viernes, 24 de julio de 2015

Carlos Perciavalle: Manuelita, la tortuga de Pehuajó


"Es una injusticia: hago lo que quiero, me divierto y me pagan"

El actor entretiene a los más pequeños en el espectáculo Manuelita, construido en base a canciones de María Elena Walsh. Dice que le hubiera gustado ser un actor dramático, pero que siempre privilegió el gusto del público, "el otro protagonista" de las obras.

Sus monerías la conquistaron. Buscaba a Agapito, Agapito el chimpancé. Y entre los alumnos del conservatorio, María Elena lo eligió a él. "Era 1961, ya habían estrenado en el San Martín el espectáculo Canciones para mirar, el mismo que iban a presentar en el Festival Infantil de Necochea y como Alberto Fernández de Rosa no podía ir por su contrato con Canal Trece, vinieron al Conservatorio a hacer un casting", el anecdotario de Carlos Perciavalle se dispara a ritmo apresurado, colmado de detalles. El entusiasmo de sus memorias convierte cada oración de su narración en una aventura llena de personajes y vericuetos.
"¿Tenés dos enciclopedias?", lanza entre risas su advertencia sobre el volumen de Universo María Elena Walsh que tiene en su haber. Sentado en una mesa redonda, en un café de Palermo, pide un té verde, consulta con qué puede acompañarlo, repregunta por un cheese cake al que inicialmente se resiste, se reacomoda en su silla y se traslada una vez más al escenario: "Estrenamos en Necochea y fue un éxito enorme. Laura Saniez me había enseñado lo que tenía que hacer. Después de la función llegó un empresario -que siempre tienen cara de mafiosos- y nos dejó una bolsa de dinero impresionante. Entonces María Elena lo dividió en cuatro partes iguales. Fue la primera lección de humildad y de responsabilidad que tuve en mi vida."
Empezó como mono y ahora es coiffeur. En Manuelita, la tortuga de Pehuajó (Ver recuadro) es Planchú, el que la plancha del derecho y del revés. "María Elena siempre fue muy creativa. Con este espectáculo es como que cierra un ciclo que duró muchos años. Imaginate que llegamos a hacer un show con las canciones de ella en Broadway junto a China (Zorrilla) durante dos años… Todo fue maravilloso."
–Volviendo al presente. Vacaciones de invierno 2015, Buenos Aires,  ¿cómo es tu Planchú?
–Muy cómico, muy divertido. Y los chicos participan mucho. El público es el otro personaje y a mí me dijeron que haga un gancho cuando está en Pehuajó. Sé las canciones de María Elena y te las puedo cantar de punta a punta, ¡a todas! La única que no sé es Perro Bachicha y me la pidieron. Me puse tan nervioso que no pude hacer el ensayo general y sentí que me moría.
–¿Tantos años de carrera y aún aparecen nervios tan potentes?
–Siempre me pongo nervioso. China me dijo: "El día que no te pongas nervioso, dejá el teatro". Me tomaron la presión y tenía 20. Me llevaron al Pasteur, me hicieron electrocardiograma. No tenía nada. Eran nervios. A pesar de la edad que tengo y que son chicos divinos; yo quería hacerlo perfecto y no equivocarme en nada. Pero ya está, hacemos un espectáculo divino, los chicos se ríen, participan mucho.
Cuando llega su té verde, dice: "¿Sabés qué? Lo pensé mejor. Sí, tráeme una porción de cheesecake". Deja reposar en la tetera, se sirve en una taza pequeña y luego del primer sorbo, da permiso con una mirada a seguir el reportaje.
–¿Por qué definiste a los empresarios teatrales como mafiosos?
–Será porque me contagié de Woody Allen. Yo digo que tienen algo… Nunca hubo un caballero más caballero que Clemente Lococo. Nada de mafioso. Ahora van quedando pocos.
–A lo largo de tantos años, en el desarrollo de tu carrera, ¿qué cediste ideológica o artísticamente?
–Nunca hice nada que no me gustara. Yo digo que es una injusticia porque encima que hago lo que quiero, me divierto y me pagan. ¡Es una injusticia social! Y es algo que hay que reverlo. Es una suerte haber tenido una carrera tan larga y con tantos años.
–¿Hay alguna escena de tu vida que te gusta recordar?
–Yo creo que el mejor momento siempre está por venir. Todo lo que hice me encantó. Estoy seguro de que lo próximo es lo mejor. El pasado está muerto. Lo tengo en el corazón pero no quiero volver a vivir. ¡Ya fue! Tengo muchas cosas divinas para hacer.
–¿Seguís viviendo en Laguna del Sauce, Uruguay?
–Sí.
–¿Ese es tu lugar en el mundo?
–No. Mi lugar en el mundo es estar acá con el cheesecake y el té verde, hablando con vos. El lugar en el mundo es el lugar donde uno está en ese momento. Soy existencialista hasta en eso. Cuando estoy en Buenos Aires adoro hacer teatro y me encanta. Si tengo que viajar a Puerto Rico o a Chile me encanta también. Trabajé en París. Hice muchas cosas. Y a todas las disfruté.
–¿Reconocés algún aspecto de tu personalidad, los aspectos ásperos, que tu profesión te ayudó a convertir en otra cosa?
–¡Que difícil! Curiosamente no soy tan ego maníaco. No me critico mucho, ni me ensalzo mucho. Una de las cosas que me enseñaron mis padres, a mí y a mis seis hermanos, es que en la vida se tiene que ser feliz. Y yo he sido feliz toda mi vida. Si alguna vez hice algo malo no lo hice a conciencia. Y si lo hice, pediría perdón a quien fuera. Nosotros habíamos inventado un estilo de hablar mal de los compañeros del teatro con Antonio (Gasalla). Hablábamos mal de Chiquita, que la adoro.  Por ahí se ofendía y yo no tenía ninguna vergüenza en pedirle perdón. Me hubiera gustado ser un actor dramático pero nunca tuve la oportunidad. Mi actor favorito era Alfredo Alcón.
–¿Por qué no tuviste la oportunidad?
–Aprendí a hacer no tanto lo que a uno le gusta sino lo que al público le gusta. Si uno hace lo que a uno le gusta nada más se olvida del otro protagonista que es el público. Si hacés lo que le gusta al público te estás olvidando de vos. Entonces hay que combinar las dos cosas.
–Tus padres les enseñaron a tus hermanos y a vos a ser felices ¿Se puede enseñar a ser feliz?
–La felicidad es un sentimiento. Hay que agradecer estar vivo, si llueve, el sol, el respirar cada vez como si fuera la última vez. Disfrutar la existencia en su totalidad.
–¿Viviste y vivís así?
–Sí.
–¿Eso significa que no tuviste momentos de no felicidad?
–No, no tuve momentos de no felicidad. Ni siquiera la muerte de gente muy cercana. Yo sé que la muerte no es el final sino el comienzo de una nueva etapa. Y estoy seguro que mejor que ésta.
–¿No conocés lo que es la angustia?
–El otro día cuando no me salía la letra de la canción…. No es una angustia muy seria, pero yo iba en ambulancia al Ramos Mejía y me reía interiormente pensando: "¿Me estaré muriendo? ¿Esto será la muerte?" Y después vino una médica boliviana muy simpática que me cuidó mucho. Nunca he fumado, ni tomado alcohol.
–Nunca tomaste alcohol, nunca fumaste, estuviste en Broadway cuando comenzaba Vietnam, tampoco nada de drogas. ¡No sos de este planeta!
–Es que nunca fumé y siempre me cuidé las cuerdas vocales. ¿Te acordás cuando nos hacían las tortas con dulce de leche y ron? No puedo tolerar el alcohol. Una vez en un bungalow suizo me habían regalado una botella de anís y lo tomé. (levanta su mano hasta su boca y sacude su cabeza hacia atrás). Acto seguido sentí que me moría.
–¿Drogas tampoco?
–No. Yo siempre me quise cuidar mucho. No juzgo. Al que le parece que lo haga. No me llama la atención. Juzgo al semejante únicamente arriba del escenario para causar gracia. Pero en general trato de elegir gente amiga. Aprovechar alguien que no sea amigo tuyo para reírte es una bajeza. Siempre elegí gente amiga que entiende y que se divierte. Puede ser, quizá soy un extraterrestre. <


La tortuga más famosa
Manuelita, la tortuga de Pehuajó es una versión escrita por Marise Monteiro, reconocida por haber llevado a escena a Aladino, El Principito, Pinocho y Peter Pan, entre muchos éxitos más. La obra recorre la historia de Manuelita a través de canciones de María Elena Walsh, entre las que se encuentran "La Reina Batata", "La Vaca de Humahuaca", "El Sapo Fierro" y "La Chacarera de los Gatos", entre otras.
Funciones: hasta el 1 de agosto, a las 15:30 en el Teatro Premier (Corrientes 1565). Las entradas van desde $ 150 hasta $ 270. Los abuelos y abuelas que vayan con sus nietos, son invitados.


Todos los caminos conducen a China
El tema es María Elena Walsh, y China Zorrilla aparece. El tema es su debut como invitado en un show infantil y China aparece. El relato lo lleva a su primer encanto con el teatro, y China aparece nuevamente.
–¿Todos los caminos conducen a China Zorrilla? ¿En todo momento de tu vida, ella estuvo presente?
–Sí. China no sólo me ha ayudado en los monólogos y en las traducciones de las canciones. China traducía maravillosamente bien las canciones de La Jaula, Cabaret y La mujer del año. Además, de todo fue una compañera de vida desde que la conocí. Yo tenía once años, estaba en el colegio secundario y nos llevaron al teatro. Lo primero que ví en teatro fue Don Gil de las calzas verdes. Y China entraba por la platea caminando con Walter Vidarte. Yo era un chiquilín. China también era muy jovencita. Después de la función fui al camarín, la saludé y fue un flechazo. A partir de ese momento nos hicimos íntimos amigos.
–¡Lo primero que viste en teatro fue a China actuando!
–Sí. Haciendo Don Gil. Estaba fantástica. Al final estuvimos siempre juntos. Yo escribí un libro Las mujeres de mi vida. No es un libro de chimentos, ni de contar cosas prohibidas. Es un libro de amor y es como un homenaje a todas ellas. Y en todas las páginas está la China.

Fuente: Tiempo Argentino

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