martes, 1 de julio de 2014

Sergio Arroyo: Aquel mar es mi mar


Palabras que son como cuerpos

La obra de la actriz, directora y coreógrafa chilena Verónica Oddó, compañera de Juan Carlos Gené, fue estrenada en 1998. Arroyo se formó con ellos y así conoció la pieza, basada en dramaturgia, poesías, conferencias, ensayos y cartas de Federico García Lorca.

En determinadas etapas de la vida no se puede recurrir a cualquier texto o poema ni a cualquier autor. Si el material pertenece al pasado y se pretende recrearlo en el presente, una traslación posible es tomar elementos de los revolucionarios de la escena y otra, arriesgarse con lo propio, como en Aquel mar es mi mar, dramaturgia de la actriz, directora y docente chilena Verónica Oddó. Basada en piezas de teatro, poesías, conferencias, ensayos y cartas de Federico García Lorca, la pieza fue estrenada por Oddó –junto al actor, dramaturgo, director y maestro Juan Carlos Gené– en 1998, en la sala del Celcit. Este trabajo, cuyo título proviene de una de las cartas de García Lorca, es retomado hoy por el actor y director Sergio Arroyo, en El Opalo, de Junín 380 (sábados a las 21). Profesor en el Instituto Universitario Nacional de las Artes, Arroyo entiende que la variedad de recursos expresivos que aporta la educación teatral permite un mejor desarrollo del conocimiento y de la sensibilidad. Y más aún cuando el material que se utiliza pertenece a un autor que supo tensar realidad y mito e imaginería de vanguardia.

Arroyo fue alumno de Gené y Oddó y ha participado en espectáculos de diferente género, en musicales que lo atraen por su contenido y “el sentido de lo vincular, lo prohibido y represivo”, como Hello, Dolly!, protagonizada por Nati Mistral y dirigida por Constantino Juri; Hermanos de sangre, donde actuó junto a Gustavo Garzón y Tina Serrano; y El beso de la mujer araña, protagonizada por Valeria Lynch. Integró, entre otras piezas, el elenco de Mein Kampf (farsa de George Tabori que dirigió Jorge Lavelli), interpretando a un alemán; dirigió Nunca lejos de ella, sobre un texto de la narradora canadiense Alice Ann Munro; Palabras donde mueren palabras, de la que es autor; y ha comenzado los ensayos de Amor clandestino, pieza del médico psicoanalista y psicodramatista Mario Buchbinder, a la que Arroyo califica en esta entrevista de “amor de puertas adentro”.

–Cuando se estrenó Aquel mar..., tanto Oddó como Gené dijeron que la intención había sido “incorporar lo que está en el inconsciente en este momento”. La aclaración se debía al parentesco con Yo tenía un mar, que presentaron en 1994, en el Teatro San Martín. ¿Introdujo cambios en este estreno?

–No. Es el mismo texto que me dio Verónica. Pude ver el espectáculo de 1994 y después estudié con ellos. Me formé en varios lugares, en la Escuela Municipal de Arte Dramático, en los talleres del Teatro San Martín, en Estados Unidos, con Ann Reinking y Robert Tucker, entre otros, y trabajé como docente e investigador en Barcelona. A partir de 1998, me puse en contacto con la poética de Juan y Verónica y con esta pieza fascinante. Pude ver cómo iban conformando una dramaturgia con esos hombres y mujeres de Lorca y las situaciones y vínculos que ellos habían experimentado en sus vidas. Juan poseía un gran talento y un temperamento temible. Pero aquellos que logramos atravesar el umbral del temor, sentimos cuánto afecto había en él. Era como derribar paredes. Me he formado y trabajado con otros directores, también importantes, pero lo mejor que he hecho fue bajo su guía.

–¿Qué teatro prefiere?

–El más existencial y psicologista, el que me permita ingresar en el mundo del otro, del desconocido al que debo ponerle presencia para que haya un trabajo de ida y vuelta y una construcción desde las diferencias.

–¿Entra allí la valoración de la palabra? Uno de sus títulos es Palabras donde mueren palabras.

–Desarrollé ese texto relacionándolo con lo femenino. La construcción parte de historias y vivencias reales y nació junto al trabajo de las intérpretes: tres actrices, una cantante y una pianista. Los elementos esenciales son la muerte, la sexualidad, el amor y el desarraigo.

–¿Aquel mar... posee esa impronta?

–Lorca supo transmitir como pocos la intensidad de las emociones femeninas. Otros mostraron grandes personajes, como William Shakespeare y Henrik Ibsen, pero diferentes. Las palabras de Lorca son como los cuerpos: se los ve, se muestran y no mienten. Lorca era directo al momento de comunicar sus conocimientos literarios y poéticos y al defender los derechos de los hombres y de las mujeres. Por eso sus dibujos y pinturas, su música y sus canciones tienen contenido. El viaje que emprenden los personajes de Aquel mar... es el de una mujer y un hombre llevados por una corriente interior profunda y apasionada que atraviesa zonas de encuentros y desencuentros, de logros y frustraciones, hasta llegar al momento del recuerdo.

–Y desembocar en una vieja historia...

–Tomada desde un presente que es un final, donde los personajes pueden decir que ese pasado está inhabitado porque todavía es posible seguir indagando.

–Como en las grandes historias inconclusas.

–Esa es una manera de contar de Juan y Verónica. Ellos se sirvieron del material de Lorca y le dieron su identidad al relato. En otra pieza, El sueño y la vigilia (2000), también se mencionaba un final y había una conexión con el recuerdo y el mundo más onírico, como si el sueño pudiera ser leído y recordado. Hay algo sumamente poético en Aquel mar... y es la continuidad dramática. La que nos da este presente sabiendo que en otro momento también será presente. Lo que hoy estamos recordando en esta charla no es nuestro actual presente, pero en nuestro relato pasa a tener un presente. Esta obra habla de esto, por eso imaginé un cuentito al comenzar el trabajo. Pensé en dos maderas que se encuentran flotando en el mar y son arrastradas hasta llegar a una orilla. En tierra se reconstruyen sin perder su esencia y su nobleza. Decimos “la nobleza de la madera” o calificamos a alguien como de “buena madera”. El sentido de este espectáculo es acompañar. Ese hombre y esa mujer se acompañan y si nosotros acompañamos, llegaremos, inevitablemente, a buen puerto. Lo interesante es rescatar lo que uno tiene para desarrollar y no quedarse estancado en el odio o el resentimiento. El que se regodea en zonas de poder acaba autodestruyéndose. Los que nos dedicamos a las artes tenemos el compromiso de darle el mejor sentido a la palabra.

–¿Bastardeada?

–Por algunos, pero no por los que buscan el bien común. La actividad teatral es increíble y es buen momento para sembrar. En mi trabajo como docente compruebo cuántos son los alumnos que sienten y demuestran responsabilidad por saber. Esto nos anima. Claro que están los otros, los de “corto y pego”, porque hoy la tecnología facilita la información, aunque información no sea sinónimo de conocimiento. De todas formas, es un servicio, interesante, porque permite aprender de lo hecho por otras generaciones. Lo importante es que quienes la utilizan encuentren, lo mismo que el espectador en el teatro, un espacio de diferencia, donde puedan recibir y dar opinión.

Fuente: Página/12

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