viernes, 4 de julio de 2014

Macbeth

Macbeth, o el matrimonio M en el poder

"¡Qué actual es todo esto!", comentó una espectadora hace un par de semanas, al término de una función del Macbeth que dirige Carlos Rivas en El Cultural San Martín. Siempre es bueno volver a los textos limpios de Shakespeare. Y no es necesario recurrir a actualizaciones dudosas (ambientar Otelo en un barrio privado donde las mujeres sufren violencia de género, por ejemplo, o caracterizar a Shylock como el enviado de un fondo buitre) para demostrar su vigencia.

En la versión de Rivas lo fundamental permanece intacto. Ambición desmesurada, traición, crimen, mentira, hipocresía y paranoia siguen siendo los temas de la obra; y en ese territorio los Macbeth construyen su propio infierno. Aunque apartado de la línea directa de sucesión, el matrimonio reunía condiciones genuinas para gobernar (él era un héroe de guerra y ella, su legítima esposa). Pero, envalentonados por los vaticinios de las brujas, tomaron un atajo al margen de toda ley. ¿Qué hubiera pasado si, en lugar de saludar a Macbeth con el título de rey que ostentaría en el futuro inmediato, las Hermanas Fatales hubieran retrocedido horrorizadas ante su visión y le hubieran advertido que en los próximos meses desmerecería el honor con el que lo reconocía su pueblo, cometería el más aberrante de los crímenes políticos y se asociaría a delincuentes comunes, que actuarían por orden suya, para encubrir sus delitos y retener la corona? Dos momentos de sensatez (no de escrúpulos éticos) muestra Macbeth: cuando se dice a sí mismo que si la suerte quiere hacerlo rey, que lo haga sin su ayuda, y horas antes de asesinar a Duncan, cuando decide desistir y dedicarse a disfrutar "la áurea fama" que acaba de recibir, en vez de malograrla tan pronto. Por desgracia para él y para el pueblo de Escocia, su mujer, tan inescrupulosa como el propio Macbeth, pero además colérica, terca y por completo indiferente a los beneficios de la prudencia, insiste en avanzar hacia el abismo, con las consecuencias conocidas.

Auden afirmaba que, según Shakespeare, el gobernante ideal debía cumplir cinco condiciones: saber qué es justo y qué es injusto; ser justo; tener la fuerza para obligar a ser justos a quienes preferirían ser injustos; conquistar la lealtad de todos. El quinto requisito, sin embargo, habilita la posibilidad de que los cuatro anteriores queden anulados. Dice Auden: "Debe ser el gobernante legítimo según el parámetro -sea cual fuere- que determine la legitimidad dentro de la sociedad a la cual pertenece". Los Macbeth se mantuvieron en el poder bajo una apariencia de legitimidad mientras lograron que sus crímenes permanecieran ocultos. Para eso hicieron de la mentira y el amedrentamiento políticas de Estado.

En una de las pocas licencias que se tomó en su puesta, Rivas hace que un personaje menor diga dos veces la última línea de su parlamento. Así, el viejo sabio, observador y comentarista de las calamidades de la hora, saluda a su nieto: "La bendición de Dios con vos y con los que quieren hacer bien del mal y amigos de los enemigos". Sobre el final del segundo acto, el director espera que esta frase encuentre eco en la platea.

Fuente: ADN Cultura

No hay comentarios: