sábado, 16 de mayo de 2015

Amarás la noche


Madre e hija, unidas en la noche

Dos mujeres en la intimidad de la noche. Dos mujeres en el agobio de ese vínculo tan primario como excesivo: una madre y una hija. Solas, en la noche y en el mundo. Un padre que murió y que es mejor no recordar. Un pasado que aparece, que llama, que atormenta, que no deja dormir. No porque sea trágico, sí, en cambio, porque es denso, porque entraña secretos. Porque trae consigo infinidades de imágenes, de recuerdos, de muertos...

Con un texto brillante y magnífico, de ésos a los que nos tiene acostumbrados Santiago Loza un dramaturgo que crece y crece-, nos sumergimos en el universo de una madre y una hija que no son tan chicas y, en cambio, siguen unidas por un cordón ya simbólico, pero igual de poderoso. Comparten la casa y todavía la cama, y la madre recuerda y añora cuando se despertaba por la mañana con su hija prendida de sus senos. La intimidad pura, lo salvaje. La hija, en cambio, quiere crecer o sabe por lo menos qué es lo que debería suceder.

Hace tiempo ya que Loza se interesó por esos mundos privados atormentados. Por esos vínculos que de tan intensos se vuelven enfermos. Fiel a su dramaturgia, suma a las historias componentes que tienen que ver con lo sagrado, lo religioso, la fe, lo pagano. De alguna forma, sus personajes se amparan en ese universo de creencias para entenderse y para conseguir, por fin, esa identidad que les falta.

Una madre que prefiere callar y negar para dormir, pero, aunque lo intente, los muertos, dice ella, insisten; una hija, en cambio, que busca la verdad, que la quiere gritar, que no quiere callar más justamente para poder dormir. En la inmensidad de la noche, estos paradigmas se pelean, se debaten hasta que la virgen, Dios, el rezo, la fe, les devuelven la paz y así, por fin, duermen.

La escenografía se reduce a dos sillas y algunos objetos que irán usando las actrices para entretenerse, para pensar en otra cosa o por lo menos para esperar que el sueño llegue. La música juega un gran papel; oficia como el único contacto que ambas mujeres tienen con el exterior. Casi como por arte de magia, a cada rato llega una dulce melodía que las conmueve y las enfrenta con la profunda soledad en la que se encuentran inmersas. Las actuaciones son correctas, aunque tal vez este texto exija más por sus infinitos matices.

Fuente: La Nación

Sala: Camarín de las Musas (Mario Bravo 960) / Funciones: domingos, a las 18