martes, 18 de junio de 2013

Incendios


Madre Coraje en el Líbano

Escrita en 2003 por el libanés nacionalizado canadiense Wajdi Mouawad, Incendios es una obra abarcadora sobre la muerte y la guerra civil. Ana María Picchio compone con delicadeza y equilibrada intensidad a una mujer-niña universal.

La cara real del odio, la guerra y sus verdugos y el amor dulzón de una mujer que quiere a los suyos juntos hacen de Incendios una obra abarcadora sobre la muerte y la guerra civil en el mundo, aun cuando trate de un capítulo de la historia libanesa centrada en el enfrentamiento civil entre cristianos y musulmanes que estalló en 1975 y significó años de luchas internas e intromisiones foráneas con ataques y ocupaciones. Escrita en 2003 por el libanés nacionalizado canadiense Wajdi Mouawad, narra la travesía existencial de Nawal, la mujer niña que perdió a su enamorado adolescente, forzado a alistarse en el bando contrario al suyo, y la peripecia de sus hijos, nacidos en períodos de gran devastación y fanatismo. Ese lazo con la realidad exige atravesar una cotidianidad abrumadora y circunstancias dramáticas personales, desconocidas por los hijos: Simón, el boxeador, y Janine, maestra en matemáticas. Nawal es otra concepción de la figura de la madre en tiempo de guerra, rescatada por la literatura teatral, entre otros y con aliento épico y crítico por el dramaturgo alemán Bertolt Brecht. Claro que el enfoque en Incendios no va en esa línea ni descarta la “visión periférica”, la diferente percepción que se obtiene de un mismo hecho o imagen cuando la visión parte desde distintos ángulos, como sucede en pintura al intentar capturar la sonrisa de La Gioconda.

Por lo tanto, la divergente actitud de los personajes no es algo a desconocer en este montaje potenciado por la audacia y precisión escénica del director Sergio Renán y el valioso equipo creativo que lo acompaña. Un armado que condensa a la manera de un rompecabezas el apasionado acento de las experiencias vividas. Recreada con delicadeza y equilibrada intensidad por la destacada Ana María Pi-cchio, la mujer es eje de una evocación catártica que deriva en el hallazgo de una verdad. No es ociosa entonces la inicial proyección del rostro de una Nawal parturienta dando vida a pesar del dolor ni la escena en que el escribano Alphonse Lebel (Jorge D’Elía) insiste en dar curso al testamento que obliga a Simón (Mariano Torre ) y Janine (Esmeralda Mitre) a transitar el pasado y aventurarse en un viaje iniciático al que los jóvenes acceden tras una primera resistencia: ¿qué es eso de buscar al padre? ¿Acaso la madre ahora fallecida no les dijo que murió en la guerra? ¿Existe ese hermano del que nunca antes se les habló?

La razón degradada y la enorme dicotomía personal que produce la guerra es plasmada con trazo breve e inflexiones poéticas que suavizan la dureza del relato, sea a través de las actuaciones, la música, las proyecciones, el juego de luces y otros elementos artísticos y técnicos que activan la imaginación del espectador. La acción se desa-rrolla sin intervalos, marcada por el enlace de actuaciones armoniosas y discordantes, como la feroz y patética acción de Nihad, el francotirador que interpreta Daniel Aráoz. Las situaciones planteadas van desde el enamoramiento de Nawal y el joven Wahab (Germán Rodríguez), enmarcados en una proyección de bosques (acaso reminiscencia de los famosos cedros blancos del Líbano), hasta las imágenes filmadas de los edificios derruidos de Beirut. De ese trayecto fragmentado queda lo que es fundamental en esta historia: la promesa hecha por Nawal a su enamorado y al bebé, arrebatado al nacer (“¡no importa lo que pase, siempre te amaré!”); y el consejo de la sabia abuela Nazira que compone Marta Lubos: “Aprendé a leer, escribir, contar y hablar. Aprendé a pensar”. Porque –según se dice– aprender es liberarse, como leer, aunque los libros vayan detrás de los hechos. El deseo de estar juntos prima sobre las desgracias, otra aspiración que se reitera, incluso después del testimonio de la mujer ante el tribunal que juzga las atrocidades cometidas durante la guerra, y después de roto el silencio en el que se abroqueló Nawal al final de su vida. Ese “sonido de la ausencia” que graba un enfermero (quien no por casualidad es iluminador en un teatro) y fuerza a los hijos a cumplir la “última voluntad” de un personaje que no es madre-diosa ni heroína, sino un ser frágil, un cuerpo avasallado que no calla.

Fuente: Página/12

Lugar: Teatro Apolo.
Av. Corrientes 1372.

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