viernes, 6 de septiembre de 2013

Todo verde


Pueblo chico, infierno grande

Un unipersonal del “off” que puede verse los jueves, con autoría de Santiago Loza.

Hay algo tan evidente en la obra que de tan evidente algunos se niegan a verlo. Decir que es evidente nos habilita a hablar lisa y llanamente del tema. Es como un chiste que cruza la trama de una punta a la otra. Es el de-eso-no-se-habla de Todo verde, una obra ( y van...), escrita por el infatigable Santiago Loza, otro unipersonal alrededor de los universos femeninos que tan bien maneja y que, en este caso, dirige la voz impalpable de Pablo Seijo. En Todo verde, la actuación de María Inés Sancerni decide que una horita se transforme en un pequeña gran obra. María Inés tiene el expresionismo en sus rasgos y su rostro es ideal para el desguace actoral que supone estar sólo en el escenario. Lo que en cine debería atenuarse, acá, en una obra del off, se agradece. Su personaje, una repostera, cuenta la relación con la Claudia, una vecina que llega al pueblo y, de ahora en más será el gigantesco fuera de campo de una puesta que, sencilla como es, logra el capital simbólico justo y necesario para entender que es una casa de pueblo donde una mujer ensimismada mata las tardes hablando con un loro puteador al que, en un rato - un rato puede ser un año - querrá matar ahora de una forma menos metafórica.

La tortera y la Claudia son vecinas que después se harán amigas. Más que una parábola, una ocurrencia sutil como un postre Rogel. En una entrevista reciente, Santiago Loza dijo que su influencia resultaba tan caótica que podía juntar material tanto de lecturas reflexivas como de lo peor y más remanido de la televisión. Y la obviedad y la omisión son dos clásicos que en Todo verde se combinan perfectamente, logrando un pastel con el agridulce sabor de la bizarría y la ternura.

La señora que hace tortas es una una mujer resentida.

Resentida no: resentida sería darle demasiado temperamento al habitante de uno de estos pueblos chicos, infiernos grandes tan proclives para la elusión y la desdicha. ¿ Abnegada sería la palabra? Como sea, mientras la repostera de María Inés Sancerni veía pasar su vida a la sombre de un sauce, aparece la Claudia y es como que la tortera redescubre la imaginación, como si la conciencia, digamos, se le expandiera. La relación entre ambas se volverá cercana, el loro puteará y ella, la protagonista, ya nunca más volverá a batir el merengue como antes.

La Claudia es una presunta maestra de inglés que llega a un pueblo que, pronto, parece volcarse con decisión hacia los idiomas. Con un texto lleno de los guiños del escritor que hay en Loza + un humor huidizo o apocado se describirá el calor unipersonal del encuentro. Está bueno ver como autor, director y actriz se las arreglan para desordenar el naturalismo de un infierno grande donde aterriza ese OVNI llamado Claudia.

Fuente: Clarín

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