sábado, 18 de mayo de 2013

El crítico



Duelo de actores excepcionales

¿Habrá alguna vez un autor ofendido retado a duelo a un crítico teatral? El que escribe estas líneas no lo sabe. Pero percibe que los personajes de esta obra del español Juan Mayorga, denominados Scarpa y Volodia, tienen algo de aquellos dos tenientes que concibió la pluma de Joseph Conrad en El duelo : están demasiado obsesionados por la figura de su contrincante, desvelados por lo que ese fantasma hace de sus vidas. Y, como no podría pasar de otro modo en el teatro, esos enemigos se encuentran y se enfrentan. ¿Llegará la sangre al río cuando sus ideas entren en conflicto?

El primer indicio que tenemos es que esta historia transcurre en la actualidad, no en el Siglo de Oro español ni durante las guerras napoleónicas, cuando todo se resolvía en el campo del honor. Vivimos en un tiempo en el que las democracias promueven, es cierto que no siempre con la efectividad necesaria, que las diferencias de ideas se diriman mediante un diálogo civilizado, no importa cuán ardiente sea, pero que evite la muerte o la degradación del otro. No obstante, todos sabemos que esa regla ideal es con excesiva frecuencia rota por las injusticias y las arbitrarias pasiones humanas. ¿De que se alimentaría el teatro o las utopías sin esos males?

Mayorga, como inteligente dramaturgo que es lo sabe, y coloca a estas dos criaturas a confrontar en una suerte de ring-side donde, en principio, debe regir el juego limpio. Y abre a partir de ese hecho un clima de suspenso en el desarrollo de la peripecia, al que está vinculada la evocación de una mujer y un amor problemático que puede ser el punto de una nueva disputa, tal vez más peligrosa por la presencia de la pasión, entre los contendientes. El giro, creemos que adecuado (en España algunos críticos los objetaron, en una demostración más de lo subjetivo que pueden ser las decodificaciones de una obra), le da un soplo oxigenador a la trama y permite sacarla del exclusivo ámbito de una discusión teatral que, aunque muy atractivo, siempre es limitado en el interés que provoca en el público.

Y lanza a la obra hacia otras posibles napas psicológicas del conflicto, no sólo las de la supuesta soberbia o vanidad del crítico o la inseguridad del autor, como podría ser la que ofrece una frase atribuida a George Steiner y que dice que "la crítica suele proceder de un déficit de amor". En todo caso, Mayorga no resta importancia al choque de ideas, ni a los equívocos y rencores que se suscitan entre el autor y el crítico como resultado del ejercicio de sus profesiones, pero, en una metáfora teatral más ambiciosa, proyecta esos desencuentros hacia una dimensión más universal de las discordias humanas.

Lo hace mediante el procedimiento de designar a los personajes con nombres casi beckettianos que impiden la remisión a individuos concretos y el uso de algunos anacronismos deliberados como el que atribuye a los críticos escribir sus comentarios enseguida de terminar el estreno una obra o de vivir exclusivamente de su profesión, cosa que hoy sólo por excepción ocurre. No obstante lo cual, el texto estimula un debate sobre todos los temas allí vertidos, que sería muy deseable.

Por último, aunque no en último término, habrá que decir que ese consistente texto de Mayorga ha encontrado, bajo la dirección de Guillermo Heras, un ámbito de concreción escénica muy favorable. Una escenografía sobria (un escritorio, un sillón, varias pilas de libros en el suelo y un mueble que al abrir sus puertas funciona como placard, biblioteca o pequeña bodega) dejan un amplio espacio para que la acción impulsada por la palabra de dos actores excepcionales, Pompeyo Audivert y Horacio Peña, transcurra limpia y eficaz. En ese duelo, ambos se sacan chispas, transmitiéndole cada uno a su personaje un relieve humano intenso y conmovedor.

Fuente: La Nación

Sala: Cunill Cabanellas del Teatro San Martín / Funciones: de miércoles a domingo.

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