y filosóficas. No es que no me cueste escribir, pero me sumerjo en un mundo con reglas propias.<


Una agenda agitada
Acostumbrado a tener varias obras en cartel en simultáneo, este año no es distinto para Javier Daulte en ese sentido.
Venus en piel (con Carla Peterson y Juan Minujín, foto) saldrá de gira nacional. Novecento, con Darío Grandinetti, irá al festival de teatro de Bogotá. Personitas estará en enero en el Festival Santiago a Mil, de Chile.
En enero está programado el estreno en el Paseo la Plaza de Red Carpet, con Joaquín Furriel (quien sufrió un ACV la semana pasada y está en plena recuperación), Gloria Carrá y Muriel Santa Ana.
También prepara Nuestras mujeres, obra que reunirá a Guillermo Francella, Arturo Puig y Jorge Marrale.
Y durante la segunda mitad del año, en su sala Espacio Callejón, estrenará un texto de su autoría: Monstruo dotado de debilidad, con Luciano Cáceres.
Finalmente, prepara para TV el guión de Silencios de familia, un nuevo unitario para Pol-ka.


Su sala de teatro Espacio Callejón
Javier Daulte es, desde marzo de este año, el nuevo dueño de la sala de teatro Espacio Callejón (Humahuaca 3759), una sala muy vinculada a sus orígenes como artista independiente.
"Es un placer estar ahí. Todo lo que se programa tiene calidad y un profundo sentido del teatro alternativo. También hicimos un bar y arreglamos el camarín para los actores. Queremos que el público y los actores se sientan cómodos y bienvenidos, ya sabemos que haciendo teatro independiente plata no hay", dice.
Según Daulte, el cambio permanente entre los circuitos comerciales y alternativos, la narrativa y los guiones para televisión no lo cambian como artista.
"Yo soy público de teatro independiente de una manera, de teatro comercial de otra y de televisión de otra también. Voy a escribir para la tele lo que me gustaría ver en la tele, no en el Callejón. Y en el Callejón lo que quiero ver ahí. Me parece absurdo pretender que una obra independiente se estrene en el circuito comercial. Muchas veces lo pensé así y me equivoqué. Son errores que uno comete por no encontrar la adecuación. La omisión de la familia Coleman (escrita y dirigida por Claudio Tolcachir) siempre fue comercial. No me sorprende para nada lo que pasa ahora. Al no tener figuras en el elenco, lo que tuvo fue el prestigio de diez años rompiéndola en todo el mundo. El público es el que tiene que circular."


Un musical en escena
La semana pasada se estrenó la obra Ni con perros, ni con chicos, en el Teatro Nacional Cervantes, Córdoba y Libertad, con Omar Calicchio,
Laura Oliva, Dennis Smith y Julieta Nair Calvo. Va de jueves a sábado,
a las 21:30, y domingos a las 21 horas. Entradas: $ 70.

Fuente: Tiempo Argentino