viernes, 9 de noviembre de 2012

Patrice Chéreau: El Gran Inquisidor

Paradojas de la fe y el escepticismo

El artista francés, que mostrará en el CCSM una versión del monólogo de Los hermanos Karamazov, dice que su deseo es compartir las ideas de Dostoievski. “Es un texto fuerte, interesante y violento sobre la dictadura de la religión y la libertad humana”, resume.

El dilema de ser libre o domado es materia que plantea y no agota El Gran Inquisidor, monólogo contenido en la novela Los hermanos Karamazov, del escritor ruso Fiodor Dostoievski (1821-1881), publicada completa en 1880. En ese fragmento, el personaje Iván, afín al racionalismo de esos años, describe con escepticismo un hipotético segundo retorno de Jesús. Ubica su relato (organizado sobre “las tres tentaciones”) en Sevilla, y en el período más feroz de la Inquisición española, que dominó entre 1478 y 1834. Iván lee su texto a su hermano Aliosha antes de partir y deja a este personaje devoto y mediador, y a los lectores de la novela (historia de un parricidio y de la complicidad de los hijos del muerto), evidencias de la inconstancia de los humanos respecto de lo que dicen creer y de los proclamados deseos de libertad.

La novedad para el público de Buenos Aires es la presentación de este monólogo por el actor, director, régisseur, guionista y realizador francés Patrice Chéreau, en la Sala AB del Centro Cultural San Martín. A modo de complemento de esta visita, se ha programado un ciclo de cine, en la Sala 1 del mismo centro. El relato de Iván arranca con la diatriba del nonagenario inquisidor al encadenado Jesús en la mazmorra del Tribunal. Le señala el falso apoyo del pueblo que poco antes lo aclamaba y no lo defendió cuando lo arrestaron: “A una indicación mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde morirás por haber venido a perturbarnos”. ¿Será, como transparentan los dichos del inquisidor, que el hábito de inclinarse ante la autoridad aniquila conciencias?

El texto que lee Iván posee la contundencia de lo urgente. Es realista e imprevisible y, en tanto monólogo, seduce a personalidades de la literatura y el arte. En la escena, y entre otros, a Chéreau, quien viene ofreciendo su versión en los escenarios del mundo. Ahora en Buenos Aires, instalado en el Hotel del Club Francés, y en diálogo con Página/12, dice no ser actor, porque entonces sería otro el espectáculo; que su deseo es compartir las ideas de Dostoievski y narrar una historia que pocos conocen. “Es un texto fuerte, interesante y violento sobre la dictadura de la religión y la libertad humana”, resume.

–En el final del relato, el beso de Jesús estremece al viejo inquisidor. ¿Cuál es su significado?

–No lo sé, pero el misterio no está sólo en ese final. Cristo no ha dicho una palabra mientras el inquisidor hablaba; acepta la realidad que le muestra el religioso. El beso es importante, pero su silencio lo es más.

–¿Compasivo, tal vez?

–El beso es algo muy cristiano: es perdón. ¿Qué se puede decir? En esas páginas el inquisidor demuestra al Cristo todos los errores y nos sorprende la interpretación que hace de “las tres tentaciones”. ¿Qué debía hacer Cristo? ¿Dar el pan a los hombres y quitarles la libertad? Cristo ha querido hombres libres y es por eso que, para el inquisidor, su misión fue fallida. Tengamos presente que la idea principal de los que se aprovechan es quitar a los hombres la posibilidad de diferenciar entre el bien y el mal. A ese precio le darán de comer.

–¿O sea, que otros decidan por ellos?

–¡Claro! Hace cinco meses, el presidente bielorruso Alexander Lukashenko ha dicho, en una entrevista, que en El Gran Inquisidor, Dostoievski escribió que la libertad no hace a los hombres felices, y que tiene razón. Ha interpretado totalmente al revés la historia. Para ese dictador la libertad no es necesaria a los hombres; basta con darles de comer.

–Dentro del ciclo que homenajea su cine se encuentra Fedra. ¿Es filmación de su puesta escénica?

–Sí, es teatro filmado: cuatro funciones que hemos hecho en París, donde aparece el público. Estrenamos esta versión en una sala de la periferia, donde antes funcionaban los talleres de escenografía de la Opera de París.

–Otra película incluida es Su hermano, sobre un enfermo terminal y la reconciliación de éste con su hermano. ¿Le atrae el cuerpo, como evidencia de fortaleza, pero también de degradación?

–Mucho. La degradación del cuerpo es terrible, pero al mismo tiempo fascina. Tomamos conciencia de lo que nos va a pasar. Claro que los cuerpos me interesan, y mucho en relación con el deseo, como en otra película que dirigí, Intimidad.

–¿Y en El hombre herido?

–Esa era una película adolescente, romántica y desesperada, sobre un amor imposible, infeliz, como el de La dama de las camelias, pero con hombres. No la haría así ahora. Quiero que los amantes sean felices.

–Regresando al texto de Dostoievski, el inquisidor plantea allí la duda del Jesús Todopoderoso, porque si lo era se hubiese salvado, y señala una contradicción: si se salvaba era porque no tenía fe en el Padre. ¿Cómo se plantearía hoy el tema de la fe?

–El Gran Inquisidor muestra cómo una religión se ha transformado en un poder político que no tiene más que hacer con Dios. Este inquisidor también dice que, en el regreso, Jesús no podría añadir algo a lo que ya ha dicho. Por eso Jesús calla. Iván, el personaje que escribe esta historia, cree en el Cristo. Su narración es una declaración de amor al Cristo y de malestar en contra de la Iglesia Católica. Dostoievski está diciendo que él es creyente, y también Iván, pero su fe religiosa es creer hasta el límite de perderla, hasta el borde de no creer más. El filósofo y escritor Blaise Pascal ha dicho, con otras palabras, creemos porque hay que creer, pero quién nos da la prueba de que existe algo.

–¿La fe no necesita hoy de un Cristo?

–No soy religioso y entonces no podría contestar a esa pregunta. Desgraciadamente, no pienso que haya algo después de la muerte, pero me interesa esta paradoja del que da argumentos de fe cuando ya no cree más.

–¿Por temor al vacío, quizás?

–No lo sé, yo perdí esa fe de pequeño.

–¿Por una mala experiencia?

–Los curas me han mentido. Probablemente me pasó algo con la persona que he visto morir.

–¿Se rebela ante la muerte?

–¡Claro!, desde mi nacimiento. Creo en la libertad y el amor, la generosidad y la atención que se dan a los otros. Leo la Biblia y puedo entender la fe en Cristo, pero no creo en la religión que sirve a objetivos políticos y se transforma en poder.

–¿Podría calificarse su puesta de “lectura dramática”?

–No, es un espectáculo. Cuando se dice lectura se piensa en un actor con lentes sentado ante una mesa con un vaso de agua, una lámpara y un texto. Es verdad que a veces leo el texto durante el espectáculo, pero sólo porque no quiero hacer un monólogo de actor para que digan ¡bravo!, o no.

–¿Se ajusta al relato de Iván a Aliosha, el hermano que escucha y algo dice al final?

–Sí, pero le he añadido algo. A diferencia de lo que hacen otros con El Gran Inquisidor, empiezo desde cinco u ocho páginas anteriores al monólogo, narrando el capítulo donde Iván cuenta el sufrimiento de los niños azotados. Habla de casos en que los niños ruegan y gritan pidiendo ayuda. Aliosha le recuerda que Jesús ha venido al mundo para salvar a los que sufren e Iván le responde que no lo olvidó, que ha escrito sobre eso y que su escrito es El Gran Inquisidor.

–¿Está proyectando nuevos trabajos?

–Preparo una ópera para el Festival Internacional de Arte Lírico de Aix-en-Provence, y Elektra, de Richard Strauss (sobre una pieza teatral de Hugo von Hofmannsthal), para la Opera de Milán. Lamento no haber hecho en teatro puestas de Eurípides, Esquilo y Sófocles. De Shakespeare, sí, Hamlet, pero hace tiempo. Un director debe descubrir nuevos textos sin olvidarse de los grandes. Así como un cura vuelve a la Biblia de vez en cuando, sé que debo volver a Shakespeare.

Fuente: Página/12

En escena y en pantalla

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