martes, 15 de abril de 2014

La edad de oro


Algo de adolescencia eterna

Cuando el fanatismo se vuelve obsesión, acumular objetos preciados que alimenten ese sentimiento parece ser la premisa para mantenerse feliz.

Llega un momento en que ya no importa la cosa en sí misma, sino que a medida que pasa el tiempo al verdadero valor del objeto se lo da su significado, su carga emotiva, los recuerdos intrínsecos que guarda. Por eso, en cuanto vemos a Víctor (Ezequiel Rodríguez) rodeado de sus viejos vinilos, acomodados de forma prolija arriba de unos tablones que descansan sobre caballetes, sabemos que ahí hay una parte de su vida.
Vive en Mar del Plata y está por emprender un negocio con su amigo de la adolescencia, Horacio (Walter Jakob): venta de remeras souvenir  con los símbolos más emblemáticos de la ciudad, como las estatuas de los lobos marinos, el faro y el casino. Lo importante, dicen, es que "prescinden del texto". Pura imagen. Por eso decide vender por "Mercado Simple" toda su colección de discos. Julián (Pablo Sigal) o Meteorito –por su nombre de usuario– es el comprador y la versión actualizada de lo alguna vez fueron Víctor y Horacio, un joven adicto a los vinilos que viene a remplazar y a actualizar a la generación de coleccionistas. Él quiere comprar lo que, en definitiva, a Víctor tanto le cuesta soltar.
Es interesante como Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob en La edad de oro también plantean el encuentro de dos generaciones distintas –entre Julián y los dos amigos hay más de una década de distancia– a través de Internet, más específicamente a partir un sitio web de compra/venta en donde, sabemos, se generan estos tipos de vínculos entre personas aficionadas a algo particular. En este caso melómanos y fanáticos de Peter Hammill, un emblema del rock progresivo de los años setenta. Es ahí, en ese espacio virtual en el que la identidad es un nombre de usuario, en donde muchas veces se encuentran los coleccionistas y apasionados de tantas cosas.
El relato que construyen los autores es simple pero lleno de imágenes y nostalgia. Dos tipos, amigos de toda la vida que, aún en su adultez, ponen un disco de Hammill y no puede evitar improvisar un punteo apasionado en una guitarra imaginaria. Y con esa misma intensidad rememoran anécdotas de cuando fueron a ver a su ídolo. Por otra parte, los personajes de Pablo Sigal y Denise Groesman son la muestra de que las pasiones –y obsesiones– pueden debilitarse pero siempre reencarnan en otros. Ellos, la contracara joven del asunto, vendrían a ser los otros.
Al principio, por lo menos desde las primeras filas, se siente el olor a viejo que parecen desprender los vinilos, o quizás es la idea de que esos objetos inevitablemente huelen a viejo. Pero a medida que pasa el tiempo, el espacio escénico se transforma –lo único que queda inmóvil es un mueble exhibidor a medio armar– y esa atmósfera nostálgica se reconfigura. Aparece la voz de Hammill y, de alguna manera, cuando dice que todavía, a pesar de que ya pasó su edad de oro, puede hacer cosas que lo hacen sentir vivo, envía un mensaje indirecto para los protagonistas que, de a poco, empiezan a despedirse de su eterna adolescencia.  «
 
 
La edad de oro. Dramaturgia y dirección: Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu. Elenco: Ezequiel Rodríguez, Pablo Sigal, Walter Jakob. Sala: El Kafka, Lambaré 866. 

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