miércoles, 29 de mayo de 2013

Roberto Perinelli: Miembro del jurado


Justicia o venganza

Escrita en plena dictadura, la obra es un policial que plantea un caso de venganza por mano propia. Y que desde la perspectiva actual, adquiere otros sentidos, ligados a la violencia de género.

Escrita por Roberto Perinelli en 1977, Miembro del jurado subió recientemente a escena en la sala Luisa Vehil del Teatro Cervantes, bajo la dirección de Corina Fiorillo y la actuación de Ernesto Claudio, Roberto Vallejos y Silvina Bosco. Se trata de una pieza que desarrolla una intriga que crece en intensidad a partir de un hecho insólito, motivado por el ambiguo ofrecimiento de trabajo de un cerrajero a un ex convicto. El lugar de reunión –un antiguo caserón– es también indeterminado y solamente por el sonido que se cuela por la ventana se sabrá que la acción transcurre en Buenos Aires, en época de Carnaval. Pero por más que se aclare que el cerrajero es miembro del jurado de las comparsas, luego de descubrir todas las implicancias de la trama, el espectador comprenderá que la obra se refiere a un hecho menos inocente que requiere justicia y que, además, plantea un caso de venganza por mano propia.

Aunque la mayor parte de sus textos suelen basarse en situaciones vividas durante su infancia o su adolescencia, según aclara Perinelli en una entrevista con Página/12, Miembro del jurado es una excepción: escrita en plena dictadura militar, el dramaturgo acababa de ser padre y pensaba en que, a pesar de no tener militancia política, pesaba sobre él la posibilidad de sufrir la violencia de Estado en carne propia. Así entonces surgió esta obra que el autor define como un policial, en función “del suspenso y de la serie de sucesos que al final adquieren explicación y sentido”, aunque tal vez, como arriesga Perinelli, “Ionesco haya tenido razón cuando dijo que toda obra es un policial”.

Miembro del jurado tuvo dos puestas anteriores a ésta. La del estreno, en 1979 mereció, según recuerda el autor, una gran repercusión “porque estábamos viviendo un contexto que todos padecíamos y funcionó como metáfora: los militares eran los castigados por mano propia”. En la segunda puesta, en 1992, en cambio, la obra pasó inadvertida, si bien el director, Julio Baccaro, y Pepe Novoa, uno de los actores, fueron distinguidos por su desempeño. Hoy el tema de la pieza aparece ligado a la violencia de género, algo que el autor no había buscado en su momento. Si bien Fiorillo, cuando le transmitió que deseaba realizar una nueva puesta le había pedido que pensara si quería retocar el original, Perinelli decidió no introducir cambios: “Corrijo sin parar, pero cuando considero que la obra está no la toco más y sólo espero su concreción en la escena”. Según afirma, la publicación de sus textos le resulta importante pero finalmente, un hecho accesorio, porque una obra de teatro no vale por sí misma: “La puesta implica una peligrosidad que tiene lo que es irrepetible”, afirma el autor, quien concluye diciendo que “una obra no es como la Mona Lisa, no está allí para siempre, así que no hay que perder la oportunidad de verla porque se disfruta cuando sube a escena”.

–¿Cuáles eran sus interrogantes en el momento en que escribió esta obra?

–Yo me preguntaba: ¿en qué medida la Justicia hace justicia? ¿Cuál es el castigo para determinado delito? La pena de muerte no puede ser tomada en cuenta, porque encierra una injusticia en sí misma, ya que nadie puede ser dueño de la vida de nadie. En todo caso, siempre pensé que materializar la justicia implica el peligro de equivocar el veredicto.

–¿Qué otros cuestionamientos puede despertar hoy esta pieza teatral?

–La justicia, las leyes penales, las hacen los hombres en función de ciertos valores. ¿En qué medida esos valores siguen estando vigentes? Antes la palabra delito tenía un gran peso y hoy parece que se pone en juego una gran frivolidad cuando se habla de robo, asesinato o portación de armas. Creo que hoy intervienen factores que antes no existían, como la droga. La necesidad del consumo que introdujo el capitalismo salvaje rompió códigos fundamentales que hacían a la convivencia cotidiana.

–¿Cuáles son las reformas que deberían realizarse?

–No soy especialista en el tema, pero ciertos códigos de evaluación de los jueces o de los delitos mismos así como ciertos procedimientos vienen del tiempo de Vélez Sarsfield y tienen que haber perdido vigencia. Todas las normas se establecen para un determinado momento, algunas se adecuaron y otras no se tocaron para nada. Otras ni siquiera existen, si uno piensa en los delitos informáticos.

–¿Está a favor de la anunciada reforma judicial?

–Creo en la necesidad de producir un cambio. Desde el ’83 se democratizaron los poderes Ejecutivo y Legislativo, más allá de que a uno le guste o no quienes gobiernen o legislen. El que no se tocó todavía es el Poder Judicial y no veo por qué, si votamos por un presidente que después puede decretar una guerra, no podemos votar a quienes luego tendrán a su cargo elegir a los encargados de hacer justicia.

* Miembro del jurado, sala Luisa Vehil del Teatro Cervantes, viernes y sábados a las 19 y domingos a las 18.30.

Fuente: Página/12

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