lunes, 14 de abril de 2014

Desencajados: filosofía + música


Charly y Fito dialogan con Derrida y Nietzsche

Música y filosofía se cruzan, se miran de reojo, se tocan y se provocan. Una fusión en la que siempre algo sobra.

La filosofía es filosofía y no quiere ser otra cosa. La música es música y tampoco es pretenciosa. Simplemente ambos registros convergen en el escenario y se provocan mutuamente. Se tantean. Se amagan. Así es Desencajados: filosofía + música, un espectáculo que no encaja. Sus temas, sus formatos, sus géneros se encuentran desde su propia diferencia. Hay una búsqueda común entre el pensamiento y el arte, pero hay desbordamientos que resquebrajan los límites de los géneros y entonces hay ritmo en la filosofía y concepto en la música. Se tocan. Pero en ese sentido, según el cual Derrida analiza el tocar en la frase "cuando los ojos se tocan, ¿es de día o de noche?" ¿Cómo se tocan los ojos? O en ese mismo sentido, según el cual Spinetta canta al tocar en el verso "si quiero me toco el alma". ¿Cómo se toca el alma? Del mismo modo, se tocan la filosofía y la música. Desencajándose.
Desencajarse no es separarse ni repelerse ni aislarse, sino todo lo contrario: es una fusión en la que siempre algo sobra. Hay un resto. Y sobre ese resto se dibujan las diferencias. Ese resto es la búsqueda infructuosa por lo imposible. La filosofía la sabe infructuosa y la música se regodea con esa conciencia. Las preguntas comunes se van enhebrando en sus múltiples interrupciones y por eso un texto filosófico es intervenido por una canción y por eso una canción es intervenida por una idea. Nada cierra. La música no termina donde debe y la filosofía no concluye. Nada termina. Hay como una sensación de una batalla donde los contrincantes están siempre hostigándose con los gestos y la belleza se expresa en ese cuadro general, donde ambos ejércitos danzan una coreografía de seducciones emboscadas.
Así, Fito Paéz y Nietzsche dialogan sobre la muerte de Dios. O Platón y Djavan sobre el amor. O Brecht y Divididos sobre las interpretaciones de lo real. Claro que es un diálogo en planos diferentes porque ningún género quiere traducir al otro. Aquí traducción no es traición sino un hiato. El abismo es de tal inmensidad que ni siquiera da miedo arrojarse. No es más que poder escuchar esa cadencia musical que siempre veníamos escuchando cuando leíamos a Derrida, o esa explosión de sentido que nos zamarreaba cuando nos movíamos con el algún tema de Charly. "No existe una escuela que enseñe a vivir", dice en "Desarma y sangra". Y entonces se comprende de un golpe de guitarra que los grandes valores por grandes nos demuelen. Por eso, en Desencajados, todo se desencaja: Dios, el yo, el amor, el tiempo. Todo busca su propia diferencia, su diferirse, y abre esas otras perspectivas subterráneas que saltan a escena y hacen estallar la cotidianeidad.
Es un desencaje en las formas, pero sobre todo es una propuesta de apertura de lo que necesitamos que se cierre. Nacer para morir. Amar buscando un ideal que no existe. Desear alcanzar una verdad que sólo se manifiesta siendo muchas. Desencajados es un elogio de la paradoja, pero no un elogio feliz. O en todo caso, podría ser feliz, si repensamos la esencia misma de la felicidad. La prioridad de la pregunta genera una inseguridad existencial que molesta. En especial si creemos que las instituciones ordenan el mundo. Pero en Desencajados el orden se derrumba, ya que toda institución muestra su trama oculta: el lenguaje, el otro, lo real, todo lo que se nos presenta en su estabilidad, se esfuma. Y así, el espectáculo no da respiro. Hay alguna risa, pero sobre todo está la tensión de sentir el martillazo en el medio de los ojos. Allí donde los ojos se tocan, pero ¿cómo se tocan los ojos? Se tocan las pestañas, ¿pero los ojos? Se cruzan las miradas.
La filosofía y la música son dos miradas de lo mismo: la necesidad permanente de un exceso de sentido a todo lo que se nos presenta en su seguridad y certeza. Por eso la filosofía habla a través de ciertos autores como Nietzsche, Onfray, Nancy o Derrida, y por eso la música canta a través de ciertos autores como Spinetta, Fito, León Gieco o Charly García. Y por eso también, todo se nos presenta en una diversidad de versiones y ninguna canción es lo que es y ningún texto es letra muerta. Hay una decisión de correrse del origen porque el origen es sin origen y por ello un original no es más que sus sucesivas versiones. Todo suena parecido porque no hay nada que suene similar.
No se entiende si es una obra para llorar, reírse o pensar. En general, no se entiende. Es una obra para desencajarse. O para encajarse si uno proviene de un desencaje ontológico. O para escuchar una clase de filosofía que de clase no tiene nada, ya que la filosofía baila, hace chistes o llora. O para ir a un recital de rock nacional, aunque las canciones reconocidas inspiren una resignificación de las grandes cuestiones existenciales. Y todo ello en un escenario y con un guión, porque además Desencajados: filosofía + música narra una historia. Pequeña. Sin grandes proezas ni grandes héroes sino al contrario. Como deben ser las grandes historias: menores.
Desencajados es una invitación a la perdición. La misma huida que hace la filosofía saliéndose de sus claustros tradicionales. Nadie va a aprender filosofía en un teatro aunque ese era el lugar natural de enseñanza en tiempos de la tragedia griega. Por eso, Desencajados no es más que un intento de postergación permanente de sentido. Cada vez que alcanzamos un lugar de tranquilidad, se nos invita a seguir la marcha. Con palabras y con música. Esos ojos que se tocan sin moverse. ¿Cómo pueden tocarse dos sin moverse? Desencajarse es una forma de vincularse donde nadie se apropia del otro. Desapropiarse, escaparse, desmarcarse. La filosofía que no quiere ser música, pero suena. La música que no quiere ser filosofía, pero cuestiona. «

Darío Sztajnszrajber es filósofo y docente. Conduce el programa Mentira la verdad por Canal Encuentro y presenta en teatro el espectáculo Desencajados: filosofía + música que se presenta el jueves 24 de abril en el ND Ateneo, Paraguay 918, con entradas a la venta por Plateanet.com
Además de Sztajnszrajber, participan Lucrecia Pinto en voz, Guillermo Martel en guitarra, Lucas Wilders en percusión y Juan Finger en bajo. Puesta en escena de Juan Bautista Carreras.      

Fuente: Tiempo Argentino

No hay comentarios: