martes, 7 de enero de 2014

Charo López: La laguna dorada


La vuelta de Charo López

La talentosa actriz española protagoniza en Mar del Plata, junto a su querido Pepe Soriano, la obra La laguna dorada

MAR DEL PLATA.- "No os vais a quedar allí afuera. ¡Pasad!", invita Charo López, hospitalaria, tras abrir la puerta de calle sin que nadie haya tocado el timbre de su departamento. Extremadamente puntual, no espera sentada en su living con vista al mar, sino en el vestíbulo, detrás del gran ventanal, atenta a la gente que pasa por la vereda. En esta actitud hay mucho más que un gesto social: una pulsión vital, un modo artesanal de vincularse con el otro.

La actriz está instalada en Mar del Plata esta temporada, una plaza que conoce bien, pues 20 años atrás hizo Una jornada particular, junto a José Sacristán. Cinco años después regresó a un escenario argentino, al Liceo, con el unipersonal Tengamos sexo en paz, de Franca Rame y Dario Fo. "El año pasado no fue tan bueno como lo será 2014. Pasaron cositas que no me gustaron; entre otras, perdí a mi madre. No me movía de Madrid. Mis amigos me decían que me quedara un ratito parada, pero no sé cuántas veces más pueda volver a la Argentina", dice Charo.

En esta ocasión, la excusa ideal para viajar a Mar del Plata fue La laguna dorada, dirigida por Manuel González Gil, con producción de su amigo Carlos Rottemberg. López había visto la puesta del director de El diario de Adán y Eva y, además, quería trabajar con Pepe Soriano, "una leyenda", como ella lo llama. "Pensé que a esta altura de mi vida lo sabía casi todo, como para tirar hasta el final con lo que había aprendido, pero de verdad Pepe me ha enseñado mucho", reconoce.

Además de Soriano, acompañan a Charo sobre el escenario Emilia Mazer, Rodrigo Noya, Fabián Talin y Joselo Bella. La actriz interpreta a Bel, una mujer de una gran dulzura y vitalidad, casada con el gruñón de Román (Soriano), a punto de cumplir 80 años. La pareja regresa a su casa de la laguna para pasar el verano y allí recibirá la visita de su hija (Mazer), quien tiene varias cuentas que saldar con su padre.

-¿Qué proceso recorre para componer un personaje?

-Leer, leer y leer el libro. No importa cuántas veces. Se trata de soñarlo, vivirlo, ir por la calle con él. Vas reflexionando sobre el personaje hasta que se convierte en algo tuyo. Ahí aparece el hambre por interpretarlo. En casa tengo un atril donde pongo los objetos que considero puede utilizar mi criatura: su peine, un paño de cocina, lo que sea. Es como jugar a las muñecas. Y luego, cuando llegas a los ensayos, comienzan las dudas.

-¿En qué cambiaron usted y su técnica desde que comenzó su carrera?

-Ha ido desapareciendo el miedo escénico. Hoy sigue un poco presente, pero al principio de la obra, y es muy cortito. Siempre lo he tenido. En escena te puede ocurrir cualquier cosa, por ejemplo, que te den ganas de estornudar en un momento dramático o de comedia. Es imposible salir al escenario como si no pudiese ocurrir nada imprevisto. Hay que ir con cien ojos y con todos los sentidos alerta.

-¿Cómo fue su experiencia con Almodóvar?

-Iba a hacer Matador. Cometí un error. Lo confieso. No sé si allí hubiera comenzado una carrera distinta, más potente. Pero cuando leí el guión era muy joven y pensé que iba a ser muy folklórica, de castañuelas y volantes, porque soy tan grandota y morena. Pensé que me iban a encasillar. Le dije que no. Luego vino Kika, donde Pedro me pidió estudiar el diálogo con Peter Coyote. Peter estaba con un pánico tremendo, es un hombre muy autoritario que sabe bien lo que quiere. Tengo la suerte de haber trabajado con Almodóvar, aunque sea un ratito.

En cine, Charo brilló en Tiempo de silencio (Vicente Aranda), Anima (Titus Leber), La colmena (Mario Camus), Niebla (Fernando Fernán Gómez) y Secretos del corazón (Montxo Armendáriz), entre otras. Es una de actrices más inmensas que ha dado España, no solo por su calidad en la interpretación y por la versatilidad de sus trabajos, sino también por haber sido pionera tantas veces. Fue protagonista de Los gozos y las sombras, un hito de la TV española (puede verse completa en www.rtve.es, así como otras series donde trabaja la actriz, como Fortunata y Jacinta), ambas muy bien recibidas por el público en los albores de la democracia, tras la caída del franquismo, donde interpretó escenas osadísimas para la época, por su erotismo y por su violencia. Ambas, también, merecieron una muy buena recpepción del público argentino.

En una de aquellas escenas, una enardecida Clara Aldán piensa en Carlos (Eusebio Poncela, con quien formó una de las pareja más famosas de la TV española) en la soledad de su habitación: "Esa escena se prohibió. Si se hacía era sólo con una condición: que los niños creyeran que tenía dolor de estómago. Le sugerí al director rodarla con planos cortos, sugestivos. Y así quedó".

-¿Qué le dijeron sus padres cuando comenzó a actuar?

-Nada. Pero me dice el corazón que no les gustaba. Haberme dado una carrera universitaria, tanto sacrificio y noches en vela, gastar tanto dinero en mí. A ellos les parecía que ser actriz era poco. Hasta que tuve la suerte de hacer Los gozos y las sombras y se dieron cuenta de lo importante que era para mí.

-Usted tuvo una notable formación académica .¿Qué le dio esta educación a la hora de componer sus personajes?

-Me dio muchísimo. Pero desgraciadamente no siempre el cine, la TV y el teatro son tan complejos como para necesitar hacer análisis de texto. Ojo, de todos modos, he cuidado mucho mi carrera y no he elegido cualquier cosa.

-Su personalidad es llamativa: una mujer fatal, hasta casi diabólica, como en Los pazos de Ulloa, sin dejar jamás de lado su inteligencia y cultura, que no todos los actores poseen. ¿Cómo combina ambos rasgos?

-Esa combinación no sirve para nada. Es muy difícil ser respetada por ambos bandos, siempre estuvieron aquellos que querían una sola parte de esa Charo y despreciaban la otra.

-¿Le es difícil encontrar papeles a su medida?

-Claro que sí. Pero en España hoy es difícil encontrar personajes en todas las edades porque no se hace cine. Pero a pesar de todos los mitos, lo que se dice, el amor lo siguen representando las mujeres jóvenes y guapas. Pueden aparecer madres, tías y abuelas, que a veces son ellas las protagonistas, como ocurrió con Secretos del corazón [trabajo por el cual obtuvo el Goya a la mejor actriz de reparto en 1997].

-¿Cómo ve a España?

-No quiero hablar de mi país no estando allí. Atravesamos una crisis, creo que circunstancial, ya pasará. La hemos pasado mal, pero pronto comenzará a ponerse todo en su sitio.

DE SALAMANCA, CON FORMACIÓN CLÁSICA

Charo López nació y se crió en Salamanca, a la vera del río Tormes, que inspiró al famoso personaje de literatura picaresca, el Lazarillo.

En esa ciudad castellana funciona una de las universidades más antiguas del planeta, por cuyas aulas pasaron fray Luis de León, Bartolomé de las Casas, Luis de Góngora, Luis de Unamuno, Azorín y tantos hombres clave de la cultura española. Allí estudió la actriz, quien se graduó como licenciada en filología románica, disciplina que estudia la evolución histórica del idioma español.

Uno de sus profesores fue el mismísimo Enrique Tierno Galván, quien luego fue alcalde madrileño y se erigió como un símbolo de la democracia.

"Empecé a descubrir que había hombres que no eran machistas cuando se me cayó un bolígrafo y él se levantó de su asiento y se inclinó para recogerlo. Era una persona muy comprometida políticamente."

Charo comenzó a dar clases en bachilleratos y lecciones de español para extranjeros. "Me costó dejar de ser profesora. Lo amé mucho", dice.

También comenzó a estudiar en la Escuela Oficial de Cinematografía. En un festival de jazz en Barcelona conoció a Gonzalo Suárez y él le empezó a hablar de una tal Ana Carmona y de que debía actuar en su proyecto para cine, Ditirambo.

"Él no era director, pero tampoco yo era actriz. Y le dije que sí", recuerda ahora.

La película se estrenó en 1967 y se convirtió en un clásico del cine español. Además, la dupla Suárez-López marcaría luego algunas grandes páginas de la historia del séptimo arte, con producciones como Epílogo, Don Juan en los infiernos y Los pazos de Ulloa.

Fuente: La Nación

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