sábado, 4 de mayo de 2013

Los villanos de Shakespeare



Una clase sobre la maldad... y el teatro

Hace más de una década, en las primeras, gloriosas ediciones del FIBA, el público porteño pudo conocer este logrado unipersonal interpretado, admirablemente, por el mismo autor. Efectivamente, Shakespeare’s villans (A master class in evil) su título completo -que traducido es Los villanos de Shakespeare (una clase magistral del mal)- del actor, adaptador, dramaturgo y director londinense Steven Berkoff (1937) fue una de las atracciones principales de la edición 1999, la segunda del ahora tradicional encuentro artístico bianual.

Se entiende el justificado interés de entonces, cuando ya se habían conocido sus provocadoras obras anteriores: Greek, Decadencia y Kvetch. Estrenada el año anterior, la propuesta recorría los célebres personajes malditos que concibió la pluma de El Bardo como Iago, Ricardo III, Macbeth o los arquetípicos Shylock, Hamlet, Coriolanus y hasta el rey de las hadas, Oberon. Pero no se trataba sólo de analizarlos, explorarlos y encarnarlos. En la lúcida y muy graciosa disección de aquellas torturadas criaturas literarias, Berkoff también delineaba, con feroz ironía, una inteligente mirada sobre el panorama del teatro inglés pasado y actual. Las ancestrales mañas de actores, directores, críticos y hasta los mismos espectadores eran expuestas con igual virulencia y conocimiento que el alma de esos seres nacidos para el mal.

Todo su carisma y expresividad como actor se desplegaba sobre el vasto escenario del Teatro Presidente Alvear, en un ámbito totalmente despojado y con el intérprete vestido de negro, que con voz potente y la agilidad de un muchacho, ponía el cuerpo al servicio de un texto que reflexionaba acerca del quehacer escénico.

El recuerdo y la minuciosa descripción vienen a la memoria tras asistir a la versión en castellano que, desde ayer, presenta por unas pocas funciones, en el Teatro Nacional Cervantes, el actor catalán Manel Barceló. Se sabe que no le resultó fácil conseguir los derechos para trasladarlo al español y al catalán. Quizás la reticencia se haya originado en el hecho de que la pieza está plagada de referencias a famosos intérpretes del West End (como Laurence Olivier y John Gielgud, entre otros), y se imitan sus inflexiones vocales y posturas físicas, al mismo tiempo que el interlocutor principal le advierte al público, constantemente, su condición de “trágico inglés”. Pero el escollo es salvado dignamente en la eficaz traducción de Màrius Serra, que se permite la licencia de introducir referencias al actual gobierno español o el flamante Papa Francisco I.

Salvo por algunas proyecciones que se reflejan en enormes telones y el ropaje que remite al periodo isabelino, la puesta de Ramon Simó es fiel a la original: un marco ascético, buena iluminación y los recursos de Barceló, que son muchos y buenos. Tal vez pueda reprochársele cierto hablar pausado que demora el ritmo de la puesta e impone la sensación de que una buena poda no vendría nada mal.

Pero más allá de estos mínimos reparos, la obra es una buena oportunidad para que todo el público, especialmente los jóvenes interesados en desarrollar una carrera dentro del amplio mundo de las tablas, reciban una verdadera masterclass del fascinante mundo shakesperiano.

Fuente: Clarín

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