viernes, 9 de octubre de 2015

Guillermo Cacace: Mi hijo sólo camina un poco más lento y La crueldad de los animales


"Me preocupa que se imponga el teatro"

El director de Mi hijo sólo camina un poco más lento, uno de los fenómenos de la escena actual, estrena La crueldad de los animales y asegura que piensa al público como un artista que trabaja a la par en el engranaje de una puesta.


Le preguntan por el éxito y él responde acerca del amor. Guillermo Cacace actor, director y maestro de teatro desde hace 30 años, no puede explicar lo que sucede con la obra Mi hijo sólo camina un poco más lento si no es a través de ese sentimiento. ¿Qué pasó por la vida de un artista para que el espectáculo que dirige y que decidió presentar los domingos a las 11:30 de la mañana agote sus entradas hasta 2016, que bajo el título de fenómeno fuera noticia en la mayoría de los medios nacionales, saliera en programas de televisión, ganara tres premios ACE y llegara a tener seis funciones semanales en una sala en la que entran 50 personas? La respuesta sólo tiene sentido si se habla de amor.
–¿Qué explicación le das a la gran  repercusión en el público?
–El amor, es una palabra que me cuesta, pero estoy en campaña para que me cueste menos. Es una palabra que ha sido vapuleada, con connotaciones románticas, naif, ingenuas. En Mi hijo sólo camina un poco más lento se ha logrado demostrar una relación amorosa, ligada a la producción artística. Eso se contagia y se abre. De todos modos, no termino de entender lo que pasa ahí. Yo quise a todas mis obras, pero en esta fui correspondido. Que la gente no haya respondido como responde ahora en este espectáculo nunca fue para mí una condición para no querer. Uno podría decir: ¿qué pasa?, ¿a esta la querés más? Querer siempre las quise, el punto es que con Mi hijo… fui correspondido. Lo que me interesa reconocer es que si en otra obra yo quiero igual y a mí no me quieren, no voy a dejar de querer. Me da mucha satisfacción reconocer la situación no especulativa. Mis obras no especulan con nada para ser queridas, y todas están siempre queriendo. Si del otro lado nos quieren, es una verdadera fiesta.
–Hablando de especulación, seguramente te convocaron productores para que lleves la obra a salas más grandes y comerciales.
–Sí, pero por el momento no lo voy a hacer. Esta obra fue concebida en Apacheta, que es una sala sin fines lucrativos, en la que estoy desde hace once años. Nos juntábamos a ensayar a la mañana porque era el horario en el que podían todos los actores. Nos dimos cuenta de que la obra funcionaba de una manera distinta con luz natural y en ese horario, lo mismo con la ventana que tiene la sala. Pero también hay otra cosa: hace once años que no tengo una situación de cinco funciones seguidas semanales, ¿me voy a ir ahora? Tengo que ser leal a la sala, que a esta altura ya es como una amiga.

Guillermo Cacace sigue hablando del amor, a esta altura, como una postura ideológica con la que se instala en la vida. Lo mismo hace ahora frente al estreno de La crueldad de los animales, obra que él dirige y que fue escrita por Juan Ignacio Fernández. El texto ganó en 2014 el concurso de autores teatrales nacionales organizado por Argentores y el Teatro Nacional Cervantes y el primer premio del Segundo Concurso Universitario de Dramaturgia "Roberto Arlt" organizado por la Universidad Nacional de las Artes. La pieza tiene fuertes referencias políticas y se contextualiza en la crisis de 2001. Frente a eso, el desafío de Cacace fue no quedarse en el plano discursivo. "La decisión fue correrse de ilustrar una anécdota. No hemos querido abordar una posición, el intento ha sido encarnarla", dice.
–¿Cómo se encarna una posición?
–La crueldad de los animales tiene un discurso político muy concreto. En la primera impresión que la obra me genera, entiendo que el mayor riesgo es quedar diciendo. El "quedar diciendo" es una operación mucho más clara en el mundo político de funcionarios que el teatro, justamente, desinstala. Hay una noción que me interesa mucho en cada espectáculo, que es no usar el teatro para nada. El teatro tiene una potencia política en sí misma. No hay que usarlo para que quede en lo meramente enunciado. Yo puedo coincidir incluso con lo que la obra piensa, el tema es decidir qué procedimiento utilizo para que ese pensamiento no quede en algo coagulado. Para muchos, el teatro tiene que ser útil a una idea. Culturalmente, ya hay un procedimiento que lo que hace es reivindicar enunciados. Nosotros vamos a la escuela, aprendemos a leer para entender y para explicárselo a otros. Lo que yo pretendo con el teatro es sensibilizarnos con un material que funcione como acto poético y no que repita escleróticamente enunciados. Uno ya instalado en la platea puede inferir enunciados, pero eso es muy diferente a que los enunciados sean impuestos. Estoy muy preocupado por ese punto. Me preocupa que se imponga el teatro. Cada vez me interesa más pensar al espectador como otro artista que trabaja conmigo.
–¿Cómo trabajaría el público con vos?
–Por un rato quiero que el público sienta –aunque no lo sepa nunca– que es alguien que puede componer conmigo. No es que yo tengo una composición que ya está cerrada, que he entendido algo, que soy especial y que tengo algo para contarle a la gente. En realidad, no hay ninguna especialidad, soy artista porque trabajo de hacer arte y por un rato la invitación es que el espectador también trabaje como artista. Ahí lo que pretendo que ocurra es una participación mucho más activa por parte del público.
–¿Qué trabajo pensás que hay que hacer con el actor para alejarlo de la actuación ilustrativa?
–Me interesa armar una especie de sistema de afectación, en el que si un actor se deja afectar por lo que ese personaje le produce y no lo juzga moralmente, le puede proponer al espectador otra lectura. Hoy por hoy, parte de lo que celebro de encontrarme con un grupo humano a hacer teatro es tratar de desalienarnos, en términos de nuestra sensibilidad. Me ocupa más que el análisis de un texto, desbloquear las zonas anestesiadas. La tarea del director me exige más desanestesiar los cuerpos y evitar todo lo que es juzgar y racionalizar, que son tareas tranquilizadoras a las que el actor no quiere ir y yo tampoco, pero a las que estamos compulsados a ir culturalmente. No hay ningún actor que diga: "Yo quiero hacer este espectáculo desde mi mayor nivel de insensibilidad." Nadie lo va a decir, todos creemos que lo que se nos pone en juego es desalienar esos lugares de la propia piel, porque son lugares que están básicamente en la piel y al momento de tocarnos los unos con los otros en el ensayo, aunque sea metafóricamente. En ese momento, nos asisten unos miedos que son los que impiden que el teatro proponga algún tipo de alternativa. Cuando esos miedos se disuelven, nos animamos a estar desde otro lugar. En primer lugar, nos animamos a estar, lo cual ya es un montón. Y después de estar, nos damos cuenta de que eso ya propone una alternativa.
–¿La alienación es cada vez más fuerte?
–Siempre bromeo con la idea de que haría un Hamlet que diga "estar o no estar, esa es la cuestión", haciendo un mejor uso de las ventajas que nos da el español, que es la única lengua que marca claramente, sin la necesidad de un contexto, cuando hablamos de estar o de ser. Ya me parece que es obsoleta una preocupación por el ser y que es urgente una ocupación por el estar.
–Si en el teatro del siglo XIX tuvo un lugar central el autor, en el XX los directores (desde Stanislavsky a Peter Brook), ¿a quién le pertenece el siglo XXI?
–Me gustaría responder del "entre", pero aún no sucede. Como artista del siglo XXI aspiro a una autoría del "entre", es decir, que se armen colectivos de composición. "Entre" son todas las partes que se necesiten para componer un espectáculo, y esto incluye al público. Ya entendimos que puede haber obra sin autor, en términos canónicos, entonces, ¿ahora qué? ¿Si el autor tiene menos poder y tenemos más poder los directores? No habría que crear un nuevo centro. Si por combatir una posición, genero una posición con el signo contrario pero de igual fuerza de imposición, estamos en un problema. La obra es una situación de sensibilidad que empieza a circular en el encuentro del público con ese otro colectivo que estuvo durante unos meses preparando algo. Incluyo a todos. En algún momento, la historia consagraba la capacidad de explicar el estar en el mundo a Dios, de Dios pasó a la racionalidad, luego se disolvió lo racional y se potenció la subjetividad de la mano de Freud, Nietzsche y Marx. Es momento de quedar un poco más parias, aceptar cierto desamparo en el que podremos encontrarnos. <



Sin entradas hasta 2016
Mi hijo solo camina un poco más lento es la mentada obra del año que dirige Cacace y que escribió Ivor Martinić. En la historia, Branco padece una enfermedad en la que día a día va perdiendo movilidad. A partir de su problema, se plantea cómo se inscribe esta situación en lo familiar, qué puede hacer él y los que lo rodean. Actúan en la obra: Aldo Alessandrini, Antonio Bax, Luis Blanco, Elsa Bloise, Paula Fernández Mbarak, Pilar Boyle, Clarisa Korovsky, Romina Padoan, Juan Andrés Romanazzi, Gonzalo San Millan y Juan Tupac Soler. La obra, que tiene las localidades agotadas hasta el 2016, se presenta los sábados a las 14 y 16:30 hs y los domingos a las 11:30 y 14 hs. En Apacheta Sala Estudio: Pasco 623. Entradas: $ 120.



Cómo actuar sin juzgar
En La crueldad de los animales Cacace se ocupó en indagar junto con los actores cuáles eran las conductas que habilitaban las acciones. Lo explica: "En la obra hay una escena central en la que dos personajes intentan corromper a otro. Eso es una lectura muy clara. Basta tener el secundario hecho para entenderlo. Lo que me interesa es que el espectador descubra cuál es el comportamiento que lo habilita a habitar esa conducta. Si el actor juzga ese comportamiento, lo que va a hacer inmediatamente es explicárselo al público y queda tomado por un principio moral. Así aparecen los lugares estereotipados de cuentos para niños de buenos y malos. Lo interesante era cómo llegar a conductas sin juzgarlas. La potencia política de la obra no radica tanto en lo que se dice, sino en lo que el público tuvo la capacidad de componer en base a presenciar esos comportamientos."
Actúan en esta pieza: Héctor Bordoni, Ana María Castel, Fernando Contigiani García, Gaby Ferrero, Esteban Kukuriczka, Sabrina Marcantonio, Iván Moschner, Denisse Van der Ploeg, Nacho Vavassori y Sebastián Villacorta. La obra se presenta los viernes y sábados a las 19 y los domingos a las 18:30. En el Teatro Nacional Cervantes: Av Córdoba 1155. Entradas: $ 75.

Fuente: Tiempo Argentino