martes, 12 de noviembre de 2013

Luis Agustoni: Claveles Rojos y Tiempo de partir


La célula familiar, usina de situaciones

“Yo concibo al teatro como un espejo inteligente de la realidad que, además de suministrar placer, tiene como objetivo comprender la vida humana”, dice el actor, director y dramaturgo, presente en las puestas de Claveles Rojos y Tiempo de partir.

“Concibo al teatro como un espejo inteligente de la realidad, que además de suministrar placer tiene como objetivo comprender la vida humana.” La frase es del reconocido actor, director y dramaturgo Luis Agustoni, uno de los más destacados de la escena. Actualmente se pueden ver en cartelera dos espectáculos suyos que ilustran ese pensamiento. Son Claveles Rojos, que él dirige y protagoniza, y Tiempo de partir, un texto suyo que dirige Sebastián Bauzá. Ambas obras están basadas en hechos reales y presentan puestas hiperrealistas que van en la dirección de reflejar lo que sostiene el autor. Se pueden ver en el Teatro El Ojo, que Agustoni fundó y dirige y que también funciona como escuela de actuación, de la que salieron varios de los actores que protagonizan estos dos espectáculos.

Tiempo de partir nació a partir de la lectura del autor de distintos relatos históricos acerca de la trágica muerte del escritor y político Leopoldo Lugones. La pieza no reconstruye los hechos históricos (de hecho los personajes son otros), pero mantiene algunos de los elementos más atrapantes de lo que se supone que pasó en realidad. Entre ellos el suicidio del protagonista, la tormentosa relación con su hijo y la relación que mantuvo con una mujer casi cuarenta años menor que él. También el debate político, enmarcado en una época signada por la división, la arbitrariedad y el enfrentamiento destructivo. Además del propio Agustoni, la obra cuenta con las actuaciones de Any Messore, Esteban Astorga, Ivana Cur y Segundo Pinto.

Por su parte, Claveles Rojos es un drama testimonial basado en la historia de una familia tradicional que, motivada por intereses económicos, inicia juicio contra una de las hijas. El objetivo es declararla incapaz por insuficiencia mental, lo que significaría que la joven no podría disponer y administrar libremente su herencia. El caso llega a manos de un abogado combativo que pone en cuestión el concepto de la normalidad y que debe posicionarse frente a esa controvertida situación y las contradicciones del sistema judicial. El disparador de la obra –que cuenta con 13 actores en escena– fue un caso real, uno de los más importantes en la vida laboral del hermano de Agustoni, que es abogado.

En charla con Página/12, el autor y director repasa algunas de las características que ambas obras tienen en común, y reafirma su teatro como uno con fuerte consciencia de la vida humana. “Dentro de esa línea de teatro hay dos corrientes, una que indaga en la vida cotidiana de las personas llamadas comunes y otra que se preocupa por los grandes movimientos de la historia. Yo diría que estas dos obras son exponentes claros de cada una de estas líneas”, afirma.

–Ambos espectáculos tienen varias cosas en común. Por empezar, están basados en hechos reales. ¿Eso a qué se debe?

–Yo creo que ésa es la manera tradicional de trabajar. Es casi imposible, o por lo menos raro, que una historia de ficción sea absolutamente original y salga de la mente del autor. Siempre las ideas son disparadas por algo que uno ha vivido o que ha vivido gente que uno conoce. Concibo al teatro como un espejo inteligente de la realidad que además de suministrar placer tiene como objetivo comprender la vida humana. Por lo tanto, los desencadenantes de mis obras siempre vienen de afuera, de ciertos conflictos de la experiencia que deseo conocer mejor para luego poder traducir en acción dramática.

–Las obras también comparten la estructura de acto único. ¿Por qué le interesa esa forma?

–Debo confesar que me inspira mucho más la estructura cinematográfica, que es un continuo, que la estructura teatral dividida en actos, aunque en muchos casos, esa separación es posterior y es obra de los editores y recopiladores y no de los propios autores. Los estudios más profundos y orientadores que yo he hecho sobre la estructura vienen del cine, que es el ámbito en el que creo que se ha tratado mejor la estructura, de forma más operativa. No recuerdo una sola obra mía que no fuera escrita en un solo envío. Es algo que me sale y de lo que también se desprende la duración de mis obras. Empecé escribiendo piezas de 100 minutos y ahora estoy en 70, donde me siento muy cómodo. El espectador ha entrado en el mundo de la televisión y su mente se ha vuelto más ansiosa y menos resistente a concentraciones largas. Y como creo que uno gana en fuerza y comunicatividad cuando se adapta a las personas a las que se dirige, me pareció inteligente acortar mis obras. Los resultados son buenos porque el obligarme a acortar, tachar y dejar lo mejor, me ha ayudado a ganar mucho como autor.

–Explora en ambas obras las relaciones tormentosas entre padres e hijos. ¿Qué le interesa del tema?

–Pese a que no me reconozco en la corriente autobiográfica del teatro, he sido muy intensamente hijo y muy intensamente padre y he reflexionado sobre ese vínculo y pensado muy obsesivamente en él. Luego de todo ese trabajo, me ha atrapado sobre todo el lado oscuro, que es el que aparece en estas dos obras con muchísima fuerza, y también en muchos otros trabajos míos. Veo que no soy el único, porque el público se identifica, se interesa o se impresiona mucho, pero en ningún momento lo vive como algo irreal.

–¿Inscribiría estas obras dentro del llamado teatro sobre familias disfuncionales?

–Diría que no, pero porque no creo en esta denominación. No me parece que sea correcto verlo como una moda, porque si uno indaga en las grandes obras clásicas, todas se refieren a familias. Es como si los autores fueran médicos, para quienes es imposible pensar en el cuerpo sin pensar en la célula. La familia es la célula, todo viene de ahí.

–¿Por qué si le interesaba tanto la historia de Leopoldo Lugones decidió contarla a través de otros personajes en Tiempo de partir?

–Porque no soy un historiador, no me interesaba hacer la crónica de su vida, ya que por cierto no me resulta una figura del todo simpática. Sí me impactaba profundamente la historia, pero quise desligarme de la obligación de ser fiel a los hechos históricos. También de la responsabilidad de caracterizarlo, porque cuando la escribí ya sabía que yo iba a interpretar el papel. Lo prefiero así, como una historia de ficción inspirada en una historia real, lo cual me permite tomarme todas las libertades que deseo como artista.

–En Claveles Rojos hay 20 personajes, algo muy poco frecuente en una obra del circuito independiente, donde suele escribirse para pocos actores por cuestiones económicas y por las dificultades a la hora de coordinar ensayos, entre otras cuestiones. ¿A qué se debe la cantidad?

–Me cuesta muchísimo reducir tanto el diámetro porque las historias siempre piden personajes. Y además también tiene que ver con nuestra realidad, porque el Teatro El Ojo es también una escuela y hay mucha gente capacitada con ganas de trabajar. Eso responde a la filosofía de nuestra escuela, según la cual no hay mejor lugar para la formación de un actor que no sea en el campo de batalla.

* Tiempo de partir va los viernes a las 21.30 y Claveles Rojos los sábados a las 20 y a las 22. Ambas se dan en el Teatro El Ojo, Tte. Gral. Juan D. Perón 2115.

Fuente: Página/12

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