miércoles, 26 de junio de 2013

Nada del amor me produce envidia


Una Solita con oficio y ternura

Una costurera disputada por Evita y Libertad Lamarque permite a Soledad Silveyra conmover al público. En la base está el texto del unipersonal de Santiago Loza.

Si el mundo está aburrido de palabras ajenas, el unipersonal - por favor, no confundir con las boutades del stand up - sigue siendo un diálogo de locos sólo porque aún no se anima a ignorar al público y a levantar aquella vieja y querida cuarta pared.

El unipersonal es todavía un yo tímido. Podría decirse que hay cierto aislamiento de misántropo en este formato austero cada vez más extendido en la escena local. Un formato que en un mundo de individuos (indivisos) y redes sociales hasta suena menos impostado y falso que hace unos años.

En Nada del amor me produce envidia, y en otras obras del autor Santiago Loza, los personajes femeninos se parecen un poco. Es como si estuvieran reunidos por la excepcionalidad y la potencia de los detalles. Y en esta versión de Nada del amor... el protagónico absoluto de Soledad Silveyra está habitado por esos personajes que sólo parecen jugar con la intertextualidad del autor.

Dejando de lado el melodrama musical de la puesta original (2009), la obra sigue girando alrededor de una costurera, Soledad Silveyra, que un buen día recibe a Libertad Lamarque, famosa por su voz y por su cachetazo a Evita, y a la Santa Eva Duarte, que “desciende” de un auto en el tallercito de barrio. Las dos quieren un vestido. El mismo vestido. Dos mujeres pelean por un vestido y la costurera está en el medio.

El texto, que en esta oportunidad dirige Alejandro Tantanian, incluye como escenario una especie de más allá opresivo y hermético, acaso muy abovedado, muy Lázaro Báez por tratarse de una humilde costurera. Seguramente no haya sido la intención primera, pero en el juego de antagonismos entre Lamarque-Evita la obra terminará adquiriendo una profunda actualidad política.

Loza tiene una virtud que puede terminar siendo defecto: le sacó la ficha al unipersonal. Los unipersonales de Loza priorizan la historia por sobre el retrato de sus mundanos personajes. Al autor de Todo verde, entre otras muy buenas obras, le importa narrar y que las criaturas sean herramientas afectadas para tal misión.

Esas unidades de sentido que son sus actrices y sus personajes femeninos ( y no felizmente feministas ), siempre tienen algo de periféricos, maltrechos, hasta un poco locos y más cercanos al fondo que a la forma, lo que resulta acertado: el unipersonal es la mejor manera de escapar a los usos y costumbres de una sociedad.

Todo esto sumado a la precisión que tiene con el manejo del gran fuera de campo que completa la obra, hace que sobrevuele una idea de cordura que el autor busca transmitir constantemente, y que Tantanian subraya logrando un conntinum en la platea.

Soledad Silveyra, en el primer unipersonal de su larguísima carrera, demuestra que tiene algo inexplicable, casi único: oficio y ternura. Conmovedor, realmente. Es una actriz popular que logra contagiar toda la frescura del off. A la salida de la función, un periodista se preguntaba si será ella el cohete comercial capaz de depositar a Loza donde ahora están Veronese y Daulte. Veremos. Sería apropiado y justo con alguien tan escénicamente joven, tan visceral y tan afín al physique du rol de desprotección que pide el unipersonal.

Fuente: Clarín

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