miércoles, 22 de julio de 2015

Marcelo Mangone: La amante de Bertolt B.


La palabra y el cuerpo

El autor habla de las referencias a un texto del francés Jacques-Pierre Amette, pero también del modo en que los actores pusieron el cuerpo para terminar de darle forma.

“Me gusta esconder para que otro descubra”, dice el director Marcelo Mangone, autor de La amante de Bertolt B., obra que retoma el asunto de la novela del francés Jacques-Pierre Amette La amante de Brecht, sin constituirse en versión teatralizada, a pesar de sus citas a este material narrativo. Lo que se cuenta es sólo uno de los hilos de la intriga que se retrotrae al Berlín de posguerra, cuando en 1948 el director alemán fue espiado por una actriz a pedido de los servicios de Inteligencia de la RDA. Es que el éxito obtenido por Brecht en el exterior, especialmente en EE.UU., lo volvía sospechoso, tras 15 años de exilio. Reestrenada en Andamio 90 (Paraná 660, viernes a las 20.30), la obra describe, según define Mangone a Página/12, una cadena de desencuentros amorosos que involucra a un funcionario, una actriz obligada a servir de espía, una violinista y el propio Brecht, ya fallecido. La obra se fue escribiendo en los ensayos: “Siempre me interesó la palabra escrita desde el cuerpo del actor, a partir de un proceso de creación”, dice.

Formado en la dirección con Luis Agustoni y Rubén Szuchmacher, Mangone cree en los beneficios de una formación ecléctica: “Hacen falta distintas miradas para llegar a la propia”. Fiebre amarilla (una tertulia urbana) se llamó la segunda obra que escribió para montar “un espectáculo referido al macrismo”, según define, irónicamente estrenado en un centro cultural de la Ciudad, el Adán Buenosayres. La idea de La amante... vino tras dirigir Manifiesto vs. Manifiesto, obra de Susana Torres Molina centrada en el accionismo vienés, sobre la necesidad de experimentar el cuerpo como ritual. “Pensé que podría animarme a escribir una obra desde el cuerpo de los actores, una obra que nacería para su puesta”, relata.

–¿En qué sentido relaciona palabra y cuerpo?

–Se habla mucho la palabra en acción. Yo me refiero a las enseñanzas de Meyerhold, de abordar el compromiso de la palabra como si estuviese bordada en la trama del movimiento. Es decir, cuando la palabra se vuelve acción vehiculizada por un cuerpo sensible.

–¿Cómo fueron los ensayos?

–Comenzamos a trabajar Andrea Juliá y Mario Petrosini en base a un punto: queríamos hablar sobre la inevitabilidad del sentimiento sincero, de ciertas formas de amor. Luego se sumó Verónica D’Amore, la violinista.

–¿Y cuándo apareció la novela de Amette?

–La llevé a los ensayos donde comenzamos a jugar con el texto. Finalmente la obra sucede horas después de morir Brecht en una escena que luego se ve en forma fragmentada. Todo pasa en un cabaret destruido, en referencia a la guerra. Aparte del negocio que implica, la guerra es la puesta en escena del odio entre los hombres.

–¿Solamente habla del amor inevitable?

–No, también hay subtemas como la verdad y la ficción, la actuación y el encubrimiento. Y el teatro, cuando tiene que dar cuenta a un orden estatal que lo sostiene. El artista tiene una causa que le es propia, más allá de su pensamiento político. Y aunque este Estado es acusado por muchos de aleccionador, en mi caso no siento que esté dando cuenta de nada. Me siento libre de hacer lo que quiero.

–¿Cree que el arte debe aleccionar, como creía Brecht?

–Para mí el arte es la expresión de una armonía, es la música de la vida. Por eso creo que es difícil reemplazarlo. En ese sentido es aleccionador, porque nos emociona, nos acerca a lo espiritual.

–¿Para quiénes hace teatro?

–Me gustaría que viniera gente que no va al teatro. Mi espectador ideal es abierto e inocente, viene a ser sensibilizado por lo que ve y acepta ser interpelado.

Fuente: Página/12