sábado, 11 de mayo de 2013

Jorge Marrale y Benjamín Vicuña: Los elegidos



Jorge Marrale & Benjamín Vicuña: desde el alma

“Los elegidos”, la obra que se estrena el jueves, marca el regreso del chileno a la actuación, tras la muerte de su hija. Una charla de dos actores que supieron construir un vínculo.

Esta no es una nota más. Ni para Jorge Marrale, que tiene el sexto sentido apuntando a su compañero, ni lo es, fundamentalmente, para ese compañero. Es la primera entrevista que da Benjamín Vicuña tras la muerte de su hija, de 6 años. No será ése, obviamente, el tema. No corresponde. Pero tampoco se puede evitar, porque él, a partir de ese 8 de septiembre, es otra persona. O la misma, pero con la tristeza instalada en esa mirada que habla en silencio. Y es desde ahí que dice que Los elegidos -la obra que estrenará el jueves- “llegó en un momento muy especial y lo recibí como una señal de que era el lugar que necesitaba mi alma para estar mejor”.

Un sorbo de café, una caricia de Marrale en la mejilla y de pronto el bullicio del bar pareciera apagarse. Ellos generaron su propio microclima. El del afecto. Y uno se convierte en testigo de una postal que no siempre otorga el universo del espectáculo, con la contención y la generosidad afiladas.

“Siento que, tal vez, éste es el regreso al lugar más protegido. El teatro es mi casa, es lo que más he hecho, es mi vocación principal. Como dice (Anton) Chéjov, ‘Pensar en la vocación te calma, te ayuda’ . Y a mí me está pasando un poco eso”, comparte el chileno, marido de Carolina ‘Pampita’ Ardohain, en pleno anochecer otoñal, la hora en la que algunas voces bajan la estridencia. Y más él, ahora, para aclarar que “esto que voy a decirte quizás sea un poco filosófico, pero siento que el teatro es un lugar de evasión y distracción. Logra que, por momentos, nosotros dejemos nuestros cuerpos, nuestros dolores, nuestras penas y podamos de verdad meternos en otros mundos. Por eso es un lugar sagrado. Al cine y a la TV aún no les he encontrado esa vuelta... se corta, te llaman por teléfono, se te mete la realidad por todos lados. Arriba del escenario, el tiempo se detiene”.

Toda una definición, toda una elegancia para hablar de lo que le sucede, lo que siente, sin caer en la necesidad de hacer público su desgarro más íntimo.

Marrale : Hemos tenido un proceso de trabajo acolchado, amigable y cariñoso. Hemos trabajado muy apretaditos. Es que Benja es un tipo que sabe entregarse.

Desde hace dos meses, bajo la batuta de Daniel Veronese, están ensayando Los elegidos, de Theresa Rebeck, que la próxima semana estrenarán en la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza (ver Una de enseñanzas...). Un rato antes de sumergirse cada uno en su camarín -el 8 para Vicuña, el 9 para Marrale-, charlan en un bar del Complejo sobre la obra que los tendrá como alumno y profesor. Benjamín cuenta que “la propuesta me llegó en noviembre del año pasado (dos meses después de la tragedia) y fue de las primeras cosas que empecé a vislumbrar como de un futuro posible. Y además, venía de la mano de Daniel (Veronese), que es un tipo al que admiro muchísimo, y de Jorge, que es un monstruo teatral. Digamos que estaban dados todos los elementos como para poder regresar a la Argentina y volver al oficio”.

Para Marrale, acostumbrado en los últimos años a trabajar con su ‘cuarteto actoral’ -que integra junto a Darío Grandinetti, Juan Leyrado y Hugo Arana-, fue un desafío en más de un sentido: “Cuando yo estaba haciendo Mineros, Pablo (Kompel, productor general de La Plaza) me pasó la obra y me dijo ‘ Leela’ . Me gustó mucho la pieza. Yo venía trabajando con los muchachos hacía tiempo, ellos iban a hacer otras cosas y, te soy sincero, me gustó estar en un escenario con gente mucho más joven. Uno se nutre mucho y en estos meses he visto el crecimiento creativo de todos. La historia, además, habla del vínculo entre un profesor y un grupo de alumnos, ya escritores, que van por más. Y eso es algo que me seduce mucho en la vida... Fervientemente, yo sigo siendo un alumno, porque siento que es una forma de vivir”.

Vicuña : Sí, pero ojo, también hay que decir que cuando se enseña es cuando uno más aprende. Y eso es lo que busca un poco su personaje, que es una especie de chupasangre, al que le interesa mucho esa vanguardia de jóvenes escritores.

Marrale : La obra es lo que vulgarmente se llama comedia dramática, que se mete en una zona de intercambio, entre esos aspirantes y el maestro. El genera en ellos movimientos internos muy fuertes. Es un tipo que tiene características un poco alocadas, tiene una vida atravesada. Es muy incisivo y por momentos pareciera andar con un cuchillo encima para descubrir dónde está la verdad del talento y dónde empieza la cáscara que confunde. Voy descubriendo quién es quién.

Vicuña : Los grandes tópicos son la creación, la originalidad, el ego, la competencia, la supervivencia, también. En este mundo literario, como en otros ámbitos, son elementos que arrastran y que movilizan. Es una comedia exquisita para transitar, ácida, irónica y con un maestro lleno de maldad, pero a la vez es tierno, dulce, potente, inteligente, brusco, bruto. Tiene todo y no se guarda nada.

Marrale : Si bien los cuatro alumnos asoman parejos, el suyo es el otro protagonista de la pieza.

Vicuña : Bueno, porque es donde se deposita la lucha generacional, con este discípulo que se revela y que mata al padre de alguna manera. Se para con él cara a cara y enfrentan la mismas miserias, que son el pánico a mostrar la publicación y a la exposición. El mío es un tipo que parece que tuviera una gran soberbia intelectual, pero, en el fondo, lo único que esconde es miedo. Y va haciendo un camino que pasa por la admiración, luego por el rechazo, el odio, la sospecha, y termina encontrando a un maestro y a un hombre con quien tiene más cosas en común que diferencias. Hay una especie de alter ego ahí.

Actores con caminos distintos, pisarán ahora la misma baldosa de la sala Pablo Picasso y, seguramente, sumarán en la diferencia. Llega la hora de uno de los últimos ensayos y siguen sacándole punta a las escenas. No importa el cansancio de Vicuña por las ocho horas de grabación de Farsantes. Como dice él, “no hay excusas. Es que no debería haberlas porque el teatro es, al menos para mí, un espacio donde quiero estar. Más allá del resultado, hemos percibido señales muy positivas con el proceso creativo, con los hallazgos. No ha sido una obra más. Tal vez por lo que traigo yo en mi maleta, por lo que traen los otros”.

La mano de Marrale dibuja una palmadita en la rodilla del chileno, debajo de la mesa, lejos del flash. No busca ser vista, busca lo que Vicuña encuentra.

Fuente: Clarín

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