miércoles, 9 de enero de 2013

Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler: El Jorobado de París



“Quasimodo es un personaje doloroso”

Responsable de varios títulos que terminaron convirtiéndose en clásicos del musical, la dupla habla de este regreso en el Teatro Alvear: “El hombre necesita creer, tener fe y alegría. Y El Jorobado de París es una obra que da fe”, sostienen.

Si todos los periplos de la vida se dirimieran a la manera de los clásicos de la literatura universal, de seguro Pepe Cibrián Campoy nunca se hubiera definido como un “salmón quijotesco”. Cualquier atisbo de “normalidad” en las batallas contra molinos de viento relatadas por Cervantes echarían por tierra la intención descabellada que pretende connotar esa expresión. Lejos de buscar compararse con el Hidalgo Caballero, la intención de Cibrián pareciera correr por otra vía: recordar su evidente interés por los textos clásicos y justificar los veinte años en escena de El Jorobado de París, el musical que coproduce con Angel Mahler y reestrenará hoy, a las 20.30, en el teatro Presidente Alvear (Corrientes 1659).

Con más de veinte artistas sobre el escenario, la obra, una adaptación de Nuestra Señora de París, la novela escrita por Victor Hugo en 1831, subió por primera vez a las tablas en abril de 1993, luego de que en un intento de popularizar a este género los productores consiguieran estrenarla en el Estadio Luna Park. Giras trashumantes de por medio, El Jorobado... tuvo reiteradas réplicas a lo largo del circuito teatral porteño, con presentaciones intermitentes en salas como el Opera y el Nacional Cervantes.

“Me sorprende el paso del tiempo, lo que me genera mucha alegría y a la vez cierta nostalgia. No me di cuenta de que se pasó tan rápido. Esto es reencontrarme con El Jorobado... y entender que la obra en sí me es más difícil de modificar, aunque pueda ‘aggiornar’ la puesta, cambiar luces”, destaca Cibrián, para quien los éxitos de taquilla son sinónimo del reconocimiento del público: “Cuando me dicen que va bien la temporada, va bien la venta, es la gloria. No por la plata, sino porque implica seguir. Es una devolución de afecto por parte de la gente”.

Dos décadas más tarde, la historia, también llevada a la pantalla grande, revive el drama del mítico personaje oculto en el campanario de la catedral de Notre Dame, para quien la cáscara que lo recubre representa una frontera orgánica (o una cárcel cutánea), pero también la causa de su reclusión y exilio de la mirada del otro. Sin alejarse de las clásicas pasiones que motivaron buena parte de las producciones de la dupla Cibrián-Mahler, la obra deja en carne viva el dolor de la marginación en un mundo dominado por las apariencias y la belleza externa: “Hacia el final, El Jorobado... habla de que el hombre es libre más allá de su cuerpo, porque su cabeza es libre”, cuenta Mahler.

En la entrevista con Página/12 los productores de musicales tan celebrados como Drácula, El retrato de Dorian Gray (cuyo reestreno está previsto para la próxima semana) y Otelo, entre otros, dialogaron sobre esta nueva “reposición” del drama de Quasimodo con la que buscan mantener en vigencia el legado de clásicos que “nunca mueren”, pero también apuestan a reinventarse a sí mismos en una legendaria batalla contra los molinos de la erosión del tiempo.

–¿Cómo reinventan una obra que lleva veinte años en cartel?

Pepe Cibrián: –La reinventó un hombre que vivió la muerte de sus padres, que pasó dictaduras, separaciones, alegrías, que peleó por su ley. Me reencuentro con ese hombre, tan distinto y tan parecido a aquél. Mi visión como director es que no es un reestreno, es un estreno, como no es un reestreno cada vez que alguien hace Hamlet. Es una visión sobre el mismo texto de un director. No soy el mismo hombre, mucho se modificó en mí. El trabajo con los personajes es tan distinto de los otros porque mi visión es diferente.

Angel Mahler: –Desde que se estrenó la obra fue muy emblemática para nosotros, muy especial, porque fue nuestra segunda gran producción. A través del tiempo te vas dando cuenta con las obras que vas haciendo cuáles adquieren peso propio. Lo que pasó con El Jorobado..., cada vez que se repuso o salió de gira, es que creció en importancia. Es como cuando se dice que algo es un clásico. ¿Por qué se transforma en un clásico? Porque siempre gusta, porque impacta de la manera que uno supone que va a impactar. Y en esta repuesta siempre hay pequeñas modificaciones o búsquedas que tienen que ver con el trabajo con los actores y los cantantes.

–¿Y esas modificaciones los alcanzan a ustedes como productores?

P. C.: –Necesito identificarme con lo que escribo, y me siento muy identificado con mis personajes. Los llevo a escena porque me siento Quasimodo, Frollo. Me siento poco atractivo, seductor y líder al mismo tiempo. También me identifico con Calígula (otra creación de la dupla de productores estrenada en 1983), el niño abandonado y solitario. Tuve una infancia muy solitaria porque mis padres eran actores y trabajaban sin parar. Siempre me identifico con lo que escribo y escribo sobre lo que a mí me gusta. Después deseo profundamente que le guste al público. No busco que sea o no un éxito porque no hay fórmula para eso.

A. M.: –Lo lindo que te permiten es sentirte estos personajes. Cuando hago música especialmente para un personaje, es él el que me cuenta a través de las notas. Uno describe al personaje a través de las notas. Quasimodo es un personaje fuerte, doloroso. La música tiene momentos de mucho dramatismo, pero también tiene un mensaje esperanzador. Estos personajes me permitieron jugar mucho con todos los extremos. Me permiten hacer mi propia película.

–Como clásico, ¿El Jorobado de París no pierde vigencia por la universalidad de sus temas?

P. C.: –La obra es una apología a la belleza interior. En un mundo donde la fealdad como símbolo es algo que se rechaza, Quasimodo no puede entender cómo los demás no pueden ver su belleza. Cómo no lo puede entender mucha gente. ¿Por qué la de él no y la de los demás sí? Para sobreponerse a eso, se recluye en un campanario. Yo creo que hay que enfrentarse al mundo con nuestras fealdades externas.

A. M.: –Tratamos de que el mensaje de Quasimodo llegue lo más directo posible porque es un mensaje hermoso. Quasimodo habla de la discriminación, de la libertad, de que el hombre es libre más allá de su cuerpo, si su cabeza es libre. Hace mucho hincapié en la belleza interna y en las relaciones humanas.

–¿De qué manera influye lo “clásico” a la hora de modificar la puesta en escena para cada reestreno?

A. M.: –Elegí hacer música para teatro porque no tenía la exigencia de estar “a la moda”. Es una música que tiene que ver con lo que pasa en el momento con esa historia, como en muchas comedias musicales. No es una música de moda. La podría haber creado hoy y sería igual. La música es característica de esos personajes. Es universal, el tiempo no la erosiona. Lo que apuesto es que esta música se siga escuchando de acá a cincuenta años igual que ahora.

–Entonces, en cada contexto la readaptación fue mínima...

P. C.: –El público se conmueve muchísimo porque sigue creyendo a pesar de todo. El hombre necesita creer, tener fe y alegría. Y El Jorobado... es una obra que da fe. Nuestras obras son positivas en general. Todos tenemos una parte sobre la que nos sentimos feos y sobre eso apostamos. Al lindo todo le es aparentemente más fácil y más en el mundo de hoy. Por eso, cuando tengo actrices y actores muy lindos, les pido que trabajen desde el feo.

A. M.: –Es que ¿quién no se sintió rechazado alguna vez? Son temáticas universales del hombre. Lo que les pasa a Quasimodo y a Frollo no es ajeno a lo que le puede pasar a cualquier persona hoy. El centro de la obra está en lo que les pasa a estos personajes. Frollo es un cura que no puede contener su parte de hombre al ver bailar a una gitana, entonces la desea. Todo el problema es él, más allá de que Quasimodo también siente amor por Esmeralda, pero que sabe que no va a poder ser correspondido. La atracción es natural y humana. El único problema es que Frollo es un hombre de Dios y decidió tomar ese camino en su vida. Cuando se ve tentado, cambia todo.

Fuente: Página/12

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