sábado, 17 de noviembre de 2012

Ojcar Navarro Correa: Pajarito



Fotografías de un entorno hostil

La obra trata sobre tres delincuentes encerrados en una casilla que esperan documentos para salir del país y vender droga. “Es una historia de tinte social en términos casi policiales. Habla de un sistema vincular despojado de toda contención”, dice el autor.

Ojcar Navarro Correa creció en el barrio La Gloria, en Mendoza. Los medios de comunicación provinciales hablan de esa área, al sudeste del municipio de Godoy Cruz, como peligrosa: allí se reproducen las guerras entre bandas por el contrabando y el narcotráfico, los ajustes de cuentas, las muertes, los robos y violentos allanamientos policiales. Pajarito, el debut de Navarro Correa en la cartelera porteña –como director y dramaturgo–, es una fotografía de ese entorno hostil que él conoce muy bien. Y es, también, el intento por comprender “la humanidad” de quienes viven en la marginalidad. “Hay que subsistir en una selva como ésa. No justifico muchas acciones de estas personas, pero trato de tener una mirada de entendimiento sobre lo que sucede en esas almas”, explica el director a Página/12. Según su DNI, él es Oscar, pero prefiere que lo llamen Ojcar, seudónimo que eligió hace unos años para firmar sus poemas.

El barrio del Gran Mendoza donde transcurre Pajarito (sábados a las 22.30 en el Teatro del Pueblo, Av. Roque Sáenz Peña 943) no es especificado. Sin embargo, es claro que son los años que vivió en La Gloria los que inspiraron a Navarro Correa para esta historia. “La escribí toda en Buenos Aires. No es casual. Después de tanto tiempo tengo una mirada conciliatoria sobre mi ciudad. Se ve que uno extraña mucho y retoma cosas. Fue catártico”, cuenta. Y brinda más detalles sobre el lugar donde se crió. “Es un barrio que se generó con el Mundial ’78. Lo hicieron los militares cuando Mendoza se eligió como sede. Los milicos empezaron a sacar las villas y los barrios marginales para quitar eso de los ojos del turismo. Se crearon barrios que fusionaban a gente laburadora y a otra que venía de un ámbito más picante”, describe. Su papá trabajaba en YPF. Su familia era de clase media. El hizo la secundaria y fue a la universidad. Pero lo que pasaba alrededor era diferente. “Los chicos que crecían sin contención dejaban la escuela o de chiquitos salían a hacer quilombo a otros espacios. Jugábamos juntos. A veces, de grande, me fumaba un cigarrillo con ellos. Pero me desconecté. Haciendo teatro, mucho más.”

Quien haya visto la notable Viejo, solo y puto, de Sergio Boris, encontrará en Pajarito una manera muy parecida de pensar al teatro por parte de Navarro Correa: hay una apuesta a un realismo extremo y a diluir la idea de relato, como si todo lo que pasa ocurriera solo. Es lo mismo que hacen grandes directores del off local como Alejandro Catalán o Bernardo Cappa. Pajarito es la historia de tres delincuentes encerrados en una casilla que esperan documentos para salir del país y vender droga. En la habitación hay una cama cucheta donde tendrá lugar una impactante escena de sexo y un altar al que Pajarito (Marcelo Aruzzi), el protagonista, acudirá toda vez que haya peligro. El afuera es de la policía, que ronda permanentemente el lugar (los sonidos de la obra son un punto a favor). El cuarto personaje es la hermana de Pajarito (Mariana Ciolfi), que tiene con él una relación violenta. Los otros actores son Diego Amador (que interpreta a Cachi, de quien Pajarito se enamora) y Diego Martínez (Caníbal, otro hermano del protagonista).

“Es una historia de tinte social en términos casi policiales. Habla de un sistema vincular despojado de toda contención”, define Navarro Correa. Pajarito le mereció el primer premio del 12º Concurso Nacional de Dramaturgia, organizado por el Instituto Nacional de Teatro (INT). Forma parte de una “trilogía mendocina suburbana”, de la cual en Mendoza ya se vio una primera parte. El dramaturgo está en Buenos Aires desde 2007, cuando llegó para estudiar títeres –su primera especialidad– con Sarah Bianchi. Había venido antes, a los 21. “Pero no me había gustado. Me volví a Mendoza y me quedé, hasta que necesité salir de nuevo e hice una gira por Latinoamérica. Buscaba dónde instalarme y qué hacer. Y todos los puntos me llevaban a pasar por Buenos Aires. Ahora, año a año digo: ‘Ya está’. Estoy entusiasmado con la ciudad.” Navarro Correa se amigó con “los actores-humanos” –estaba peleado, por eso hacía títeres– y busca perfeccionarse en dirección.

–¿Pajarito funciona como una ventana para los espectadores porteños, que pueden conocer algo de la realidad mendocina?

–Está bueno mostrar una realidad social mendocina con sus características lingüísticas, pero lo que pasa en la obra pasa en todos lados: tuve la fortuna de recorrer mucho el país y los países limítrofes y este tipo de situaciones y entornos se repiten. Hice tanto zoom sobre la realidad que conocía, sobre sus formas y sonidos, que trasciende donde está ubicada la historia. En el conurbano bonaerense nos encontramos con la misma realidad. Como parámetro tenemos las cosas que muestra la televisión sobre la gente que está en la marginalidad. Eso viene plagado de moralidad, de juicios de valor. Yo sé que son humanos, más allá de que delincan y asesinen. No justifico nada, pero trato de tener una mirada de entendimiento sobre lo que sucede en esas almas. Si no, son demonizados y ya está. Estamos los buenos, los que compramos el sistema, pagamos nuestros impuestos y vamos a la escuela. Y están los que no. Pero ellos tienen una razón y una forma de subsistencia. Lo primordial de la obra es eso. Si bien transcurre una historia amorosa entre dos hombres, que acerca a mucho público, no es eso lo fundamental.

–Lo que pasa es que la escena de sexo es impactante. Está muy bien llevada.

–Sí, pero tuve mucha precaución para que la obra no cayera en la temática gay. No porque no me interese. Pertenezco a la comunidad. Pero me parece que en el teatro de Buenos Aires hay bastante trivialidad respecto de eso, muchas historias blandas. Y entrar en un teatro de putos, en el buen sentido de la palabra, no me interesaba. La obra es más que eso. Me pareció fantástico lo que escribió Leandro Ibáñez para el Soy: concluye en que es hora de que el teatro deje de plantear a la sexualidad como temática para que sea una característica más. Todo esto tiene que ver con el momento histórico social que estamos pasando en la Argentina, con las ganancias que hemos tenido con la ley del matrimonio igualitario y la de identidad de género. Son cosas que han sacado a la luz el destape gay. Pero no me dan ganas de ver obras con esa temática porque siento que me encuentro con algo liviano. El teatro es un arma de reflexión, de denuncia o de evidencia. Si no disparo algo, no sirve. Me sensibilizan los temas sociales y me interesa que el teatro circunde por estos espacios de pensamiento, con el cuidado de no tener ninguna opinión que trascienda al hecho teatral en sí mismo. Espero que no se vea que yo quiero decir tal cosa con esta obra. Yo quiero mostrar lo más objetivamente posible. Si hay conclusiones, que trabaje el público. Que se vaya a comer la pizza, pero que le cueste digerirla.

Fuente: Página/12

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