miércoles, 2 de abril de 2014

Natacha Delgado: Cambio y fuera

“La obra se permite reír de los fantasmas”

Mucho tiempo buscó Natacha Delgado una obra para poner en escena. Profesora de teatro, además de actriz y directora, hacía más de diez años que venía montando muestras de taller con sus alumnos de Andamio 90, escuela donde también se formó, pero andaba con ganas de dirigir actores. La pieza que eligió –y que también se exhibe en ese teatro– resultó ser Cambio y fuera, que tiene en común con ella su interés por la psicología. Escrita por el dramaturgo y cineasta Roberto Maiocco (ésta es su primera obra llevada a escena), la obra indaga sobre cómo son el amor, el sexo y la confianza de pareja cuando en los sujetos hay una pérdida del deseo. “Me gustó que, más allá de la historia de los personajes, la obra hablara sobre una idea concreta, que es la del deseo como ese motor que nos lleva a funcionar en la vida, a de-sarrollarnos como sujetos. Y me gustó por sobre todo que fuera con humor”, cuenta Delgado a Página/12. La obra puede verse los viernes a las 20.30 en el teatro ubicado en Paraná 660.

Protagonizada por Carlos Bisagniano, Pablo Schapira, Jéssica Becker, Gustavo Reverdito y Gabriel Jacubowicz y con música en vivo de Nahuel Bailo, la obra se centra en un prestigioso psicoanalista de unos 50 años que hace tiempo atraviesa una silenciosa crisis de pareja. Con su esposa no se habla del tema, pero hace meses no tienen sexo y entre ellos hay cada vez una mayor distancia. Cuando un paciente le confiesa que tiene una amante que casualmente se llama como su mujer, todos los fantasmas que estaban negados en su mente empiezan a salir a la luz y la sospecha de una infidelidad lo acecha por completo. En ese trance, el protagonista hace todo lo contrario de lo que les sugiere a sus pacientes y hasta se somete a una votación por parte de sus amigos que lo declaran cornudo por unanimidad.

Divida en tres espacios (el consultorio del psicólogo, el bar en el que se encuentra con sus amigos y la habitación matrimonial), la puesta posee varias marcas muy personales de la directora, que cuenta que en el proceso no siempre estuvo de acuerdo con el autor. “Busqué que no hubiera una representación mimética, por eso hay muchos procedimientos para lograr que el espectador se distancie, para que por momentos se identifique con los personajes, pero por otros no. Es el caso de la música y las proyecciones. Con esas rupturas busqué descolocar”, asegura.

–Buscó mucho una obra para poner en escena. ¿Qué la hizo decidirse por esta?

–Es que comparto la idea del autor acerca de que el deseo es esa libido que nos lleva a disfrutar de las cosas y avanzar como sujetos. En la obra los personajes al principio tienen el deseo aplastado, no solamente como pareja, sino en su vida en general. Están deprimidos, melancólicos, faltos de ese impulso. Me gusta cómo la obra transita ese viaje hasta la transformación y el despertar del deseo. Y me gusta por sobre todo que sea con humor, que la obra se permita reír de los fantasmas, de las cosas que nos pasan como seres humanos.

–La obra remarca mucho las diferencias entre hombres y mujeres. ¿Las sintió usted también al poner en escena un texto escrito por un hombre?

–Sí. El quería que los personajes fueran más lineales, que no tuvieran tantos matices. Yo los trabajé un poco como caricaturas, con muchos grises. Tampoco estaba muy de acuerdo con la sutileza que le di al paciente, a quien él había escrito como más canchero, ganador, y yo transformé en alguien inhibido. Supongo que eso tiene que ver con la diferencia entre la estructura más obsesiva del hombre y la más histérica, en el sentido clínico del término, que tienen las mujeres. También sentí la diferencia con el actor protagonista. Tenemos dos interpretaciones totalmente diferentes e irreconciliables con respecto a la obra. Yo sostengo que tiene un final feliz. El piensa lo contrario.

–¿Qué le dicen los psicólogos que ven la obra?

–Les interesan los matices y grises que les di a los personajes. También se fijan en el personaje del paciente y en el cambio de posición subjetiva de todos los sujetos. Y además les gustan la escenografía, minimalista y a la vez onírica, de fantasía, y el vestuario, que tiene toda una simbología porque las ropas comienzan siendo de colores claros y, a medida que aumenta el deseo en los personajes, van a apareciendo colores más vivos. Todos esos detalles son de mucho interés para los psicólogos.

Fuente: Página/12

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