sábado, 25 de mayo de 2013

Los elegidos



Los caminos de la vida y del talento

¿Quiénes llegan? ¿Por qué llegan? ¿Se llega a algún lado? ¿Cuál es el destino de cada uno? ¿Es irreversible ese camino o cada uno ya está destinado al casillero que le corresponde? Son muchas las preguntas que pueden surgirle al espectador al salir de la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza luego de ver Los elegidos .

Esta obra es un remanso en la anodina cartelera actual del teatro comercial. Un texto inteligente y sensible, de esos que mantienen al espectador atento en un cien por ciento. Cuatro jóvenes escritores invierten sus ahorros en un seminario con un escritor consagrado, de singular método de enseñanza. Ellos parecen querer hallar las herramientas para brillar en el mundo de las letras. ¿Pero buscan realmente eso o lo que necesitan es la aprobación? Allí, en esos encuentros vuelcan el alma y se convierten en "gatos salvajes", definición que Víctor, el erudito en cuestión, les asigna a los escritores. Esas personalidades son capaces de asestarse estocadas mortales y sus floretes son tanto el talento como los egos en juego o la competitividad. Todos buscan la oportunidad, la posibilidad de verse a sí mismos con claridad, de mejorar lo que incluso pueden creer perfecto. En ese partido, Jack Kerouac puede ser una cachiporra para lastimarle la cabeza a alguno. Por momentos nadan juntos, por otros irán modificando entre sí sus trayectos, o incluso tratarán de hundirse. La interacción entre esos seres tiene una potencia movilizante. Y es el tal Víctor, tan engreído como grosero, el que los modificará definitivamente, el que los enfrentará o provocará ciertos giros que llevarán no sólo a lugares impensandos sino que también causarán nudos difíciles de desatar. El texto de Theresa Rebeck es inspirado, mordaz. Conducirá al espectador por un viaje que, en un comienzo, parece un debate sobre escritura, pero que acaba convirtiéndose en un análisis del ser intelectual. Cuánto de nuestra esencia está en la escritura, cuánto de nosotros somos realmente a través de nuestras palabras. Y en esa dialéctica se debatirán, irremediablemente, la mentira y la verdad. En definitiva, ¿quién es el editor de tu vida?

Del mismo modo, Rebeck explora sin tabúes la tan célebre relación entre la escritura y el sexo o la atracción hasta erótica entre el ser y el saber.

Veronese le brindó colores y matices a este entramado y lo volvió vivo, lo hizo suceder. Es el jinete ideal de un carro con corceles magníficos, briosos. Dejó crear libremente porque sabe de medidas justas. Llenó el escenario de acciones físicas que serán decisivas para activar miedos, rumbos, destinos.

Es una obviedad afirmar que Jorge Marrale es uno de nuestros grandes actores. En este trabajo su cuerpo, su energía es un tornado que no arrasa sino que acomoda. Es el modificador permanente, pero en el momento de ser modificado desmuestra una permeabilidad absoluta. Sabe tanto de vínculo escénico. Y lo maravilloso de este montaje es que sus jóvenes compañeros están en su sintonía. La actuación en conjunto de este montaje de Los elegidos es una sinfonía donde cada nota está en su lugar justo, en pura armonía, para resultar una obra preciosista. Benjamín Vicuña impone presencia y deja expuesta la vulnerabilidad de este personaje clave que le tocó interpretar. Lautaro Delgado vuelve a demostrar que es uno de los mejores actores de su generación, en una composición delicada, de esas que si no están en la medida justa podrían desbarrancar. Lo de él es exacto y preciso. Del mismo modo, Vicky Almeida se ajusta a la primera supuesta perdedora en un trabajo de delicada composición; y Manuela Pal pone energía sin desbordes en su femme fatale .

Otro punto a destacar es la siempre funcional y exacta escenografía de Alberto Negrín, en este caso de diseños hiperrealistas. Apoyan en la misma sintonía el vestuario de Laura Singh y las luces de Eli Sirlin.

Fuente: La Nación

Sala: Complejo La Plaza

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