jueves, 6 de junio de 2013

Brontis Jodorowsky: El gorila


“El misterio ocurre entre el espectador y el actor”

El primogénito del novelista y cineasta Alejandro Jodorowsky protagoniza la obra que construyeron ambos basados en el cuento “Informe para una academia”, de Franz Kafka. “Habla de llegar a ser lo que uno es en lugar de lo que otros quieren que seas”, explica el actor.

A pocos días de llegado a Buenos Aires, Brontis Jodorowsky reposaba en el diván de su departamento mirando una serie mexicana en una notebook, mientras aguardaba el cortejo del sueño. En eso escuchó “gritos dementes del departamento vecino”, como escribiría luego en su cuenta de Twitter, que tiene más de 55 mil seguidores. “Hiiijo de puuuta”, resoplaba un hombre. “¿Le pegan? ¿Lo asaltan? ¿Pide auxilio?”, barajó el actor. Se paró y aguzó los oídos, en silencio. Enseguida recordó haber visto gente agolpándose en los bares. Prendió la tele y entendió, perplejo, que los alaridos estaban sincronizados con los penales del partido de vuelta entre Boca y Newell’s por la Libertadores. Evidentemente, el vecino era bostero. Brontis nació en 1962 en México y pateó el mundo junto a su padre, Alejandro Jodorowsky, reputado novelista, actor y director chileno, también creador y divulgador de la psicomagia, método dramático curativo con cientos de miles de alumnos. Además de Centroamérica, habitó por algún tiempo en Nueva York y Europa, pero creció en una patria del tamaño de las suelas de sus zapatos. Zapatos y un sombrero fueron las únicas prendas que usó en su debut actoral, a los 6 años, en el segundo film de su padre, El topo. Las millas en el haber no explican su sorpresa frente a la desmesura de ese Tano Passman boquense, paroxismo del fanático de la redonda y condimento esencial de una hipotética ontología vernácula. Y acaso no tengan relación. Pero él nunca se identificó con bandera alguna, y fue recién en 2008 que comprendió “que uno tiene un lazo con el lugar en el que nació”.

El temblor interior ocurrió al viajar a su tierra natal a presentar el drama teatral El sueño sin fin, escrito y dirigido por Alejandro, que lo había convocado al escenario por segunda vez, tras Opera pánica (2001). “Para la psique del ser humano es necesario el sentimiento de pertenencia a un país, una tradición, una religión o un equipo de fútbol. Por otra parte, cada cual tiene su normalidad: una persona que vivió toda su vida en el mismo barrio encontrará fascinante a quien la haya pasado viajando; yo encuentro fascinante a quien haya podido establecer raíces en un lugar”, compara. Y las formas de la identidad son centrales en la pieza que estrenará, hoy a las 21, en el Teatro Sarmiento, dirigido nuevamente por su padre.

El gorila no tiene nada que ver con la connotación que el peronismo le ha dado aquí al nombre del peludo animal, e incluso Brontis desconoce ese sentido. Se trata, en realidad, de una adaptación hecha por padre e hijo del cuento “Informe para una academia”, de Franz Kafka, que “habla de llegar a ser lo que uno es en lugar de lo que otros quieren que seas”, según explica el primogénito, venido por primera vez a la Argentina en representación del tándem. “Es la historia de un ser que, sacado de su medio y en busca de una salida existencial, se transforma en otro. De un gorila que lucha por ser un hombre, negando lo que es”, sintetiza en la charla con Página/12. Claro que para un ciudadano de Francia, en donde el actor está instalado desde hace treinta años, la sinopsis viene a tino para remitirla a la dura experiencia de los inmigrantes. “Llegan desde América, Africa y Asia, y se tienen que adaptar a la sociedad francesa, que está muy xenofóbica. En lugar de abrirse y dejarse enriquecer, Francia teme perder su identidad y obliga a adaptarse”, delinea.

–Por otra parte, el gobierno argentino utiliza la expresión “la patria es el otro”. ¿Qué le sugiere?

–La Argentina es una tierra de inmigrantes y tiene una concepción distinta con respecto a la de Europa, que es una tierra que se siente invadida. Pero la de la nacionalidad no es la única comparación posible. Cuando era un niño, mis padres tenían amigos homosexuales en México que habían adoptado una apariencia “normal”, negando quiénes eran y viviendo a escondidas. Otro ejemplo tiene que ver con la educación. Los niños entienden muy pronto qué estrategia deben adoptar para obtener atención y cariño. La única opción que encuentran algunos es romper todo. La sociedad nos lleva a negar lo que somos para ir en busca de lo que los demás quieren que seamos. Ese tema es universal. De eso trata la obra.

–El gorila será presentada aquí en español, pero en otros países probó el italiano, el inglés y el francés. ¿Cada idioma modifica la pieza?

–Sutilmente, pero soy un actor extremadamente preciso. Más que el idioma, cada función la modifica. Dirán que esta obra es un monólogo, pero tal cosa no existe porque nunca estás solo en escena, sino con una asistencia cada día distinta. Ciertas funciones parecen misas: la gente escucha religiosamente. En otras, se ríe a carcajadas. Si el actor no está solo ejecutando su obra sino haciéndola realmente para las personas que están ahí, se crea una relación particular cada vez. No cuenta tanto tal frase, sino lo que la obra transmite.

–El habla es la clave de la aproximación del gorila al hombre, según ha declarado usted. Así el personaje “inicia su camino a la libertad”. Paradójicamente, el lenguaje también aprisiona.

–En la misma olla puedes quemar tus lasañas o elaborar una excelente receta. Depende del cocinero. El lenguaje es un instrumento con el que insultas o declaras tu amor. El gorila empieza ese camino por el habla porque así se empieza a estructurar. La conclusión de la obra, no obstante, no es que se libera a través del lenguaje. La pieza es muy crítica con los humanos. Siempre se asocia “humano” con “bueno”, pero Agamenón mató a su hija y era muy humano. La obra describe el mundo humano tal cual está, pero nuestro objetivo no era sólo criticar. Cuando ensayábamos, le decía a Alejandro que no se tenía que terminar en una constatación del fracaso de la humanidad y que tampoco debía decir “ésta es la solución”. El gorila encuentra la suya, que no es necesariamente la de todos. Para algunos será la solidaridad social, para otros la mística y para otros más, ocuparse de los pandas en Asia.

–De la pieza, usted destaca la precisión del cuerpo. ¿Es posible verbalizar en qué consiste esa tarea?

–En el flamenco, los movimientos de los bailarines son muy precisos, pero el brillo aparece cuando llega el duende, según se dice. Eso hace al fuego de la interpretación. El actor busca lo mismo a través de la precisión del cuerpo, que es como un contenedor a la espera del milagro y a la vez como un violín, porque necesita cuidados para sonar bien. Luego el misterio ocurre entre el espectador y el actor. El teatro pasa en ese espacio invisible. En una buena obra, sin nada en escena ves el avión, el barco y el tigre. ¿Por qué? ¿Porque el actor los ve? Quizás. O porque algo sucede entre el escenario y el espectador que permite que la imaginación se ponga en movimiento. Cuando los poderes políticos quieren dominar la sociedad, los primeros recortes que hacen son de créditos al teatro, que es el último lugar en que se entrena la imaginación. El cine te lo da todo, la lectura se está perdiendo, pero el teatro permanece como una sala de gimnasia de la imaginación. Cuando sales, el ejercicio te permite imaginar, quizás, otra sociedad. El teatro siempre es un poco peligroso. Nunca ha cambiado el mundo, pero siempre ha empezado a hacerlo.

–¿Qué conserva El gorila de “Informe para una academia”?

–La mitad. En el texto de Kafka, la historia se acaba cuando el gorila empieza a hablar y se convierte en un pequeño fenómeno de music hall. Eso se corresponde con cómo está estructurado el idioma. En el francés, el pensamiento está al final de la frase. Entonces siempre se va progresivamente al final. En el alemán, lo importante está en la mitad de la frase. Por eso en muchas historias de Kafka el clímax está en el medio y luego no le presta mucha atención a cómo acaban. No tienen punch line. Cuando mi padre leyó el cuento en su infancia se angustió porque no tiene solución. El era un inmigrante judío en Chile y se preguntó “¿qué me queda, hablar como ellos?”. Se dijo que sólo podría ser “tolerado” por los otros. Cuando encontró al actor para hacer esta obra, llevó la historia más allá.

–Kafka tenía una relación ambigua con su padre. ¿Cómo es la de ustedes ahora que vuelve a dirigirlo?

–Excelente. Pero toda persona, en su desarrollo, tiene una relación compleja con sus padres. Nos identificamos, luego necesitamos rechazarlos. Mi padre tuvo un padre, mi abuelo, terrible. Uno aprende a ser padre con el suyo y mi padre no sabía serlo. Pero se dio cuenta de que su padre estaba en el error. Trató de hacerlo mejor y fue progresando, buscando la conciencia en su propio ámbito familiar. Como soy el hijo mayor, fue difícil, porque conmigo tuvo su primera experiencia. La ventaja que tenemos es que siempre hablamos. Les hemos hecho frente a todas las situaciones. Hemos estado al borde de la ruptura varias veces, pero siempre fuimos a hablar a fondo. Hablas, limpias las heridas, perdonas y sigues adelante. Mi padre sufrió de niño la violencia de un padre que quería que él fuera un macho. Pero con respecto a sus hijos, dio un paso. Aproveché ese paso para ser un buen padre yo mismo con mis dos hijas: Alma y Rebecca.

–Alejandro lo describe a usted como un “eterno emigrante”. ¿Se ha sentido como el gorila de la obra?

–Sí, claro. Como ser humano, he tenido que adaptarme para recibir atención y amor, para gestionar la violencia de la vida humana, para ver a mis amigos. El gorila va hacia la conciencia de sí, es capaz de verse y cuestionarse quién es realmente. Eso también me sucede.

* Funciones: miércoles, jueves, viernes y sábado, a las 21; y domingo, a las 20, en el Teatro Sarmiento, Av. Sarmiento 2715. Tras la función del domingo 16, Brontis Jodorowsky charlará con el público.

Fuente: Página/12

Bailar sobre las raíces
Un gorila psicomágico

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