viernes, 3 de mayo de 2013

Patricio Abadi: La poeta y su novia actriz



“Soy un imaginador compulsivo”

El dramaturgo, director y actor inauguró Onírico, su propio espacio teatral. “Me interesa espiar lo que pasa en los rincones de alguien que se dedica a hacer arte”, afirma respecto de la obra en cartel y de El dramaturgo, que subirá a escena el 25 de mayo.

Se define como un “imaginador compulsivo”. Dice que, por su paz y la de quienes lo rodean, no puede estar tanto tiempo sin hacer teatro. Escribe, actúa, dirige, da clases de actuación y dramaturgia, y tiene varias obras sin estrenar por falta de tiempo. Para condensar todas esas actividades en un solo lugar, Patricio Abadi inauguró a fines de abril su propio espacio teatral, al que define como una “sociedad artística familiar”, porque se trata de un emprendimiento con su mujer y su hijo recién nacido. Se llama Onírico y está ubicado en Fitz Roy 1846, en el barrio de Palermo. La apertura del espacio coincidió con el estreno de La poeta y su novia actriz, que se puede ver allí los viernes a las 21, y el 25 de mayo seguirán las celebraciones con el estreno de El dramaturgo, también de su autoría, que estará los sábados a las 21.

Ambas obras conservan la estructura episódica que caracterizó a Ya no pienso en matambre ni le temo al vacío, la emblemática pieza del circuito independiente que Abadi tuvo en cartel por cinco años. La poeta y su novia actriz narra la turbulenta historia de amor entre una dramaturga (“la versión desmejorada de Alejandra Pizarnik”, según el autor) y una joven actriz del interior que intenta probar suerte en la Capital. La obra se estructura a partir de monólogos en los que cada una cuenta, a su tiempo, su visión de la relación. Sólo en la escena final interactúan entre ellas para decidir qué hacer con lo que les pasa. “Recién después de estrenar me di cuenta de que había escrito una comedia romántica”, dice Abadi sobre la pieza protagonizada por Laura López Moyano y Umbra Colombo.

El dramaturgo, por su parte, cuenta la experiencia de un autor de teatro que decide interpretar sus textos. “Me encontré una tarde de verano con 42 grados y nadie en Buenos Aires. Tenía muchos textos que quería estrenar y pensé que era hora de que el dramaturgo saltara del escritorio y aterrizara en el escenario para poner de pie su obra”, cuenta Abadi. Por eso es él mismo quien interpreta al personaje de la obra, que está compuesta por textos enmarcados en diferentes géneros dramatúrgicos. Así, a la historia de un hombre lobo abordada desde el suspenso le siguen, entre otros cuadros, una tragedia clásica hecha en una favela de Río de Janeiro, un “western de las pampas” y “Don Pijote y Dulcinea”, una apología del texto de Miguel de Cervantes Saavedra en clave de dramaturgia erótica. Acompaña a Abadi la actriz Luiana Buschi. “Esta obra muestra la dificultad que el actor tiene para sacar las palabras del autor del papel”, asegura el director a Página/12.

–Tanto La poeta y su novia actriz como El dramaturgo hacen referencia al teatro desde sus títulos, historias y personajes. ¿Casualidad?

–Es que me interesa espiar lo que pasa en los rincones de alguien que se dedica a hacer arte. Es un camino que puede ser tan satisfactorio como ingrato. Podés estar inmerso en la soledad y la tristeza más profunda o vivir el éxtasis y el reconocimiento del público. Somos muchos los que nos dedicamos a esto y nos pasan muchas cosas. Por eso me interesa abordar al artista como personaje.

–¿Entonces hay algo de autobiográfico?

–Tengo la teoría de que lo autobiográfico, en la medida en que uno lo elige para narrar, se transforma en otra cosa, en una fusión entre lo personal y lo imaginativo. La verdad es que no me interesó hacer eso. Sí, obviamente, me nutrí de lo que pasaba a mi alrededor. Para escribir La poeta y su novia actriz, por ejemplo, pensé en todas las historias de amor entre teatristas de las que fui protagonista o testigo. Siempre me pareció que allí todo cobraba un relieve especial, por la sensibilidad exacerbada que nos rodea. La dupla de la dramaturga y la actriz es sumamente complementaria e interesante.

–¿No cree que encierra también una relación de poder?

–Sí, el dramaturgo tiene cierto poder sobre el intérprete, la obra intenta mostrar un poco eso. Pero así como el actor necesita del autor y de sus palabras para poder vehiculizar su arte, el dramaturgo necesita que alguien diga sus textos, que lo ayuden a comunicarse.

–En El dramaturgo, justamente, hace un trabajo fino sobre los géneros discursivos: cada historia que se cuenta está determinada por el tipo de género en la que se lo enmarca. ¿Qué quiso mostrar con eso?

–La idea fue mostrar cómo una historia se puede contar de distintas formas a partir de distintos géneros dramatúrgicos. También mostrar cómo éstos cierran en sí mismos. Además, es un buen ejercicio para el dramaturgo, porque se supone que un género debe condensar todas las intenciones que pueda tener una obra. Y me plantea como un dramaturgo muy privilegiado, porque en una misma obra hago un paneo general de los distintos géneros y paso del western a la dramaturgia de suspenso y luego a una erótica, con todas las diferencias que eso implica.

–Sin embargo, hay en todas las historias, sin importar el género al que pertenezcan, un factor común: una cuota muy baja de solemnidad. Lo mismo había ocurrido en Ya no pienso en matambre...

–Es que no soy muy amigo de la solemnidad, me resulta un poco fría, acartonada. Trato de desestructurarme a través del lenguaje y de las historias. Lo que no quiere decir que uno no pueda hacer un drama y que no pueda meterse con cuestiones profundas de la sensibilidad y la existencia, todo lo contrario. Pero a veces la solemnidad termina siendo una maqueta, una apariencia de cómo se deberían hacer las cosas. En cambio, a través de la búsqueda de algunos lugares más recónditos o en ciertas rupturas de lo convencional por ahí uno puede ahondar más en cuestiones que son, entre comillas, importantes. Y el humor a veces es un vehículo muy provechoso para eso. Por eso está presente en casi todas mis obras.

–Escribe, dirige, da clases y actúa. ¿Disfruta alguna de esas facetas más que otras?

–Actuar es algo que necesito casi como una cuestión física. Me gusta armar el bolso para ir al teatro y saber que voy a salir modificado de la función, salga bien o salga mal. Disfruto de esa adrenalina, me parece una actividad saludable de la cual no puedo prescindir. Y después viene la escritura, que me gusta porque me lleva a imaginar y me remonta a la infancia, a los días en que llevaba soldaditos a la bañadera y me quedaba cuatro horas inventando historias. Después, de la dirección me gusta encontrar en las emocionalidades de los actores lo que más conviene para el relato, aunque es una tarea que tiene un carácter más organizativo. Pero me gusta y disfruto todo. Soy un apasionado de poder tener algo que me guste tanto como el teatro.

Fuente: Página/12

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