miércoles, 9 de enero de 2013

La jaula de las locas



Mucha pluma, poco glamour

Luego de varias versiones en la Argentina, y años a cuestas, volvió a la calle Corrientes La jaula de las locas, obra en su momento provocadora por mostrar abiertamente en 1973 a un puñado de homosexuales y transformistas que osaban replicar el modelo heterosexual de familia, cargado a su vez de preconceptos: el hombre guía y racional, la "mujer" disparada por sus hormonas, el hijo perfecto a punto de casarse, el personal doméstico particular pero presente. Familia tipo podría decirse. Sólo que ellos son gays, el hijo heterosexual y está a punto de casarse con una chica cuyo padre aspira a la diputación conservadora.

Pasados los años, matrimonio igualitario incluido, uno debería preguntarse cuál podría ser el tono de esta comedia. Y lo que la sostiene acaso sea el vínculo amoroso entre la pareja homosexual de hace ya más de quince años. Ternura, comprensión, cariño, pasión, inseguridades. Todo eso que aparece en el vínculo en este matrimonio lo convencionaliza. Pero está claro que para que esto se logre debe estar producido el vínculo en escena. Y acá surge uno de los primeros problemas de esta versión porteña, que a su vez no se sabe dónde está ubicada, ya que tiene enormes escollos en su traducción o adaptación (aparece una periodista de The New York Times, pero se habla del conurbano bonaerense y de equipos de fútbol locales, al tiempo que hacia el final ambas "consuegras" salen a caminar por la playa cercana a la casa. Cabe preguntar: ¿dónde está ubicada la obra? ¿Es una adaptación a lo local o se queda en lo foráneo?). Es como si nadie la hubiera leído completa para coordinar las referencias espaciales.

Por otro lado, Olivieri eligió, o no pudo cambiarlo, que la pareja protagónica desarrolle dos códigos interpretativos diferentes. Miguel Ángel Rodríguez compone bellamente a su personaje, busca en él los resortes desde los cuales actuar y cargarlo de emocionalidad, sin olvidarse de que está en una comedia. Muy por el contrario, Gabriel Goity -un actor que se conoce y mucho y sabe de su relación con la platea- desde el principio mismo actúa para el afuera, busca el chiste y lo encuentra cada vez que lo hace y el público lo disfruta. El problema es que eso lo lleva a un desborde al que Rodríguez, felizmente, nunca llega. Tal vez si la decisión hubiera sido disparatar todo, mayor habría sido la coherencia en una obra que no es una sucesión de chistes, o no es tan sólo eso. Y, además, habiendo decidido ofrecer para las transiciones shows al estilo de los que se representarían en un boliche como La jaula de las locas, no se entiende por qué no contratar a transformistas locales que conocen fuertemente del tema y manejan la escena con un glamour que hace olvidar el prejuicio de ciertos chistes, sin necesidad de recurrir a los modismos y gesticulaciones de Moria Casán.

Los aciertos se encuentran en los roles secundarios, que no tienen la responsabilidad de llevar la trama adelante, como es el caso de Jorge Priano y Graciela Tenembaum, sin olvidar a Nicolás Armengol, el "amo de llaves", ya que compone teniendo la técnica necesaria. Se para sobre tacos aguja y baila sobre ellos con un nivel de profesionalidad absoluta, lo cual vuelve creíble, y querible, a su disparatada criatura.

Fuente: La Nación

Funciones: Miércoles, jueves y viernes, a las 21; sábados, a las 20.30 y 23, y domingos, a las 20.30. Teatro: Apolo (Corrientes 1372).

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