sábado, 19 de julio de 2014

Macbeth, el sueño de las brujas


Un Shakespeare apto para toda ocasión

La versión que realiza la compañía El Fulgor, dirigida por Carlos Rivas, se permite licencias que acercan el texto clásico a lenguajes y situaciones actuales. Pero eso no impide que conserve el aire de incomodidad que caracteriza al original.

El semiólogo Oscar Steimberg dice, en su Semiótica de los medios masivos, que toda trasposición de un texto a otro de otro soporte oscila entre “una perspectiva lúcida” y una “mirada distraída”. Para el teórico, la primera se da cuando se instalan los signos de una reflexión sobre el texto fuente o sobre algunos de sus componentes o niveles, mientras que la segunda sucede cuando los desvíos que se hacen del original “no construyen una recomposición homogénea de alguno de sus niveles”. Esta distinción que el escritor argentino desarrolló en 1993 resulta de suma utilidad para pensar cómo se encara hoy el teatro de Shakespeare, siempre y cuando se esté dispuesto a considerar provisoriamente, al menos para este análisis, a la puesta teatral como una trasposición del texto dramático (pese a su potencialidad escénica). Y sirve, especialmente, para pensar el caso de la compañía El Fulgor, dirigida por Carlos Rivas, que actualmente se encuentra presentando Macbeth, el sueño de las brujas en el Centro Cultural San Martín.

La compañía de Rivas es una de las que más fuertemente investiga sobre el lenguaje shakesperiano y sus posibilidades. En 2010 realizó una memorable versión de Hamlet, que ganó el ACE a la mejor obra del off y se tituló Hamlet, la metamorfosis porque, según dijo el director a este diario, el énfasis de la obra estaba puesto “en la presión del afuera, en cómo uno debe cumplir con mandatos y pagar culpas de otros” y en la forma en que “uno va teniendo que traicionar su propia naturaleza para luchar en la vida planteada como una guerra”. En ese espectáculo, el papel de Hamlet lo hizo Gabriela Toscano (esposa de Rivas), decisión que iba de la mano con la idea de que existe una esencia humana. Lo mismo sucede en Macbeth, el sueño de las brujas (versión de Macbeth, claro), donde la actriz tiene el papel principal, mientras que Vanesa González hace de su mujer, Lady Macbeth (en Love, Love, Love, también dirigida por Rivas, habían hecho de madre e hija).

Además de esa primera gran ruptura, que Rivas parece tomar como una más (él mismo aseguró en entrevistas que no le interesó si Macbeth era hombre o mujer sino que trabajó simplemente desde los caracteres y desde los vínculos), esta puesta que se ve de viernes a domingos presenta otras: incluye música, vestuarios modernos –los personajes usan zapatillas debajo de las túnicas, por ejemplo–, alguna que otra dosis de humor y sobre todo algunos agregados textuales argentinizados, que probablemente busquen “actualizar” o “acercar” esta tragedia escrita a principios del 1600 al momento presente, para que sea resonante para los espectadores de este tiempo. En ese sentido, y siguiendo a Steimberg, se podría hablar de la de Rivas como “una perspectiva lúcida”.

Pero hay un problema: Macbeth es y seguirá siendo, siempre, una tragedia escrita a principios del 1600. Y entonces una versión puede durar dos horas, como ésta, en vez de cuatro, y que los personajes digan “culo” y el público se ría, pero siempre habrá un “algo” en el ritmo de la obra que incomode, que resulte ajeno, lejano, opuesto. No porque Shakespeare hable en ella del poder y no haya vivido una guerra mundial ni en el sistema capitalista (aunque esto también es verdad). Hay algo en la estructura misma de la obra, más allá de toda temática, que fue concebida para otro público, más bien para otro sujeto (si es que acaso ese término tiene sentido para la época del autor inglés), con otros tiempos, otras formas, otras concepciones –estéticas y por ende ideológicas– irreconciliables con las del hombre de hoy. Es algo intrínseco a ella, un “ritmo interno”, si se quiere, sobre el cual es difícil teorizar, pero que es fácil de reconocer en una puesta.

Y entonces, de nuevo, hasta la más “actual” de las puestas sobre Shakespeare –hasta una que recree a Otelo en lenguaje clown o que haga una versión lésbica de Romeo y Julieta– estará reproduciendo esa lógica (por algo se les dice clásicos a los clásicos...). Y entonces, si bien lo de “mirada distraída” suena un poco fuerte para describir los valiosos esfuerzos e investigaciones (como este gran trabajo de Rivas y elenco) que miles de compañías en todo el mundo realizan sobre obras de Shakespeare, por lo menos es necesario entender y aceptar esa distancia. Que no va a dejar de existir (y que en todo caso está bien que exista) y que de ninguna manera significa que una versión sea inútil, sino todo lo contrario, porque sirve para pensar.

Fuente: Página/12

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