viernes, 31 de enero de 2014

Big Bang Show


Un hombre que es cien

En su nuevo espectáculo, el actor se desdobla en figuras internacionales y capocómicos.

Es Ray Charles, es Frank Sinatra, es Joe Cocker más Rod Stewart, Elton John, Axl Rose, John Lennon, Freddy Mercury y Alberto Olmedo. También es Louis Armstrong y cuando canta What a Wonderful World como lo hacía “Satchmo, boca de alcancía” uno piensa en esa alcancía que es Martín Bossi. En la inversión que ha hecho todos estos años, tímidamente desde su Lomas de Zamora, en este capital suyo que es la severa disciplina con la que calca, compone y se obsesiona por un personaje. Presenciar su nuevo espectáculo, Big Bang Show en el Astral, es asistir como a un exorcismo escénico. Un hombre poseído por otros cien, con la diferencia de que los espíritus no reniegan de su dueño.

El salto que Bossi dio desde su anterior espectáculo es, más que un salto, una carrera en la que dejó kilómetros atrás. Pasó de su habitual Fito Páez o Charly García a una galería de músicos internacionales a los que va pariendo en segundos y sin margen de error. Como en un sistema de postas pasa de la ceguera de Ray Charles a la mirada hechicera de Sinatra. De la paz de Lennon al infierno de la anatomía de Michael Jackson cuando baila. Pero no sólo es el esqueleto. Las cuerdas se le amoldan como guantes. Impresiona verlo desdoblarse, salir y entrar de su cuerpo.

La primera parte del espectáculo no muestra grietas. Una letal orquesta de 15 músicos sumerge al espectador en lo que podría ser fines de los años 20, 30 o 40, en Las Vegas o Nueva York, en ese mar de jazz, swing y etiqueta. De la música en estado puro, Bossi pasa al análisis de la música, en un stand up que enjuicia al regaettón y a la cumbia villera en su costado discriminatorio.

Los monólogos se encaminan a un rescate emotivo y desembocan en un tinte nostálgico exagerado. “Soy de la época en que el paco era una colonia y los ácidos, Sugus”, dispara . En los recesos de Bossi, las morisquetas de Manuel Wirzt -director musical- funcionan como pasos de comedia popular.

El gancho al corazón llega con la reivindicación de los capocómicos muertos. Bossi lo resucita a Tato Bores en una lectura rápida desde “la economía de Martínez de Hoz a los pingüinos”, y continúa con las máscaras de Pepe Biondi y de Alberto Olmedo. El efecto de esa vuelta a la argentinidad humorística provoca escalofrío en el mejor de los sentidos. Bossi toca la fibra íntima nacional y arrasa. Por un instante hace creer que 2014 es un sueño y todos ellos están vivos -y con ellos los muertos de cada uno-. ¿Qué juego más poderoso que ese?

Fuente: Clarín

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